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lunes, 17 de febrero de 2025

Callejero de Burguillos: La calle Gustavo Adolfo Bécquer

     Mostramos en Historia de Burguillos, imágenes y una pequeña reseña de la calle Gustavo Adolfo Bécquer, de Burguillos, dando un paseo por ella, aprovechando, que hoy, 17 de febrero, es el aniversario del nacimiento (17 de febrero de 1836) del poeta y prosista Gustavo Adolfo Bécquer.


    La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos) está dedicada a Miguel de Cervantes (1547-1616), escritor, novelista, dramaturgo, poeta, y militar. 


     Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, Gustavo Adolfo Bécquer. (Sevilla, 17 de febrero de 1836 – Madrid, 22 de diciembre de 1870). Poeta y prosista.
     Nacido en Sevilla, en el barrio de San Lorenzo, en el seno de una antigua familia de origen flamenco, Gustavo Adolfo Bécquer, nombre que adoptó para sus actividades artísticas, se llamaba en realidad Gustavo Adolfo Domínguez Bastida. Sus antepasados habían llegado a Sevilla procedentes de Flandes a finales del siglo XVI o comienzos del XVII, atraídos por el gran desarrollo mercantil y las posibilidades dinerarias de una ciudad en expansión que controlaba el comercio con el Nuevo Mundo. Eran financieros y comerciantes, y gozaron de gran poder económico. Dos de ellos, los hermanos Miguel y Adán Bécquer, llegaron a tener enterramiento y capilla propios en la catedral hispalense, en la que hoy lleva el nombre de Santas Justa y Rufina. El paso del tiempo fue, sin embargo, mermando su patrimonio, y en los años en que nació el poeta no quedaba ya el menor rastro de aquella antigua opulencia, aunque los Bécquer aún seguían disfrutando de cierta respetabilidad pública derivada de su brillante pasado. La familia había perdido el viejo apellido flamenco pero seguía usándolo por razones de prestigio social. Sus miembros carecían de la habilidad comercial de aquellos antepasados que llegaron de Centroeuropa, pero en contraste varios de ellos mostraban grandes capacidades artísticas. El padre del poeta, el “maestro José Bécquer” era lo que entonces se llamaba un “pintor de género” que, entre otros oficios, se ganaba la vida ilustrando publicaciones, entre ellas la famosa España Artística y Monumental, y vendiendo a los escasos turistas de entonces cuadros de costumbres con escenas de la vida sevillana. Su tío, Joaquín Domínguez Bécquer, pintor costumbrista de más alcance y de cierta influencia en los ambientes culturales de la ciudad, llegó a ser miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, y su hermano Valeriano, buen dibujante, disfrutó con su pintura de un reconocimiento y una proyección pública muy notable como retratista, ilustrador de revistas y autor de una valiosa serie de “tipos españoles” que reflejaba una pasión por los ambientes populares anticipadora del folclorismo científico de finales del siglo XIX. Pasión compartida también por su hermano menor, el futuro autor de las Rimas. Bastante menos es lo que se sabe de la madre de ambos, Joaquina Bastida y Vargas, oriunda de Lucena (Córdoba), que dio ocho hijos varones al matrimonio.


     Gustavo Adolfo, huérfano muy pronto de padre (1841) y de madre (1847), se mostró desde niño hábil en la práctica de la pintura y de la música, aunque a la postre se inclinó por la actividad literaria, dominio en el que alcanzó cotas de excelencia comparativamente muy superiores a los demás artistas de su familia dedicados a la pintura. Y aunque por nacimiento y ambiente parecía claramente destinado al oficio de pintor, su prematura orfandad y sus amistades escolares despertaron su pasión por la poesía y cambiaron el rumbo de su vida. Pero en todo caso, el haber nacido y crecido en un ámbito familiar de tantas inquietudes estéticas fue, sin duda, un elemento determinante en su futura vocación de escritor. Tras la muerte de José Bécquer, su joven viuda logró que su hijo Gustavo Adolfo ingresara, en 1846, en el Colegio de San Telmo, cuyo nombre oficial era el de Colegio Seminario de la Universidad de Mareantes, centro en el que se había refundido la famosa Universidad de Mareantes de Triana. En él estudiaban la carrera de Náutica los varones huérfanos de buenas familias venidas a menos. Y allí escribió sus primeras obras (una composición Al viento, a imitación de Zorrilla, y otra en verso suelto) animado por Narciso Campillo y otros compañeros de estudios. Y en el mar hubiese estado probablemente el destino profesional de Bécquer (“piloto de altura, cosmógrafo, navegante...”, como cuenta el propio Campillo) de no mediar una Real Orden de julio de 1847 por la que se suprimía expeditivamente el colegio, en cuya sede se instaló la pequeña corte de la infanta Luisa Fernanda y el duque de Montpensier. Más tarde, el todavía niño Gustavo Adolfo cursó estudios en el Instituto de Segunda Enseñanza, donde cultivó sus gustos literarios de la mano del catedrático Francisco Rodríguez Zapata y, quizá, del propio Alberto Lista, patriarca de la poesía española de su tiempo, ya retirado en Sevilla, al que pudo oír en algunos actos públicos y a cuya muerte, en 1848, Bécquer dedicó su primer poema importante (Oda a la muerte de don Alberto Lista); texto que, al igual que todos los de su prehistoria lírica, carece todavía de auténtico acento personal y revela un fuerte apego a los patrones neoclásicos de la llamada Segunda Escuela Poética Sevillana (Arjona, Lista, Reinoso, Mármol, Blanco White...), desde los que pronto evolucionó, ya instalado en Madrid, hacia la asombrosa modernidad de sus Rimas en un proceso de depuración lírica sorprendentemente precoz.


     Al quedar huérfano de madre, vivió bajo la protección de su familia materna y muy especialmente de su madrina, Manuela Monnehay, hija de un perfumista y quincallero francés afincado en Sevilla, en cuya biblioteca leyó apasionadamente a los clásicos grecolatinos y a los románticos franceses y españoles. Se sintió fuertemente atraído por el mundo de los sueños, que él convirtió en una fuente de conocimiento y en un verdadero estado poético. Esas tempranas lecturas de su niñez (Horacio, Espronceda, Zorrilla, Rousseau, Lamartine, Chateaubrinad, Hoffman...) fueron modelando su sensibilidad lírica y proyectándola por los cauces del intimismo, la fantasía y la introversión, reflejo de una rica y agitada vida interior que contrastaba con su proverbial timidez y su carácter retraído.


     Arrastrado por esa fuerte vocación literaria y tras algunos fallidos intentos de seguir la carrera de pintor al lado de su influyente tío Joaquín, se marchó a Madrid en el otoño de 1854, cuando aún no había cumplido los dieciocho años, con el propósito de hacer fortuna en la carrera de las letras. Como para tantos otros jóvenes escritores de su tiempo, la Corte ofrecía posibilidades de promoción entonces impensables en la vida de provincias. Dejaba atrás, además de las fuertes vivencias de su Sevilla infantil, el cariño de la joven Julia Cabrera, uno de sus primeros amores, que al parecer le guardó fidelidad hasta el fin de sus días. Tras las primeras decepciones y las primeras estrecheces económicas, magnificadas en no pocos casos por la infundada leyenda de un Bécquer mísero y marginal que hubo de dormir más de una noche en los bancos del paseo del Prado, el poeta fue acomodándose a la vida literaria madrileña, sobre todo en el mundo del periodismo, con el apoyo de sus amigos Julio Nombela, Luis García Luna, Narciso Campillo, Ramón Rodríguez Correa, etc. Alguien le buscó un modesto empleo de escribiente en la Dirección de Bienes Nacionales, del que fue cesado al poco de ingresar. Escribió libretos de zarzuelas, fue editor de libros y de revistas ilustradas e impulsor de la moderna técnica de la fotografía, que aplicó brillantemente en su Historia de los templos de España, ambicioso proyecto que no llegó a realizarse en su totalidad y cuya primera entrega, apoyada económicamente por la reina Isabel II, apareció en agosto de 1857. Más tarde, se dedicó también a escribir artículos críticos y de costumbres. Por ello, más que como poeta, Bécquer fue reconocido en vida como periodista, pues apenas publicó versos, y muchos de ellos anónimos y en pequeñas revistas de escasa proyección, aunque siempre sostuvo en su fuero interno que la poesía era la actividad que verdaderamente colmaba sus expectativas de escritor. Participó también en las tertulias de los cafés de entonces: el de San Antonio, el de los Ángeles, el de la Esmeralda, el del Príncipe, el Suizo..., en los que Bécquer y sus amigos se iniciaron en una suerte de bohemia literaria anticipadora de la del “Fin de siglo”.


     Su situación económica y su estabilidad emocional mejoraron notablemente cuando su hermano Valeriano, convertido ya en un pintor de prestigio, decidió también marcharse a la capital de España. Tras algunos amores ocasionales —entre ellos, el de la cantante Julia Espín, que al parecer no pasó de ser una pasión fugaz no correspondida—, se casó en 1861 con Casta Esteban, hija de un médico especialista en enfermedades venéreas que había atendido al poeta en algunas ocasiones. El matrimonio, del que nacieron varios hijos, fue un fracaso, y estuvo lleno de turbulencias y episodios rocambolescos que llevaron a la separación definitiva de los esposos poco antes de la Revolución de 1868. El ingreso en el equipo fundador del periódico El Contemporáneo en diciembre de 1860 había contribuido a mejorar su suerte. Pero una crisis de salud que ya arrastraba de años anteriores y las amarguras de su desgraciado matrimonio le impulsaron a pasar una larga temporada (1863-1864) en la soledad del monasterio de Santa María de Veruela (Zaragoza), reflejada en sus Cartas desde mi celda. Junto a Valeriano, que había recibido una pensión del Ministerio de Fomento para pintar tipos y costumbres populares, recorrió distintas regiones de España, de ahí la atención literaria que el poeta prestó, entre otros lugares, a Soria, Aragón y Toledo, además del interés que siempre mostró por Andalucía y Madrid. En ese sentido, los dos hermanos Bécquer fueron otros tantos abanderados de una preocupación por la cultura popular que terminaría dando sus mejores frutos en los años finales del siglo XIX y comienzos del XX con el folclorismo científico de Antonio Machado Álvarez, Demófilo, y otros autores.


     Las afinidades ideológicas y las buenas relaciones personales de Gustavo Adolfo con el ministro conservador Luis González Bravo le granjearon un cómodo puesto en la Administración pública: el de censor de novelas, que disfrutó entre enero de 1865 y octubre de 1868, a la vez que dirigía El Museo Universal, la mejor revista ilustrada de la época. La política, sin embargo, terminó muy pronto pasándole factura, y el triunfo de la Gloriosa (1868) con el destronamiento de Isabel II y la consiguiente caída en desgracia de González Bravo obligaron a los dos hermanos a retirarse discretamente a Toledo, alejados de las turbulencias de la nueva situación en Madrid. Aquella estancia toledana fue una especie de obligado refugio sólo aliviado por la belleza de la ciudad y la presencia de sus hijos y los del propio Valeriano. El poeta pasó entonces por malos momentos, frustradas sus expectativas en la vida cultural de la Corte y exacerbada su frustración por el triunfo de una idea de “progreso” que le parecía atentatoria contra el rico patrimonio histórico de España. Vuelto a Madrid, Bécquer acarició la idea de participar en la apasionante aventura de La Ilustración de Madrid, otra excelente revista ilustrada planeada por Eduardo Gasset. El tiempo, sin embargo, no permitió a ninguno de los dos hermanos disfrutar del proyecto, cuyo primer número vio la luz en enero de 1870. Ambos murieron pocos meses antes: Valeriano el 23 de septiembre, y Gustavo Adolfo el 22 de diciembre. No hay muchos datos fehacientes sobre la verdadera causa de la muerte del poeta, que unos autores achacan a los efectos de una vieja tuberculosis pulmonar exacerbada por un enfriamiento en un día de lluvia en el tranvía de mulas que lo llevaba desde el centro de Madrid hasta su domicilio del barrio de Salamanca, y otros, ateniéndose a la literalidad del certificado de defunción, aceptan que murió “a consecuencia de un grande infarto de hígado”.


     Muerto en plena juventud —no había cumplido aún los treinta y cinco años—, la vida de Bécquer supone en muchos aspectos la antítesis de la de otros grandes poetas de su tiempo que gozaron de gran estimación pública. Aunque implicado en la vida literaria de Madrid y sin ocultar sus simpatías políticas, fue, sin embargo, una persona introvertida, silente y poco dada a las exhibiciones. Durante años cultivó casi en secreto, desconocida para la mayoría de sus contemporáneos, la más fuerte de sus pasiones: la poesía, y a la postre fue esa creación lírica en verso y en prosa y no sus actividades periodísticas y editoriales la que hizo de él una de las más grandes figuras de la modernidad literaria española.
     Su obra en verso ofrece dos conjuntos de poemas escritos en otras tantas etapas de su vida: los pertenecientes a sus años sevillanos, entre 1848 y 1854, y las Rimas, que son ya producto de su larga estancia en Madrid. El primero de esos dos corpus está formado por unos quince textos, varios de ellos en estado fragmentario, que siguen los moldes de los ilustrados sevillanos de la época, en cuyos gustos el jovencísimo poeta se inició miméticamente en la práctica de la poesía. Casi todos se conservaron manuscritos en un libro de apuntes del padre de Bécquer en el que el pintor iba anotando obligaciones profesionales y encargos de clientes. Muerto éste, el cuaderno pasó a manos de Valeriano y Gustavo Adolfo, quienes entre finales de la década de 1840 y primeros de la de 1850 lo fueron llenando de dibujos y apuntes literarios, algunos por cierto fuertemente obscenos que quizá tengan algo que ver, a juicio de algunos estudiosos, con el libro Los Borbones en pelota, una colección de acuarelas de sátira político-pornográfica alusivas a los finales del reinado de Isabel II que varios autores atribuyen a los dos hermanos. Ese libro de apuntes del maestro José Bécquer, que se conserva en la Biblioteca Nacional, ha sido publicado en 1993 por Leonardo Romero Tobar, que ha puesto a nuestro alcance ese precioso corpus poético juvenil del menor de los Bécquer. Títulos como “Oda a la muerte de Don Alberto Lista”, “Al céfiro”, “La plegaria y la corona”, “A Elvira”, “Oda a la señorita Lenona en su partida”, “Las dos”, [“Danza de la ninfa”]..., y sobre todo el titulado “A Quintana”, éste ya publicado en 1855, recién llegado a Madrid, revelan muy claramente sus deudas de escuela con los ya citados poetas de la Sevilla de la segunda mitad del siglo XIX. Elegía, amor y naturaleza son las tres nociones que dan unidad a este ramillete de textos juveniles. Es común a todos ellos la nota doliente, sentimental y triste, lograda con un utillaje de tono clasicista (verso largo, decoro lingüístico, gusto por las formas de amplio respiro clásico y afectada elevación retórica...) que poco a poco, una vez instalado Bécquer en Madrid, irá derivando hacia lo musical, lo evanescente y lo misterioso, en un proceso de estilización que le llevará muy pronto a la escritura de las Rimas. Aquellos rígidos ingredientes de filiación ilustrada se fueron cargando poco a poco de sentida emotividad y aire sincero, notas que el joven poeta pudo tomar también de los románticos leídos en su niñez en la biblioteca de su madrina y de sus contactos madrileños con las traducciones de los poetas alemanes del siglo XIX.


     Las Rimas, su obra de más altura lírica y más trascendencia literaria, constituyen inicialmente un conjunto de setenta y nueve poemas cortos, de los cuales el autor sólo llegó a publicar en vida, en periódicos y revistas, un total de dieciséis, a partir de 1856, en que apareció la primera. A finales de la década de 1860, Bécquer pensó en editarlas en un libro, para lo cual preparó un manuscrito que entregó a González Bravo, quien se había ofrecido a prologárselo. Pero la casa del ministro fue saqueada por los revolucionarios del 68 y el manuscrito se perdió definitivamente.
     Bécquer pudo entonces reconstruir sus textos, no se sabe con exactitud en qué medida, en un cuaderno que tituló El libro de los gorriones y que hoy se conserva en la Biblioteca Nacional lleno de enmiendas, tachaduras y dibujos del autor. Consta de setenta y nueve poemas que más tarde la crítica ha completado con algunas otras de dudosa atribución. A poco de morir el poeta, algunos de sus amigos (Casado del Alisal, Augusto Ferrán, Narciso Campillo, Ramón Rodríguez Correa y otros), aportando los fondos necesarios, editaron las Rimas (1871) según un criterio numérico y temático que no coincidía con el del Libro de los gorriones, pero que se viene manteniendo en la mayor parte de las ediciones posteriores. Prescindiendo de las fechas de su creación, ordenaron los textos como partes de un poema mayor en el que, a la manera del Intermezzo lírico de Heine, se encerraría “la vida de un poeta”, desde sus ilusiones primeras, el amor y el sentimiento del arte hasta el dolor y la desolación finales. La poesía, el amor, la naturaleza, el sueño, el misterio, el desengaño y la angustia son los temas que hilvanan la disposición del libro. Su gran novedad radica en la expresión de un lirismo intimista y refinado, desconocido entonces en España, que sólo admitía comparación con los espíritus más sensibles de la poesía europea del siglo XIX (Keats, Shelley, Leopardi, Heine...) y que se proyecta a través de una técnica compositiva y un lenguaje muy alejados del peculiar retoricismo romántico: verso corto, gusto por la asonancia, el encabalgamiento y los pies quebrados, un léxico muy escogido y a la vez sorprendentemente natural, y un especial cuidado por el ritmo interior de los versos que otorga a los poemas una musicalidad suave muy distintiva, nada estridente, y crea una atmósfera cargada de sugerencias. Todo aparece envuelto en la evanescencia y en la indeterminación, cuando no enmascarado por brumas y nieblas que diluyen los contornos de los objetos y adelgazan su corporeidad, ampliando así el campo significativo del discurso lírico hacia horizontes hasta entonces insospechados. De ahí que la crítica lo considere un claro precedente de la estética simbolista en la literatura española y lo defina como nuestro primer poeta moderno. Supo integrar los modelos métricos clásicos (combinaciones de endecasílabos y heptasílabos) con las formas de inspiración popular (romances, soleares, seguidillas...) que sin duda él conocía bien por sus orígenes andaluces y sus contactos juveniles con Lista, Mármol y otros poetas de su Sevilla infantil que habían usado con maestría tales metros, reelaborándolos en un nuevo registro culto todavía algo sobrado de retoricismo clasicista. Bécquer da un paso más: tiñe esos moldes de un exquisito sentimentalismo personal y una agilidad expresiva desenvuelta y fresca, y se convierte en el primer neopopularista de la España moderna, claro antecesor de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y los autores del 27. Esta inclinación por el arte del pueblo y los versos cortos procede también de sus lecturas de los poetas alemanes del siglo XIX (Göethe, Schiller, Heine...), cultivadores de lieder que él conoció sobre todo a través de las exquisitas traducciones de este último publicadas por Eulogio Florentino Sanz en El museo universal (1857). Su admiración por esa poesía de aire popular la hizo constar muy expresivamente en la reseña que en 1861 hizo al libro La soledad de su amigo Augusto Ferrán. Las Rimas, aun dentro de su aparente levedad, están consideradas sin discusión como la aportación lírica más innovadora y trascendental de todo el siglo XIX español.
     Pero Bécquer se reveló también como el gran artífice de la mejor “prosa de arte” de su tiempo a través de sus leyendas, en un conjunto de relatos (El caudillo de las manos rojas, La cruz del diablo, La corza blanca, El monte de las ánimas, Los ojos verdes, Maese Pérez el organista, El rayo de luna, El Miserere, La Venta de los Gatos...) que el poeta fue publicando en periódicos y revistas madrileños entre 1858 y 1863. Para la confección de este género (la leyenda lírica) tuvo en cuenta módulos y materiales procedentes de la primera mitad del siglo XIX (Espronceda, el duque de Rivas, Zorrilla...), que habían cultivado sobre todo la leyenda en verso. Al escribirla en prosa, el autor va dejando atrás la obsesión narrativa e historicista de estos primeros románticos y la transforma en un verdadero género lírico, en un cauce de expresión de su propia personalidad y de su visión ética y sentimental del mundo. Para ello se sirvió indistintamente de fondos históricos, a veces sólo levemente sugeridos, y de episodios contemporáneos, pero no estuvo obsesionado ni por el historicismo ni por el costumbrismo.
     Buscó sobre todo la emoción lírica y la expresión de una subjetividad personal casi siempre envuelta en la fantasía y el misterio. Son continuas sus recurrencias al mundo medieval, a la literatura oriental, a los relatos folclóricos, a la atmósfera de los cuentos infantiles y también a los cuentos fantásticos a la manera de los de Hoffman... Sus protagonistas, liberados de toda preocupación realista o psicologista, serán más símbolos que personajes. Más que la historia en sí misma, Bécquer apunta a la creación de una atmósfera lírica que subyuga y atrapa al lector y lo proyecta a una dimensión espiritual y muchas veces esotérica. Atmósfera que consigue gracias al empleo de un nuevo tipo de prosa poética cargada de sensaciones que, sin embargo, no perderá nunca su eficacia narrativa. También en este dominio de la prosa artística, que cultivó asimismo en sus apólogos y otros relatos líricos (La creación, Tres fechas...), fue un verdadero innovador en la literatura española contemporánea. De gran altura poética son también las nueve cartas Desde mi celda, publicadas anónimas en El Contemporáneo entre el 3 de mayo y el 6 de octubre de 1864, durante su estancia en el Monasterio de Veruela. Importantes para conocer no pocas claves de su visión de la poesía y de su interés por el tradicionalismo, responden a una inequívoca voluntad artística que con frecuencia gusta del arcaísmo léxico y sintáctico. También hay que mencionar las cuatro Cartas literarias a una mujer, aparecidas sin firma en El Contemporáneo entre 1860 y 1861 e igualmente decisivas para el conocimiento de la teoría poética becqueriana.
     De su labor como periodista, que fue intensa y sostenida, ha quedado también una serie de artículos en los que Bécquer se ocupa de costumbres españolas.
     En general se atienen a los patrones genéricos de la “escena” y el “cuadro” heredados de los costumbristas románticos, aunque con una carga de emoción superior propia de su marcado personalismo y su acentuado temperamento lírico. Entre ellos se encuentran los dedicados a tipos y costumbres de Aragón (Los dos compadres, La misa del alba, El tiro de barra, La corrida de toros en Aragón, Las segadoras...), Soria (Aldeanos de Fuentetoba, Pastor y pastora de Villaciervos, Panadera de Almazán, Campesino del Burgo de Osma...), el País Vasco (Aldeanos del valle de Loyola, El mercado de Bilbao, La sardinera...), Toledo (El pordiosero, La Semana Santa en Toledo...), Ávila (La romería de San Soles, Labradores del valle de Ambles...), León (Procesión del Viernes Santo en León), Palencia (Una cofradía de penitentes), Sevilla (La Feria de Sevilla, Los “seises” de la Iglesia Catedral...); sus escenas madrileñas (La noche de difuntos, La calle de la Montera, Las gallinejas, El Retiro, El calor, Bailes y bailes...); sus críticas literarias y teatrales (La Nena, El barbero de Sevilla, Semíramis...).
     En general, estos artículos reflejan muy bien su curiosidad reporteril y su pasión por el patrimonio artístico y folclórico español, su fuerte veta tradicionalista y conservadora en lo cultural y sus reticencias con una idea de progreso vigente en esos momentos que en su opinión amenazaba con hacer desaparecer no pocos tesoros de nuestro país. En ocasiones, y muy especialmente en sus gacetillas de crítica social y en sus crónicas sobre modas, se revela un fino sentido del humor y una desenfadada ironía de buen conocedor de los ambientes más modernos y sofisticados del Madrid de su tiempo. No en vano estaba muy al tanto, desde el importante observatorio de las recién nacidas revistas ilustradas, de la vida frívola de la capital.
     Su actividad teatral, de mucho menos empeño, se redujo a la adaptación de algunas operetas italianas y francesas en colaboración con sus amigos Rodríguez Correa y García Luna. Fue un mero modus vivendi ocasional del poeta, cuya mano se dejó sentir sobre todo en los diálogos en verso, teñidos en algunos pasajes de un lirismo cercano al de las Rimas (Rogelio Reyes Cano, en Biografías de la Real Academia de la Historia).


     La calle Gustavo Adolfo Bécquer está situada en el barrio de El Ejido. Es una calle que parte de la calle Concepción de Osuna, finalizando en la calle Virgen del Rosario, siendo final de final de la calle de La Fuente, y comienzo de la calle Federico García Lorca, y María de Nazaret. Tiene una longitud de 170 metros aproximadamente, siendo unidireccional desde el punto de vista del tráfico rodado, en sentido ascendente, asfaltada y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por viviendas unifamiliares de V.P.O en la mayor parte de su recorrido, aunque en un primer tramo, son de autoconstrucción, todas ellas de dos plantas en altura, y muy uniformes. También destaca que al inicio y al final conserva dos edificios municipales de tipo educacional: la Guardería y el antiguo grupo escolar de primaria, hoy sede de la Policía Local y de la Carpa Municipal, junto al lateral del Parque Alcalde Pedro Brenes Cantón (antiguo Parque de los Poetas), vulgo "Parque del Ejido", formando parte de una zona residencial. 
   La calle Gustavo Adolfo Bécquer es, históricamente, una vía relativamente moderna en el callejero burguillero, puesto que fue creada en la década de los años '70 del siglo XX, al urbanizarse esa zona del Barrio de El Ejido, y que se completaría ya a comienzos del siglo XXI.

lunes, 25 de marzo de 2024

Callejero de Burguillos: La calle Gaviota

     Mostramos en Historia de Burguillos una reseña e imágenes de la calle Gaviota, en Burguillos.


     La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos).




     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo al centro geográfico de la localidad, o del Ayuntamiento, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer. Está dedicada a la Gaviota, aves clasificadas dentro del orden Charadriiformes y familia Laridae, pertenecientes al suborden Lari.


     Están estrechamente relacionados con los charranes, (Sternidae), los cuales eran considerados una subfamilia de las gaviotas. Laridae está compuestos por diez géneros y cincuenta y seis especies. Hasta el siglo xxi, la mayoría de las gaviotas fueron colocadas en el género Larus, pero este arreglo es ahora conocido por ser polifilético, lo que lleva a la resurrección de varios géneros.
     Las gaviotas son aves entre medianas y grandes, grises al ser crías y cambian al plumaje blanco cuando se hacen adultas, a menudo con marcas negras en la cabeza o las alas. Habitualmente producen llamadas ásperas que recuerdan el llanto o gruñidos, poseen un pico robusto y largo y sus pies son palmeados. La mayoría de las gaviotas, particularmente las especies de Larus, son omnívoras, predominantemente carnívoras, anidan en el suelo y capturan comida viva o la roban de manera oportunista. Los alimentos vivos a menudo incluyen cangrejos y peces pequeños. Las gaviotas tienen mandíbulas desencajadas que les permiten consumir grandes presas. Son aves muy vinculadas a las zonas costeras, si bien algunas especies, como la gaviota reidora, han colonizado zonas de interior y no es raro verlas en lagunas, embalses, lagos y cualquier masa de agua que les proporcione alimento, sin necesidad de retornar a la costa. Las especies grandes tardan hasta cuatro años en alcanzar el plumaje adulto completo, pero las especies pequeñas normalmente solo dos. Su esperanza de vida media suele ser elevada, con una edad máxima de cuarenta y nueve años para la gaviota argéntea.
     Las gaviotas anidan en colonias grandes, densamente pobladas y ruidosas. Ponen dos o tres huevos moteados en nidos compuestos de vegetación. Los jóvenes son precoces, nacidos con manchas moteadas oscuras y son capaces de moverse al nacer.​



     Las gaviotas -las especies más grandes en particular- son aves ingeniosas, curiosas e inteligentes,​ que demuestran complejos métodos de comunicación y una estructura social altamente desarrollada. Por ejemplo, muchas colonias de gaviotas muestran comportamiento de acoso (mobbing en inglés), atacando y acosando a posibles predadores y otros intrusos.​ Ciertas especies (por ejemplo, la gaviota arenque) han exhibido un comportamiento de uso de la herramienta, utilizando trozos de pan como cebo con el cual coger peces de colores, por ejemplo.​ Muchas especies de gaviotas han aprendido a coexistir con éxito con los seres humanos y han prosperado en los hábitats humanos.​ Otros confían en el cleptoparasitismo para obtener sus alimentos. Se ha observado que las gaviotas atacan a las ballenas vivas, aterrizando en la ballena mientras se encuentra en la superficie, para picar hacia fuera pedazos de carne.​
     Las gaviotas son ejemplares de aves marinas y son costeras. Su alimentación proviene de la pesca de peces, cangrejos, almejas, camarones, roedores, etc. De igual manera se alimenta de otras aves y suele comerse los huevos de otros pájaros y sus crías. También se alimenta de basura, es carroñera de todo tipo de desperdicios alimenticios.​


   La calle Gaviota está situada en el barrio de El Ejido. Es una calle que parte de la calle Matrona Francisca "La Carrasca", finalizando en la calle Antonio Mairena. Tiene una longitud de unos 30 metros aproximadamente, siendo peatonal, y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por viviendas de V.P.O., formando parte de una zona residencial. 
   La calle Gaviota es, históricamente, una vía moderna, puesto que fue creada con las primeras expansiones del Burguillos moderno, aprovechando parte del antiguo recinto ferial a finales del siglo XX, de ahí su sencillo comentario.  

lunes, 26 de febrero de 2024

Callejero de Burguillos: La calle Garza

     Mostramos en Historia de Burguillos una reseña e imágenes de la calle Garza, en Burguillos.

   La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos).



     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo al centro geográfico de la localidad, o del Ayuntamiento, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer. Está dedicada a la Garza, ave de la orden de la familia de las Ardeidae.

     Son aves que se destacan por su aspecto esbelto y elegante, por su paciencia e inteligencia. La mayoría de las especies pasan casi todo el tiempo en el agua, ya sea salada, dulce o salobre, aunque no nadan, ni suelen zambullirse. Se les llama también garcita, garcilla, garceta, hocós, mirasoles y chiflones.
     Taxonómicamente se clasifica dentro del filo Chordata, subfilo Vertebrata, clase Aves, orden Pelecaniformes (tiempo atrás se clasificaban dentro del orden Ciconiiformes) y pertenecen a la familia Ardeidae.  A su vez, las Ardeidas se subdividen en cuatro subfamilias (Tigrisomatinae, Cochleariinae, Botaurinae y Ardeinae) y diecinueve géneros. Existen alrededor de 60 a 65 especies de garza.
     Todas las especies de garza se caracterizan por tener un cuello largo, piernas delgadas y largas, picos fuertes, rectos y puntiagudos. Las vértebras del cuello de estas aves son muy flexibles. Se acomodan de tal modo, que el cuello toma forma de letra “S”.
     La mayoría tiene anchas y largas alas. Poseen en el dedo medio algo parecido a un peine que emplea para acicalar su plumaje. Generalmente no presenta dimorfismo sexual.


     Otras características físicas, como el color del plumaje, el color del pico y de las patas, el tamaño y los adornos, varían dependiendo de la especie, veamos algunos ejemplos:
     La muy conocida garza blanca, tiene un plumaje predominantemente blanco, patas y dedos negros y pico amarillo. En época de anidación le crecen unos plumones suaves y frágiles en la parte posterior del cuerpo. Mide entre 88 y 104 cm y su peso puede llegar a un kilogramo.
     La garza ceniza tiene una fase en que su plumaje es blanco y otra en la que su cuello se torna gris pardo y el resto del cuerpo y las alas gris azulado. Tiene patas claras. Mide entre 97 y 130 cm y pesa hasta 2,5 kilogramos.
     La garza mora tiene un tamaño igual al de la garza ceniza, pero su plumaje es de color blanco, gris y negro, combinados de una forma de impresionante belleza. Durante la época de celo la base del pico y las patas se tornan rojizas.
    En esta familia de garzas se encuentra el avetorillo común o mirasol pequeño, la especie más pequeña de la familia. Mide entre 23 a 36 cm y pesa entre 59 a 150 gramos. Su cuello es largo con respecto al cuerpo, pero más pequeño que el del resto de las garzas. Las patas del mirasol pequeño son de color verde.
     La especie hocó muestra plumas con pintas o manchas que forman rayas oscuras, por lo que también se le llama garza tigre.


     Algunas especies son gregarias, como la garza blanca y la garcita bueyera. Otras solitarias como el mirasol grande y el hocó colorado. A otras se les ve en pequeños grupos y en ocasiones solitarias como la martinete común y la garza cucharera. Algunas andan solas o en pareja, como la garceta chiflón y la garza azul, aunque para nidificar se agrupan.
     La mayoría de las especies son de hábitos diurnos. Durante el día la garza ocupa casi todo su tiempo en buscar comida. Luego, se dispone a descansar cuando el sol se oculta, en la copa de los árboles, lejos de posibles depredadores. Otras son nocturnas, con mayor actividad en horas del crepúsculo y de la noche.
     Gracias a sus largas patas, merodea por las aguas poco profundas, que normalmente no supera la altura del pecho, de donde obtiene la mayoría de sus alimentos. Es una excelente pescadora y cazadora. Posee una aguda visión y audición para percibir su entorno y capturar las presas con mucha precisión, paciencia y perseverancia.
     Para cazar mueve su cuello a gran velocidad que, combinado con su largo y punzante pico, se traduce en un ataque infalible. Cuando vuela retrae su largo cuello y deja sus largas patas hacia atrás. El batido de sus alas es lento, sin embargo, esta ave es capaz  de volar largas distancias.
     Se comunica con sus pares con llamadas y posturas corporales. Normalmente suele ser un ave silenciosa, pero emite graznidos ensordecedores cuando es molestada o se encuentra en sus colonias de cría.
     La garza es capaz  de adaptarse a los cambios ambientales que le rodean. Un ejemplo de ello, es la garza ganadera, que se ha adaptado a vivir en la tierra en una relación simbiótica con los mamíferos que pastan. Se alimenta de los animalitos que el ganado asusta cuando pasta y de los parásitos de la piel del ganado.
     La garza se adapta a su hábitat al momento de alimentarse. La mayoría son carnívoras y otras son insectívoras. Se alimenta principalmente de peces, renacuajos, ranas, insectos acuáticos y pequeños reptiles.
     En oportunidades la garza se dirige a tierra firme para alimentarse de cangrejos, caracoles, pichones de otras aves, lombrices, insectos y gusanos. Colabora en el control de especies invasoras como la trucha arcoíris.
     Realiza exhibiciones de cortejo bastante elaboradas y llamativas. Estas consisten en estiramiento, retracción del cuello, vuelos y emisión de sonidos como chasquidos. Algunas especies, durante la época de apareamiento, sufren cambios en su plumaje para hacerse más llamativas y elegantes.
     Habitualmente la garza anida una vez por año, aunque algunas especies logran criar dos veces por año. Forma pareja para aparearse en cada temporada. Usualmente los nidos se construyen con ramas, hierbas y juncos que adhieren a las ramas de arbustos, árboles, juncales y la hierba alta cercana a los ríos y lagos. La altura para realizar su nido es de hasta los 20 metros.
     De todas las especies de ave, la garza ostentan el segundo lugar en la expansión natural más amplia y rápida, pues siendo originaria de África y el sur de Europa, actualmente se extiende por todo el planeta, a excepción de las regiones árticas y antárticas. Los gorriones ocupan el primer lugar.
     La garza ceniza y la garza blanca tienen una distribución global, que comprende América del Norte, desde Alaska y Canadá hasta los cayos de la Florida y México. Sigue al sur por América Central, las islas del Caribe y el norte de América del Sur. En América del Sur se destaca la Garza Mora. En Europa, Asia y África se destaca la Garza Real y la Garza Goliat.
     La mayoría de las especies pasan su vida cerca del agua o dentro de la misma. Es común encontrarlas en la orilla de los largos y ríos, en los pantanos, charcas, arroyos, en la costa del mar, campos de cultivo inundados y otro hábitat donde haya aguas poco profundas. Algunas, como la garcita bueyera que proviene de África, viven entre la maleza.
     Realmente la garza tiene pocos depredadores naturales, los más expuestos son las crías. Los cuervos, zorros, mapaches, visones y comadrejas se alimentan de los huevos de garza. Los osos, águilas, buitres y halcones de cola roja se alimentan de las aves jóvenes e incluso de los adultos.

   La calle Garza está situada en el barrio de El Ejido. Es una calle que parte de la calle Juan Carlos I, finalizando en la calle Matrona Francisca "La Carrasca", siendo inicio de la calle Cisne. Tiene una longitud de 75 metros aproximadamente, siendo bidireccional, y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por las traseras de viviendas de autoconstrucción en su acera izquierda, mientras que la derecha la conforman las traseras de otras viviendas V.P.O., formando parte de una zona residencial. 
   La calle Garza es, históricamente, una vía moderna, puesto que fue creada con las primeras expansiones del Burguillos moderno, aprovechando parte del antiguo recinto ferial a finales del siglo XX, de ahí su sencillo comentario.  

lunes, 13 de febrero de 2023

Geografía: El Paraje "El Ejido"

     Mostramos en Historia de Burguillos una pequeña reseña del paraje "El Ejido", aunque en Burguillos, todos lo conocemos como "El Lejío".

      Debe su nombre a que se ubica en lo que era el Ejido de Burguillos, es decir, el campo común del pueblo, lindante con él, que no se labra, y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras.


         El paraje de El Ejido es lindante al propio casco urbano de Burguillos, en concreto con la avenida de Las Espigas y el final de la calle Real, con las que limita al Oeste; al Este, con el paraje "El Capitanejo"; al Sur, por la carretera A-460 Guillena-Villaverde del Río; y, al Norte, por el paraje "Olivo Gordo". Señalar el paraje dio nombre a uno de los barrios de la localidad, y que todos conocemos por "El Lejío", y que todas las imágenes provienen del Instituto Geográfico Nacional.

lunes, 29 de agosto de 2022

Callejero de Burguillos: el Barrio de El Ejido, popularmente "El Lejío"

     Mostramos una pequeña reseña e imágenes de el Barrio de El Ejido, aunque en Burguillos, todos lo conocemos como "El Lejío".


     El Barrio, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, siendo el conjunto de vías urbanas con características homogéneas, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida por bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. 


     Debe su nombre a que se ubica en lo que era el Ejido de Burguillos, es decir, el campo común del pueblo, lindante con él, que no se labra, y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras.
     El Ejido es un barrio creado en torno a finales de la década de 1960, inicios de la década de 1970, siendo su núcleo fundacional del Barrio de El Ejido lo componían la manzana creada por las calles Gustavo Adolfo Bécquer y la avenida de las Espigas, a la espalda de la Iglesia parroquial San Cristóbal mártir, en la Era (Ejido) de Burguillos, añadiéndose a lo largo del tiempo el resto de vías. En un principio eran viviendas del Instituto Nacional de la Vivienda, todas iguales, de dos plantas que le daban un carácter unitario a la zona.
     Históricamente es la primera zona de expansión importante del núcleo urbano de Burguillos a lo largo de su dilatada historia.

lunes, 2 de mayo de 2022

Callejero de Burguillos: la calle Dos de Mayo

     Mostramos una reseña e imágenes de la calle Dos de Mayo, en Burguillos.
   Hoy, 2 de mayo, es el aniversario de los sucesos del 2 de Mayo (2 de mayo de 1808), que supuso el levantamiento del pueblo madrileño contra los invasores franceses, hecho que marca el inicio de la Guerra de la Independencia española, así que hoy es el mejor día para explicarte la calle Dos de Mayo, de Burguillos, dando un paseo por ella.

   La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos) está dedicada al hecho histórico del Dos de Mayo, que marcó el inicio de la Guerra de la Independencia española.

     Pocas insurrecciones populares han inspirado tanto a un pueblo como lo hizo Madrid con el resto de España para hacer frente a la ocupación francesa aquel 2 de mayo.
     No es ningún secreto la maniobra que usó Napoleón para ocupar el territorio español con todas las de la ley. Quizás lo que no queda tan claro es el nombre de ese engaño. El Tratado de Fontainebleau fue el regalo envenenado de Napoleón al rey de España.

     En este tratado, que se firmó el 27 de octubre de 1807, se pactó una invasión de Portugal en una coalición franco-española. Eso suponía el libre acceso a más de setenta mil soldados franceses al territorio español. La invasión fue un éxito, para finales de noviembre de 1807, las tropas francesas ya estaban entrando en Lisboa y los reyes portugueses exiliados en Brasil.

     Ante la nefasta gestión de Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV, y las sucesivas derrotas militares en la guerra anglo-española de 1796-1802, se generó mucho malestar. Este descontento llegó a todas las capas de la sociedad: las más bajas, por la profunda crisis económica provocada por la interrupción del comercio con América y la delicada situación de la hacienda. Y la nobleza, que se intrigaban junto al ambicioso príncipe Fernando y los agentes de Napoleón contra el rey y su primer ministro. Otro motivo de gran malestar fue la problemática presencia de las tropas napoleónicas que cada vez más actuaban como fuerzas de ocupación y no de paso.

     Godoy, asustado por las intenciones ocultas de los franceses, en marzo de 1808 trasladó a los monarcas fuera de Madrid, a Aranjuez, para poder evacuarlos hacia las Américas en caso de golpe de estado, tal y como habían hecho los reyes portugueses. El rumor de que los reyes abandonarían el territorio corrió como la pólvora. Los líderes de los fernandinos animaron a los civiles a que se aglomerasen en torno al Palacio Real de Aranjuez y empezaran a sitiarlo.

     El objetivo de esa rebelión era la abdicación de Carlos IV y la destitución de Godoy. Finalmente  el príncipe Fernando, que era el instigador, logró su objetivo y el día 19 de marzo de 1808 es coronado Rey. Era la primera vez en la España moderna que un rey era depuesto por un alzamiento popular.
     El mariscal Murat aspirando a conseguir el trono de España tuvo que conformarse con el de Nápoles ya que Napoleón reservó ese honor para su familia. 
      Murat fue uno de los más célebres mariscales de Napoleón y estuvo al frente de la ocupación  peninsular y de la posterior represión. Aprovechando el caos en Aranjuez, entró en Madrid el 23 de marzo con sus tropas e informó a Napoleón del cambio de corona antes incluso de que Fernando llegase a la capital.

     Conociendo las intenciones de Napoleón de destronar al joven rey, Murat se encargó de influir en la nobleza para crear el descontento entre la familia real acerca de la ilegitimidad por la abdicación forzosa. El Mariscal, como autoridad máxima de Francia en la Península, no lo reconocía como rey. Sabía que Fernando necesitaba el reconocimiento internacional, al menos el de Francia.
     Aprovechando esa ventaja y con la promesa de que Napoleón se reuniría con él en Madrid, lo fueron alejando de la capital. Primero hasta Burgos, luego Vitoria y finalmente, Bayona (Francia). El rey llegó a la ciudad fronteriza el 20 de abril con la promesa de que el emperador reconocería su legitimidad.

     Murat era una persona con una gran ambición. De origen humilde, gracias a la Revolución Francesa y a su talento para la guerra, ascendió al rango de mariscal en el 1804 con 47 años de edad. Pero Murat no se conformó con un rango militar y se emparentó con el emperador Napoleón casándose con su hermana Carolina Bonaparte cuando ésta tenía 18 años. La aspiración de Murat era llegar a ser rey de España. Lideró la discreta ocupación y posterior represión del 2 de mayo en Madrid.
      Murat era un buen represor, pero no un buen gobernante por lo que Napoleón prefirió poner a su hermano José, más ilustrado, moderado y diplomático que Murat, quien tuvo que conformarse con el reino de Nápoles, un territorio en plena decadencia para la política internacional.
     Con Fernando fuera de Madrid, el 16 de abril Murat dijo a la junta de gobierno provisional que Napoleón solo reconocería a Carlos IV como rey legítimo. El mariscal también exigió a la Junta que debían excarcelar a Godoy para llevárselo a Bayona. De esta manera intentaría convencer e influir a los antiguos monarcas para favorecer la legitimidad de Fernando.

     Con esta estrategia el día 22 de abril los reyes destronados partían del Escorial dirección Bayona donde llegarían el día 30 de abril con la seguridad que les sería devuelta su corona. El siguiente paso era trasladar el resto de la familia real a Francia para convencerles del traspaso de su legítima corona a sus manos. Cosa que logró sin mayores dificultades.
     Murat creía que la población de Madrid era tan impresionable como la mayoría de sus dirigentes y políticos, por lo que hacía alarde de fuerza paseando y desplegando sus tropas por la ciudad. Las cuales eran recibidas con hostilidad por parte de la población.
     El rumor de que los hijos de Carlos IV iban a ser sacados de Madrid hacia Bayona se extendió rápidamente. Rumor que efectivamente era cierto. A primera hora de la mañana, una muchedumbre de gente se aglomeró frente al Palacio Real. Su objetivo era impedir que los soldados franceses pudiesen acceder a Francisco de Paula, el hijo menor de Carlos IV.
     La tensión aumentó hasta que el hijo de Carlos IV salió al balcón para ver el gentío. Entonces, un grupo de ciudadanos atacó a unos soldados franceses creyendo que se dirigían a sacar al infante del palacio por la fuerza. Los franceses usaron artillería para dispersar a la multitud. Eso desencadenó episodios de violencia por toda la Villa. Todo el resentimiento acumulado por la ocupación y los abusos estalló.
     En España, las armas estaban prohibidas desde 1761 bajo el mandato del Rey Carlos III. Eran muy pocos los ciudadanos que disponían de ellas en sus casas. Si las querían, debían asaltar alguna caserna o robarlas de soldados muertos. Recurrieron a lo que tenían en casa, navajas, cuchillos, palos, macetas, etc. A pesar de que Murat ya había desplegado a sus treinta mil hombres por la ciudad, la revuelta duró todo el día. Las tropas napoleónicas no tuvieron escrúpulos o miramientos a la hora de reprimir a la población, se enfrentaron a hombres, mujeres y niños. Los soldados franceses muertos se cuentan por la centena, mientras que los ciudadanos madrileños cerca del medio millar. Existe un debate historiográfico acerca de el número de bajas.
     Después de aplacar a las masas, Murat decidió un castigo ejemplar para que el episodio no se repitiese. Ordenó fusilar a todo aquel participante del episodio y a toda persona arrestada durante el conflicto. La brutalidad de ese castigo, junto a la revuelta del 2 de mayo de Madrid, fueron el punto de inicio de la Guerra de Independencia, que se propagó hasta el último rincón de la Península. Los eventos se precipitaron a tal velocidad que para septiembre de ese mismo año ya se había constituido la Junta Suprema Central en Aranjuez. El conflicto se alargaría hasta el año 1814.
     Esa represión quedó reflejada para la posteridad en la célebre obra de Francisco de Goya que representa los fusilamientos del 3 de Mayo. Cabe destacar que en todo momento muchas de las autoridades tanto militares como administrativas españolas se alinearon con el ocupante francés, seguramente por miedo o por extorsión. 
   Los monumentos y honores al celebre día riegan las calles y plazas de la ciudad. También es el día oficial de la actual Comunidad de Madrid, en la que se realizan actos institucionales en honor a los caídos. Pero no solo en Madrid, en multitud de ciudades de todo el Estado se encuentran hoy en día calles, estaciones, plazas, etc. que recuerdan a las personas de esa jornada y lo que supuso para el futuro del país. Gracias a ese acto, se activó la cadena de eventos que trajeron la posterior redacción de la primera constitución española en 1812 (El Reto Histórico).
     El 2 de mayo de 1808, las tropas francesas deciden sacar a la Familia Real de Madrid, mientras les observa una multitud que protesta ante las puertas de palacio. La muchedumbre es disuelta por un batallón de granaderos, y la noticia origina una violenta reacción del pueblo de Madrid contra los franceses.
     Al día siguiente, 3 de mayo, el comandante del ejército francés y gobernador de Madrid, Joaquín Murat, toma medidas para restablecer el orden, castigando de manera sangrienta el levantamiento popular. En Moncloa son fusilados todos aquellos que han sido apresados con las armas en la mano. Ese mismo 3 de mayo, Andrés Torrejón, alcalde de Móstoles, declara la guerra a los franceses.
     Después de los sucesos acaecidos el día 2 y a lo largo de todo el mes de mayo, se producen levantamientos provinciales que culminan en la formación de varias juntas. También se suceden en muchas ciudades movimientos populares que no cuajan en la formación de una de ellas.
     Mientras tanto, el 6 de mayo, las denominadas abdicaciones de Bayona se suceden ante la presencia de Napoleón Bonaparte. La corona, símbolo de la legitimidad de la monarquía, pasa de las manos de Fernando a las de su padre, Carlos IV, y de las de este a Napoleón, quien a su vez elegirá a su hermano José (Real Academia de la Historia).

    La calle Dos de Mayo (es una desmembración de la calle Las Espigas, y de hecho aún permanece el rótulo de ésta), está situada en entre los Barrios de "El Ejido", y "Lejos". Va de la calle Las Espigas, a la confluencia de la calle Real con la calle Pregonero Isidoro de Catalina, y tiene una longitud de 300 metros aproximadamente, siendo bidireccional desde el punto de vista del tráfico rodado, asfaltada y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por viviendas unifamiliares de autoconstrucción de una y dos plantas en altura, al principio y al final de la misma, en la acera de la izquierda, mientras que el resto de dicha acera lo ocupa una antigua fábrica de bovedillas y almacenes agrícolas, mientras que la acera de la derecha es el campo propiamente dicho. 
     La calle Dos de Mayo es, históricamente, un camino, asfaltado modernamente, ya que fundamentalmente fue un camino utilizado para usos agrícolas y como unión de dos barrios del pueblo, de ahí que tenga tan sencillo comentario.