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lunes, 24 de febrero de 2025

Callejero de Burguillos: La calle Rosalía de Castro

     Mostramos en Historia de Burguillos, imágenes y una reseña de la calle Rosalía de Castro, en Burguillos, aprovechando que hoy, 24 de febrero, es el aniversario de su nacimiento (24 de febrero de 1837).


     La calle, desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo al Ayuntamiento de Burguillos, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de la localidad, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.


Conozcamos mejor la biografía de Rosalía de Castro, a quien está dedicada esta vía del callejero burguillero:
     Rosalía de Castro de Murguía, (Santiago de Compostela, La Coruña, 24 de febrero de 1837 – Padrón, La Coruña, 15 de julio de 1885). Escritora.
     Quien había de ser figura fundamental del Rexurdimento o renacimiento literario gallego de la segunda mitad del siglo XIX, para elevarse después a la categoría de símbolo de Galicia y del sentir del pueblo gallego, nació a las cuatro de la madrugada del 24 de febrero de 1837 en una casa de la zona del llamado Camino Nuevo, lindante con Conxo y situado en la periferia de Santiago de Compostela. Fue bautizada en la iglesia del Hospital Real a las pocas horas de nacer.
     Fue su madrina María Francisca Martínez, que se hizo cargo de la niña, a la que se le pusieron los nombres de María Rosalía Rita. El parto fue atendido por el ilustre doctor Varela de Montes. En la partida de bautismo figura como hija de “padres incógnitos” con la indicación de que “no pasó a la Inclusa”. Estas dos precisiones del documento bautismal se explican por la situación y condición de sus padres.
     Su madre, María Teresa de Castro y Abadía (1804-1862), procedía de hidalga familia que residía en el Pazo de Arretén, en Iria Flavia, municipio de Padrón (La Coruña). Su padre, José Martínez Viojo (1798-1870), era clérigo de menores de la colegiata de Santa María de Iria Flavia, de la que fue también presbítero y beneficiado. Algunos estudiosos identificaron la “negra sombra” rosaliana con la figura del padre, pero otros biógrafos apuntan al recuerdo sentimental del joven poeta Aurelio Aguirre (1833-1858). Mayor verosimilitud tienen las tesis que afirman que esa negra sombra que acosa y persigue es una metáfora del origen desdichado de la escritora o, más genéricamente, la expresión de su radical angustia frente a la vida.


     Fue su tía paterna, Teresa Martínez Viojo, quien la cuidó y acompañó en su infancia, que transcurrió en una modesta casa —la Casa del Castro— de la aldea de Ortoño, cerca de Santiago; posteriormente, tal vez en 1850, llega su madre a Padrón para vivir con ella. Casi nada se sabe de esos años salvo el contacto de la niña con las gentes del medio rural y la familiarización con el idioma gallego que sobrevivía entre labradores y campesinos desde hacía siglos, ajeno al ámbito urbano y a las esferas de prestigio social y cultural.
     Entre 1850 y 1856 vive con su madre en Santiago de Compostela. En la Sociedad Económica de Amigos del País, instalada en el edificio del Colegio de San Clemente (Instituto Rosalía de Castro, desde hace varias décadas) estudia francés, dibujo y música.
     Participa en las actividades literarias del Liceo de la Juventud (instalado en el antiguo convento de San Agustín) —al que acudían Aurelio Aguirre, Eduardo Pondal, Manuel Murguía y otros jóvenes intelectuales— y en 1854, con sólo diecisiete años, muestra cualidades como actriz en la representación de Rosamunda, drama de Gil y Zárate. En 1853 viaja a la costa, a Muxía, donde se celebra la romería de la Virgen de la Barca. Allí contrae el tifus, del que muere su amiga Eduarda Pondal, hermana del que será gran poeta gallego Eduardo Pondal. Ese mismo año contempla conmovida la llegada a Santiago de cientos de gentes que vienen huyendo del hambre y de la enfermedad al perderse las cosechas. Finalmente, entre 1854 y 1856, pasa con su madre algunas temporadas en Padrón, aunque sigue residiendo en Santiago.
     Escasamente fundamentados resultan los comentarios de algunos biógrafos sobre la relación sentimental de la joven Rosalía con el poeta Aurelio Aguirre, que en sus Ensayos poéticos (1858) le dedica un soneto a Rosalía. Cuando, a los veinticinco años, muere el poeta, Rosalía colabora con el poema “Lágrima triste en mi dolor vertida” en la Corona fúnebre que, dedicada a Aguirre, aparece en Santiago en 1859.


     El deseo de triunfar como actriz o el intento de iniciarse en la actividad literaria o, simplemente, la necesidad de un nuevo horizonte fuera del ambiente de Santiago —ciudad pequeña, clerical y provinciana en la que no faltarían comentarios maledicentes contra quien, además de hija de soltera e ilegítima, era hija de cura—, llevan a Rosalía a Madrid, donde reside ya en abril de 1856, en una casa de la calle de la Ballesta, junto a Josefa Carmen García-Lugín y Castro, prima de su madre. Al año de llegar a la capital publica La flor (1857), su primer poemario. La prensa se hace eco del libro y una de las recensiones va firmada por Manuel Murguía (1833-1920), con quien Rosalía se casa el 10 de octubre de 1858 en la madrileña iglesia de San Ildefonso. Tuvo el matrimonio siete hijos. La primogénita, Alejandra, nació en Santiago en 1859; luego vinieron Aura, los gemelos Gala y Ovidio (que destacó como pintor), Amara, Adriano Honorato (que muere antes de cumplir los dos años) y Valentina, que nace muerta.
     Rosalía encuentra en Madrid no sólo a Manuel Murguía, a quien pudo haber conocido en los locales del Liceo de la Juventud en Santiago —si bien Murguía negó reiteradamente tal circunstancia—, sino también a un grupo de escritores que trataban de abrirse paso en la capital. Uno de aquellos escritores era Gustavo Adolfo Bécquer. En 1870, cuando muere el poeta sevillano, Rosalía estaba en Madrid y residía en la calle de Claudio Coello, donde vivía también Bécquer, que no pudo pagarle el artículo que ella había enviado a la Ilustración Española. Seguramente se conocieron, aunque no se tratasen, y desde luego la métrica y la imaginería de algunas composiciones de la autora gallega son de sabor becqueriano.
     Al poco de llegar a Madrid, conoció a Eulogio Florentino Sanz, con quien se entrevistó en más de una ocasión. Está probado que Rosalía leyó al poeta alemán Heinrich Heine a través de la traducción de Florentino Sanz al castellano aparecida en las páginas de El Museo Universal de Madrid en 1857, y leyó también los versos de Heine en una traducción francesa.


     La veta subjetiva, intimista que aparece en varios delos poemas breves de Follas Novas procede de la influencia del lied alemán y, en particular, del lirismo de Heine, que también brota en los “suspirillos germánicos” de Bécquer.
     Un significativo apartado de la biografía rosaliana está protagonizado por la figura de Manuel Murguía, historiador e ilustre polígrafo gallego. En el matrimonio fueron muy frecuentes las estrecheces y problemas económicos y tampoco faltaron las desavenencias personales, fruto probablemente de la marcada personalidad de los cónyuges. Importa sobre todo destacar la intervención de Murguía en la actividad literaria de su esposa, a quien introdujo en los círculos literarios, conectó con los editores e impresores y animó a publicar sus poemas, muchos de los cuales pasaron por las páginas de la prensa gallega o madrileña en la que Murguía tenía contactos e influencia. Intervino también en la edición de los textos rosalianos con correcciones, añadidos y enmiendas. Valga como ejemplo el hecho de que, en la segunda edición (1909) de En las orillas del Sar, es Murguía el responsable del añadido de doce poemas que no figuraban en la primera (1884), además de correcciones de algunos versos y cambios de lugar de algunas composiciones, con la consiguiente alteración de la estructura del libro.
     El cuidado de los hijos, la actividad literaria, la correspondencia epistolar y el seguimiento de los cambiantes destinos de la carrera de su marido (que origina constantes viajes y traslados de la residencia familiar) ocupan la vida de Rosalía, que pasa por etapas de precariedad y dificultades diversas y reside por temporadas en Santiago, Madrid, La Coruña, Padrón, Simancas, etc. En 1860, en Santiago, actúa en la representación —de nuevo en el Liceo de la Juventud— de Antonio de Leiva, drama histórico de Juan de Ariza. En 1861, en las páginas de El Museo Universal, publica “Adiós, ríos; adiós, fontes”, su primer poema en lengua gallega. Al año siguiente, el Álbum de la Caridad, publicado en La Coruña, ofrece nuevos poemas rosalianos en gallego y castellano. En este mismo año de 1862 muere su madre y el sentir de Rosalía encuentra de nuevo cauce en los versos de su segundo poemario, A mi madre (Vigo, 1863), desbordado de amor y ternura y dolor filial.


     En 1863, aparece el primer gran título de la poesía rosaliana: Cantares Gallegos. Inspirado, según confesión de la autora, en el Libro de los Cantares de Antonio Trueba, es un ejemplo de poesía folclórico-costumbrista.
     Va dedicado a Fernán Caballero y lleva un importante prólogo de la misma Rosalía, que reivindica y defiende la imagen de Galicia, a su entender, ignorada, maltratada y despreciada en el contexto español.
     Se escriben estos poemas cuando Rosalía vive en Castilla y siente saudade de su Galicia natal; son también, en lo que a su origen se refiere, un intento de la escritora por superar defectos y torpezas de quienes la precedieron en su tentativa de recrear la poesía popular en lengua gallega. Rosalía defiende la dignidad de Galicia, conecta fácilmente con el sentir y decir populares, se funde en íntima comunión con la vida campesina y sus gentes, es compasiva con el historial de maltratos y marginaciones que el pueblo humilde sufre y eleva su voz en la alabanza de la belleza de su tierra por la que siente un amor hondo y radical. La sencillez y riqueza expresivas, la fuerza e intensidad descriptivas, la gracia y viveza al cantar, la diversidad métrica, la variedad sentimental y la mirada idealizadora contrapunteada de elementos realistas son otras tantas claves de este libro en el que se ven motivos líricos y formas retóricas ya presentes en la lírica de los Cancioneros gallego portugueses de la Edad Media, lírica que se divulgaba entre eruditos por aquel entonces y que Rosalía no llegó a conocer.
     El empleo de la lengua gallega (el “dialecto gallego” oral, hablado, que había oído en su niñez y que fijó en sus versos con naturalidad y espontaneidad) en los versos rosalianos, hace de Cantares Gallegos un libro histórico para la literatura gallega, un “libro auroral” (Alonso Montero), un texto pionero en un renacer literario del que, además de Rosalía, serán grandes figuras Manuel Curros Enríquez y Eduardo Pondal.


     La publicación de Cantares Gallegos representó, pues, un hito en la literatura gallega. De ahí que el año conmemorativo de su centenario, 1963, fuese oportunamente aprovechado para instaurar el Día das Letras de Galicia, que se viene celebrando el día 17 de mayo de acuerdo con la fecha de la dedicatoria escrita por Rosalía a Fernán Caballero (17 de mayo de 1863) en el citado poemario, que en 1872 era editado por segunda vez, pero con el añadido de cuatro nuevos poemas.
     Pero la obra rosaliana se desarrolla paralelamente —aunque con menos fortuna— en el terreno de la narrativa y en castellano. Así, bajo el influjo del romanticismo y en clave fantástico-simbólica van apareciendo sus novelas, La hija del mar (1859), Flavio (1861), Ruinas (1866), El caballero de las botas azules (1867) y El primer loco (1881).
     En 1864, un grupo de seminaristas de Lugo apedrea la imprenta de Soto Freire para impedir la publicación en el Almanaque de Galicia de un artículo costumbrista titulado “El codio” del que Rosalía es autora. Tal artículo finalmente quedó sin publicar.
     Sin embargo, el prestigio de la escritora es cada vez mayor y en 1867 es invitada a los Juegos Florales de Barcelona, aunque no acude a ellos. Entre 1869 y 1870, en Simancas, donde Murguía ocupa el puesto de director del Archivo, escribe Rosalía los poemas de Follas Novas, segundo y último de sus poemarios en lengua gallega y libro que se publicará años después, en 1880, con prólogo de Emilio Castelar. Graves problemas de orden social que sufre Galicia (miseria, emigración, injusticia histórica), solidaridad con el sufrimiento de la mujer gallega y ahondamiento en la angustia del vivir, son las líneas fundamentales de este libro en el que convergen la intimidad de la escritora y los temas de carácter comunitario, pero enraizadamente gallegos.
     Follas novas es, por más de un motivo, un libro excepcional en la literatura gallega y en particular en la poesía. Por primera vez, la escritora trasciende lo local gallego, lo folclórico, el popularismo, para elevarse a la expresión lírica del dolor y la angustia existencial del ser humano. A partir del influjo de un lirismo intimista de influencia alemana que halla en Bécquer su manifestación más depurada, Rosalía supera la pureza estética, la delicada visión de la naturaleza o el intimismo sentimental para plantear los más graves interrogantes existenciales y metafísicas de alcance universal, para revelar la soledad antológica del ser a través de la saudade. Enraizadamente pesimista, la poeta se abre a la visión del existir con el desolador cortejo de la pena, el sufrimiento, la desgracia, la soledad, la felicidad imposible, la muerte y la tentación del abismo del suicidio. Todo lo cual inunda muchos de sus poemas de esa “negra sombra” que aparece como inevitable presencia de su existencia y llena su canto de desesperanza y desolación. Todo lo cual nos lleva a un libro de una densidad humana, de una profundidad de pensamiento y de una dimensión filosófica ciertamente insólitos, máxime en una escritora del siglo XIX reducida por algunos a mujer iletrada y simbólica madre compasiva de la Galicia de la pobreza y el llanto.


     En 1881, uno de los artículos de la serie “Costumbres gallegas”, que aparece en Los lunes del Imparcial de Madrid, es objeto de críticas contra su autora, Rosalía.
     Conviene decir que tal artículo se refiere a ciertos hábitos de hospitalidad lugareña en Galicia para con los viajeros o huéspedes, hospitalidad cercana a la prostitución. La escritora, en carta a su esposo (26 de julio de 1881), se duele de los injustos ataques recibidos por tal escrito, al tiempo que renuncia a seguir escribiendo en lengua gallega. Cumple su propósito y en 1884 publica, en castellano, En las orillas del Sar, con el que ocupa un puesto de privilegio en la lírica española de la segunda mitad del siglo XIX.
     En 1883, vive en su casa de La Matanza, en Padrón (Casa-museo Rosalía de Castro desde 1972). Enferma de cáncer, viaja a Carril, cercano pueblo pesquero, porque quiere ver el mar. Muere en la citada casa de La Matanza el día 15 de julio de 1885 y es enterrada en el cementerio de Adina, en Iria Flavia. El día en que Rosalía muere llega a su casa la reseña italiana de su libro En las orillas del Sar firmada con las iniciales S. P. M. y publicada en La Rassegna Nazionale, de Florencia, el 1 de julio de 1885. El día 25 de mayo de 1891 sus restos mortales fueron trasladados a Santiago de Compostela y depositados en el Panteón de Gallegos Ilustres de la iglesia del convento de Santo Domingo de Bonaval, donde reposan actualmente.
     La vida de Rosalía sigue presentando varias lagunas.
     Algunos datos circunstanciales no están documentados y los biógrafos se mueven en el terreno de lo posible o probable. Victoriano García Martí, José Caamaño Bournacell, Ricardo Carballo Calero, Xesús Alonso Montero, Marina Mayoral, Catherine Davies, Claude H. Poullain, Fermín Bouza Brey, Augusto González Besada o Juan Naya Pérez han hecho contribuciones muy meritorias —en la totalidad o en aspectos concretos y parciales— a la biografía y obra literaria de la Cantora del Sar.
     Seguramente, con sobrada razón tituló Victoriano García Martí Rosalía de Castro o el dolor de vivir su estudio biográfico publicado en 1944. En la misma línea cabe recordar Rosalía de Castro en el llanto de su estirpe (1968) de José Caamaño Bournacell. No es extraño que las circunstancias de su nacimiento pesaran dolorosamente en Rosalía a lo largo de su vida y acaso el infortunio de su origen —en la época que le tocó vivir— explica un rasgo de su carácter en el que reparan los biógrafos: su sensibilidad para con el dolor de los demás, su capacidad para hacer propio el sufrimiento ajeno. Tal modo de sentir no deja de resonar en los versos rosalianos, inundados a veces de desesperanza, de angustia, de pesimismo y también de ironía y sarcasmo en ocasiones. Pero hay que decir también que en algunas de las cartas que escribe a Murguía revela su difícil carácter, consecuencia, en parte, de las enfermedades que la aquejaron. Con frecuencia presentía la amenaza de la muerte y todo ello daba lugara la manifestación de un temperamento desabrido, dado a la reconvención y la queja, que desahogaba con su marido. Ante la adversidad o la injusticia, reaccionaba con vehemencia, con rebeldía y hasta con aspereza.
     En todo caso, la identificación de Rosalía con el sentir de su pueblo no ha hecho sino acrecentarse con el paso del tiempo. Tal identificación se sublimó en veneración, por ejemplo, entre los cientos de miles de gallegos emigrantes en Cuba, Argentina o Uruguay, para quienes Rosalía era el más puro símbolo de Galicia.
     El tópico de una Rosalía aldeana, sencilla e inculta, agobiada por el llanto y la saudade, mitificada como madre bondadosa de los gallegos está basado en una lectura superficial de algunos poemas rosalianos. La dimensión existencial y metafísica —llena de intensidad, de densidad conceptual y emotiva— de algunas memorables composiciones de Follas Novas lo desmienten.
     Por otra parte, Rosalía fue una autodidacta forjada en lecturas ciertamente abundantes. Conocía los versos gallegos de Alberto Camino y Francisco Añón. Otras voces, como las de Aurelio Aguirre, Espronceda, Zorrilla, José Selgas o Bécquer resuenan en sus versos. Leyó también a Campoamor, Ventura Ruiz Aguilera, Fernán Caballero, Byron, Camoes, Heine y Hoffmann. Otras lecturas e influencias literarias han sido detectadas por el profesor Carballo Calero en distintos estudios sobre la escritora.
     La bibliografía suscitada por Rosalía de Castro —sobre su vida y su obra— es ciertamente impresionante.
     Sus versos están traducidos a numerosísimos idiomas y, hasta hoy, es sin discusión la poetisa más universal que ha dado Galicia. Azorín primero, y después Juan Ramón Jiménez (que tradujo “Negra sombra” al castellano), Unamuno, Enrique Díez-Canedo o Luis Cernuda reivindicaron su obra, que en el terreno poético anticipa hallazgos que luego divulgará el modernismo. El feminismo tuvo y tiene en ella un sólido referente, pues en los versos rosalianos palpita una apasionada defensa de la mujer gallega, enfrentada secularmente al trabajo en el campo, a la imperiosa necesidad de sacar adelante a la familia en sustitución del marido ausente en la emigración, a la soledad, la pobreza y el abandono. Todo ello late dolorosamente en diversos poemas de Follas novas, libro reivindicativo, solidario, testimonial, combativo.
     En fin, la atención de críticos y estudiosos por la lírica rosaliana se mantiene hasta hoy mismo con nuevos enfoques metodológicos, nuevos motivos de análisis y nuevas interpretaciones que exceden lo puramente literario (Luis Alonso Girgado, en Biografías de la Real Academia de la Historia).


          La calle Rosalía de Castro está situada en el denominado en nuestro pueblo el "Barrio Lejos". Es una calle que va de la calle Naturaleza, a la calle Félix Rodríguez de la Fuente, teniendo una longitud que no llega a los 200 metros aproximadamente, siendo bidireccional desde el punto de vista del tráfico rodado y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por garajes y almacenes privados, en la acera derecha, mientras que la mayor parte de su acerado derecho, lo forma el Parque del Barrio Lejos, formando parte de una zona residencial.
   La calle Rosalía de Castro es, históricamente, una vía moderna, creada en los inicios del siglo XXI, cuando se urbaniza esa zona que tiene como centro el citado Parque, de ahí su sencillo comentario.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Callejero de Burguillos: La calle Juan Ramón Jiménez

     Mostramos en Historia de Burguillos, imágenes y una reseña de la calle Juan Ramón Jiménez, en Burguillos, aprovechando que hoy, 23 de diciembre, es el aniversario de su nacimiento (23 de diciembre de 1881).


     La calle, desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo al Ayuntamiento de Burguillos, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de la localidad, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.




     Conozcamos mejor la Biografía de Juan Ramón Jiménez, a quien está dedicada esta vía del Callejero burguillero.
     Juan Ramón Jiménez Mantecón. (Moguer, Huelva, 23 de diciembre de 1881 – San Juan de Puerto Rico, Puerto Rico, 29 de mayo de 1958). Escritor y poeta.
     Nació en el seno de una familia acomodada, dedicada fundamentalmente a negocios agrícolas, formada por Víctor Jiménez y María Purificación Mantecón. Fue el último vástago del matrimonio, que ya contaba con dos hijos, más una hija procedente del primer enlace del esposo. El poeta se representaba en sus recuerdos moguereños como un niño sensible, curioso, enamoradizo, concentrado y soñador. Cursó elemental y primaria en el colegio de primera y segunda enseñanza de San José. En 1893 fue internado en el colegio jesuita San Luis Gonzaga de El Puerto de Santa María, donde la soledad y la disciplina acentuaron su carácter melancólico e introvertido. El Kempis o La imitación de Cristo se convirtió en su libro de cabecera. En los manuales de clase pronto empezó a escribir sus primeros versos y formó un álbum de poesías. En 1896, tras obtener el grado de bachiller, marchó a Sevilla a tomar clases de Pintura en el taller de Salvador Clemente y a estudiar el curso preparatorio de Derecho para entrar en la Universidad. Su afición a la literatura se incrementó, y desplazó su vocación de pintor, en el Ateneo, donde asistió a la tertulia decimonónica de Rodríguez Marín, Luis Montoto, José Velilla o Lamarque de Novoa, y leyó a los románticos y a autores como Rosalía de Castro, Curros Enríquez, Verdaguer, Vicente Medina o Manuel Paso. También acudió a “La Biblioteca”, centro literario más innovador en el que se congregaban escritores de Hojas Sueltas y La Quincena, en torno a Juan Centeno y el socialista Timoteo Orbe.
     Su primer poema publicado, “La guajira”, apareció en El Gato Negro de Barcelona el 6 de agosto de 1898. Otras composiciones vieron la luz en la prensa andaluza (El Progreso, el Correo de Andalucía, Hojas Sueltas, La Quincena, de Sevilla, o el Diario de Córdoba). Eran versos románticos, becquerianos, algunos cantares y otros con aire de denuncia social. Al ser abandonados sus objetivos originales, volvió a Moguer, donde descubrió arrobado, en una revista, los versos de Rubén Darío. Su primer manuscrito poético lo tituló Nubes.
     En 1899 dio a la luz varios poemas en la publicación madrileña Vida Nueva, para la que también puso en verso algunos poemas anarquistas de Ibsen. Francisco Villaespesa le invitó a ir a Madrid a “luchar por el modernismo”, en una postal que también iba firmada por Darío. Juan Ramón llegó a Madrid el 4 de abril de 1900. Allí conoció, entre otros escritores, a Villaespesa, Darío, Salvador Rueda o Valle-Inclán, vivió la bohemia modernista y enriqueció sus lecturas. El manuscrito de Nubes lo desdobló en dos poemarios: Almas de violeta y Ninfeas que, al cuidado de Villaespesa, se publicaron en 1900, cuando Juan Ramón ya había vuelto a Moguer y viajó con su madre al balneario de Alhama de Aragón. La noche del 3 de julio murió su padre de una embolia cerebral, lo que le desencadenó diversos síntomas de una grave neurosis y la obsesión de muerte súbita. El doctor Luis Simarro recomendó internarlo en un sanatorio. Juan Ramón residió entre mayo y septiembre de 1901 en la Maison de Santé du Castel d’Andorte, en Le Bouscat, Gironde, cerca de Burdeos, que dirigía el psiquiatra Gaston Lalanne. Allí leyó a los simbolistas franceses, comenzó a escribir Rimas (libro, publicado en 1902, que depuró sus excesos decadentistas) y mantuvo relaciones amorosas clandestinas con la institutriz Francine y con la esposa del doctor. A su vuelta a Madrid, ingresó en el sanatorio del Rosario, situado en la calle del Príncipe de Vergara, donde le visitaron diversos escritores modernistas, encabezados por Villaespesa, Gregorio Martínez Sierra (con el que fundó la revista Helios) y los Machado. En el verano de 1903, Juan Ramón pasó una temporada en la sierra del Guadarrama con el doctor Francisco Sandoval y, a su regreso, abandonó el sanatorio (en lo que pudo influir el escándalo de sus jugueteos amorosos con varias novicias) y se fue a vivir con Nicolás Achúcarro a la casa del doctor Simarro. Éste lo puso en contacto con Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío en la Institución Libre de Enseñanza, cuyo ambiente intelectual, de base krausista, marcó intensamente la formación ética y estética del poeta: “Un cultivo profundo del ser interior y un convencimiento de la sencillez natural del vivir”. Juan Ramón también frecuentó los talleres de los pintores Emilio Sala y Joaquín Sorolla, y conoció a Alejandro Sawa, Santiago Rusiñol y Francisco de Icaza, entre otros escritores. Todas las inquietudes vitales y creativas de estos años cristalizaron en Arias tristes (1903) y en Jardines lejanos (1904), donde lo biográfico se convirtió en sensual y nostálgica materia lírica a través de delicados procedimientos de evocación y sugerencia simbolista. Durante 1904, colaboró en Alma española y mantuvo una relación epistolar sentimental con la limeña Georgina Hübner; cuando decidió embarcarse para conocerla, recibió la noticia de su muerte. En realidad, todo había sido una farsa de un grupo de escritores peruanos para conseguir los libros del poeta, de lo que se enterará años después. Su reencuentro con Moguer en el verano nutrió buena parte de Pastorales, colección de romances bucólicos escrita por estas fechas, pero que no se publicó hasta 1911. El libro se cerrará con un apéndice de nueve poemas escritos para Teatro de ensueño (1905) de Martínez Sierra. En 1905, coincidiendo con la ruina económica de su familia y la acentuación de su neurosis, Juan Ramón volvió a Moguer, donde permaneció hasta finales de 1912. Allí, en plena soledad campestre, leyó a fondo a los clásicos españoles y la poesía finisecular, colaboró con Martínez Sierra en la creación de la revista Renacimiento, escribió las prosas líricas que conformarán Platero y yo y publicó una extensa serie de poemarios. Los tres más antiguos, Las hojas verdes (1909), Baladas de primavera (1910) y Pastorales (1911), transitan por un ámbito de lírica bucólica y popularista. Esta tentativa de renacimiento vital se quebró en los siguientes libros, a través de un predominante verso alejandrino de doloroso y erotanático simbolismo, el cual, aunque fracasó en la aprehensión del ideal trascendente que vislumbraba, dio lugar a un ciclo de gran riqueza, profundidad y cohesión estética, una de las cumbres de su escritura: Elegías puras (1908), Elegías intermedias (1909), Elegías lamentables (1910), La soledad sonora (1911), Pastorales (1911), Poemas mágicos y dolientes (1911), Melancolía (1912) y Laberinto (1913). Junto a estos poemarios, Juan Ramón escribió otros tantos, en verso y en prosa, que permanecieron inéditos. Desde Moguer se carteó con Unamuno, Darío, los Machado o Ramón Gómez de la Serna, además de con Louise Grimm, su amor platónico en este tiempo. En diciembre de 1912 regresó a Madrid, visitó a sus amigos y entró en contacto con Juan Guerrero Ruiz, su más fiel admirador y amigo. A partir del año siguiente se alojó en la Residencia de Estudiantes, donde se ocupó de sus publicaciones y de su nueva construcción en los altos del Hipódromo. A ella dedicó el libro inédito La colina de los chopos. En la institución se relacionó con toda la cultura de su tiempo —destacadamente, con Ortega y Gasset—, y conoció a Zenobia Camprubí, de formación estadounidense y de carácter alegre y práctico, que será su futura esposa tras un largo noviazgo, del que se conservan numerosas cartas. Con ella inició la traducción de la obra de Tagore en varios volúmenes. Platero y yo se publicó, en una edición reducida, en 1914; la edición completa verá la luz en 1917. La transformación de su vida y de su escritura conformó un ciclo de tres poemarios: Sonetos espirituales, Estío y Diario de un poeta recién casado (además del proyectado Monumento de amor. Epistolario y Lira). Su nueva escritura se caracteriza por una concisión o desnudez expresiva, que reduce el poema a lo esencial, haciendo abstracción de todo contexto, de forma que lo que resta es la pura efusión lírica. Además, el amor por Zenobia depuró al máximo la vena de instrospección erótica que hasta entonces dominaba su poesía.


     Zenobia, junto a su madre, viajó a Nueva York en diciembre de 1915. Juan Ramón, decidido a convertirla en su esposa, se embarcó tras ella. La boda tuvo lugar el 2 de marzo de 1916, e hicieron su viaje de novios a Boston. Para reconstruir su vida en este tiempo se cuenta no sólo con la escritura del poeta, sino también con los diarios de Zenobia. Antes de regresar a España, adonde llegaron el 19 de junio, visitaron Long Island y Nueva Jersey, así como varias ciudades del este: Filadelfia, Baltimore y Washington. El viaje de ida y vuelta y su estancia americana conforman el Diario de un poeta recién casado (1917), poemario en prosa y verso lleno de innovaciones estéticas y vitales, que inició una segunda etapa en su obra, de gran influencia en los poetas jóvenes, que por entonces comenzaban a visitarle en calidad de maestro. La Hispanic Society of America publicó sus Poesías escojidas (1899-1917), lujosa antología donde el poeta inauguró su peculiar ortografía fonética. Fueron años de intensa fecundidad lírica para Juan Ramón, en los que desarrolló una concepción de la poesía como creadora de la verdadera realidad de las cosas, a través de la conciencia que sobre ellas proyectaba el poeta. En 1918 vio la luz Eternidades y, al año siguiente, Piedra y cielo, que dio lugar a un grupo poético en Bogotá que tomó el nombre de este libro. La versión de Zenobia y Juan Ramón de Jinetes hacia el mar de John M. Synge fue escenificada por el teatro de la Escuela Nueva, dirigido por Rivas Cherif, en 1921, año en el que creó Índice. Revista de Definición y Concordia, aglutinadora de la “joven literatura”, que también dio lugar a una biblioteca. 1922 fue el año de la Segunda Antolojía Poética (1898- 1918), dedicada “A la minoría siempre” (posteriormente escribió: “la minoría se encuentra en todas partes, en el pueblo ‘cultivado’ por sí mismo, tanto o más que en el hombre ‘culturado’ en los libros de las ciudades”; “creo que en mi escritura poética, verso y prosa, está mi emoción dirijida instintivamente, es claro, a todos”), donde defiende los caracteres de su obra: “la perfección, en arte, es la espontaneidad, la sencillez del espíritu cultivado”. En este tiempo también comenzó a escribir los retratos o “caricaturas líricas” que dieron lugar a Españoles de tres mundos. En 1923 editó dos libros antológicos, Poesía y Belleza, selecciones de varios libros inéditos (La realidad invisible, Unidad, Hijo de la alegría, Fuego y sentimiento, Luz de la atención, La mujer desnuda, Ellos, La muerte, Forma de huir, El vencedor oculto, La obra, 1920, 1921, 1922 y 1923). En 1924, los Jiménez visitaron Granada, invitados por la familia García Lorca; Juan Ramón dedicó a la ciudad un libro inédito, Olvidos de Granada. A partir de este momento, el poeta se aisló y decidió dedicarse a la revisión, depuración y ordenación de su obra, concebida como un todo unitario, y no publicó más poemarios independientes. Sí ofrecía adelantos de su obra en varios cuadernos: Unidad (1925), Obra en marcha (Diario poético de J. R. J.) (1928), Sucesión (1932), Presente (1933) y Hojas sueltas (1935), así como en las revistas Sí (Boletín Bello Español) de El Andaluz Universal (1925) y Ley (Entregas de Capricho) (1927), y en el Heraldo de Madrid, La Gaceta Literaria y El Sol. A partir de 1927, se distanció de los jóvenes poetas, en principio por el homenaje a Góngora, en el que no participó. Los actos más desagradables de este desencuentro fueron los ataques iconoclastas de Dalí y Buñuel, y de Alberti; los de Neruda, los repetidos de Bergamín, y su rechazo de Jorge Guillén por su falta de palabra en la revista Los Cuatro Vientos, episodios que le produjeron diversas depresiones nerviosas y molestias psicosomáticas. En 1931, le detectaron a Zenobia un tumor en la matriz, origen del cáncer que acabó con su vida y posible razón de la ausencia de hijos en el matrimonio, pese al cariño del poeta hacia los niños. Juan Ramón recibió con simpatía la Segunda República y compuso un poema dedicado a la nueva “Bandera española” tricolor, que envió al Heraldo de Madrid con la firma “Un español”. En pocos años apareció en la Antología de Gerardo Diego y en la de Federico de Onís, en reconocimiento de su magisterio lírico. En 1932 la joven escultora Marga Gil Roësset, amiga de los Jiménez, se suicidó por el amor imposible que sentía hacia el poeta. A finales de año Zenobia editó un volumen de Poesía en prosa y verso (1902-1932) de Juan Ramón Jiménez escojida para los niños. Durante este tiempo, Juan Ramón proyectó una ordenación de toda su obra en siete grandes volúmenes de verso (Romance, Canción, Estancia, Arte menor, Silva, Miscelánea y Verso desnudo) y otros siete de prosa (Verso en prosa, Leyenda, Viaje y sueño, Trasunto, Caricatura, Miscelánea y Crítica), más un Complemento general. De todos ellos sólo vio la luz Canción, en 1936. En estos años le propusieron varias veces ser designado como miembro de la Real Academia Española, pero el poeta se negó siempre, como hizo también en 1946 cuando se lo propuso Pemán. Poco antes del levantamiento militar, escribió la conferencia “Política poética”, que fue leída en la Residencia de Estudiantes. Tras el 18 de julio, firmó el manifiesto a favor de la República, y se puso a su servicio, trabajando para la Junta de Protección de Menores y acogiendo a doce niños. Tras varias detenciones en la calle por milicianos, los Jiménez decidieron abandonar España. Azaña les concedió pasaporte diplomático, y el poeta aceptó el cargo de agregado cultural honorario —sin sueldo— en Washington. En septiembre desembarcaron en Nueva York, y en Washington trataron de promover el apoyo a la República. Al cabo de dos semanas, llegaron a San Juan de Puerto Rico, donde Juan Ramón desarrolló una constante actividad pública como conferenciante y ayudó a preparar sendas antologías de Poesía puertorriqueña y de su obra, Verso y prosa para niños. En La Habana (Cuba) residieron a lo largo de dos años, en los que el poeta siguió haciendo declaraciones a favor de la República Española e intervino en diversos actos culturales, preparando la antología La poesía cubana en 1936. La noticia de la muerte de García Lorca, de Antonio Machado —al que había querido traer a Cuba— y de su sobrino Jiménez Bayo le causaron una gran conmoción. En 1939 los Jiménez se instalaron en Coral Gables (Miami), desde donde realizaron varios viajes a Nueva York. El poeta leyó conferencias en distintas universidades e instituciones, y colaboró en revistas de toda América. A los pocos días de la entrada de las tropas franquistas en Madrid, su piso fue saqueado y desaparecieron numerosos libros, manuscritos y obras de arte; sólo una parte del expolio sería recuperado. Todo ello iba a quedar reflejado en el libro inédito Guerra en España.
     Entre 1939 y 1942 escribió los Romances de Coral Gables (publicados en 1948), un romance metafísico y abstracto donde constató la dolorosa soledad e incomunicación del hombre frente a las cosas y el tiempo, pese a las ansias del poeta de vencer ambas fronteras mediante su anhelo de totalidad. En La Florida, además, comenzó a escribir dos poemas complementarios, Espacio y Tiempo, confesiones líricas de rememoración y afirmación vital donde el fluir de conciencia se sometía a la inteligencia, y que supusieron una cima de la escritura poética española, aunque el segundo permanece sin terminar e inédito. En 1942 apareció finalmente Españoles de tres mundos, “caricaturas líricas” que había seguido escribiendo en el nuevo continente. Fue también entonces cuando, con la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, Juan Ramón se puso a disposición del Departamento de Estado, participando en la emisión de conferencias sobre literatura española y americana, bajo el título de “Alerta”. Con tal motivo, los Jiménez se trasladaron a Washington, frente al parque Meridian Hill, que daría título al libro inédito, escrito entre 1942 y 1950, Una colina meridiana. Sin embargo, el poeta abandonó el proyecto al no estar de acuerdo con las condiciones de la censura. En 1943, Cuadernos Americanos publicó la primera parte de Espacio, composición que no aparecerá completa, y no ya en verso libre, sino prosificada, hasta 1954 en la revista Poesía Española, integrando en ella otros poemas publicados previamente.
     En 1944 Zenobia fue contratada como profesora en la Universidad de Maryland, y poco después lo fue su esposo. La editorial Losada de Buenos Aires realizó nuevas ediciones de algunos de sus poemarios, y Juan Ramón emprendió una nueva ordenación de toda su obra inédita. Al año siguiente, se publicó en México Voces de mi copla, pequeño volumen formado por casi cien poemas breves ya publicados anteriormente, y en 1946 Losada editó La estación total con las canciones de la nueva luz, anunciada como una sección que formaría parte del libro En el otro costado. El poemario (compuesto por poemas escritos entre 1923 y 1935) canta, a través de la sucesión simbólica de las estaciones, la perduración de la conciencia del yo lírico tras su muerte; el poeta interpreta que desaparecerá su forma física, pero no su conciencia, que de vivir en un contexto histórico pasará a hacerlo en otro eterno, fundida con la conciencia total del universo, en una definitiva “estación total”. De este modo, la muerte dejaba de tener connotaciones negativas, lo que se reflejó en un tono de celebración exaltada. A finales de año sufrió una fuerte depresión nerviosa (no era la primera que había tenido en el exilio) y fue ingresado en el Washington Sanitarium and Hospital de Takoma Park. En 1947 los Jiménez se trasladaron a la pequeña ciudad de Riverdale, próxima a la Universidad de Maryland. Al año siguiente viajaron a Canadá, y entre agosto y noviembre emprendieron una gira por Argentina y Uruguay, donde el poeta había sido invitado a pronunciar un ciclo de conferencias, que tuvo gran éxito de público. Allí concibió Animal de fondo, publicado en Buenos Aires en 1949 junto a su versión francesa, adelanto del volumen Dios deseante y deseado (título al que después su autor invertiría los adjetivos). El nuevo libro cantaba gozosamente la fusión del dios deseante, la conciencia del poeta en su vida histórica, con el dios deseado, la conciencia del universo en su eternidad, cuya imagen descubrió el poeta en el mar. Su optimismo celebrativo enlazaba con La estación total, pero lo que allí era sólo hallazgo y vislumbre es aquí identificación plena.
     El intenso trabajo que Juan Ramón realizó desde su último viaje, preparando a la vez varios libros y proyectos, le produjo un recrudecimiento de su neurastenia y una fuerte crisis depresiva, por lo que fue hospitalizado en Washington, Baltimore y Puerto Rico, donde se instalaron definitivamente en 1951. Cuando el poeta comenzaba a recuperarse, Zenobia tuvo que ser operada de su antiguo tumor (ahora cancerígeno), en Boston, pero se le volvió a reproducir. En su ausencia, Juan Ramón comenzó a escribir el inédito Ríos que se van, y poco después retomó su proyecto de edición para su obra completa, titulada Destino y, más adelante, Metamórfosis. Los Jiménez fueron contratados como profesores en la Universidad de Puerto Rico, donde Juan Ramón impartió un curso sobre El modernismo durante 1953, año en que renació su polémica con Jorge Guillén en la revista madrileña Índice de Artes y Letras. A finales de 1954, entró en una nueva fase depresiva y fue hospitalizado en diversos centros. Todos sus libros, y luego su archivo, fueron depositados en una sala de la Biblioteca General Universitaria de Puerto Rico. En 1956 Zenobia volvió a Boston, pero ya era tarde para operarla de nuevo. Trabajó intensamente en la ordenación de la Tercera Antología Poética (que apareció en 1957, gracias a la colaboración de Eugenio Florit). El 25 de octubre de 1956 Juan Ramón recibió el Premio Nobel de Literatura (lo recogió en su nombre Jaime Benítez, rector de la Universidad de Puerto Rico), y Zenobia falleció tres días después en la Clínica Mimiya de Santurce. Juan Ramón se encerró en su casa. En agosto fue ingresado en el Hospital Psiquiátrico de Hato Tejas. En febrero de 1958 sufrió una caída y se fracturó la cadera. El 26 de mayo enfermó de bronconeumonía y murió tres días después. Su sobrino Francisco Hernández-Pinzón repatrió los cuerpos de Zenobia y Juan Ramón a España, que recibieron sepultura en Moguer.
     Juan Ramón Jiménez tuvo una vocación, la poesía, y un destino grandioso, sólo alcanzado en parte, dada su altísima exigencia: la creación de su obra. Su vida fue la de un hombre en perpetua lucha consigo mismo: con su carácter y personalidad, con su enfermedad, con sus circunstancias vitales, sociales e históricas (que le llevaron a sufrir un largo exilio), y con la exigencia desmesurada de su propia escritura, su verdadera pasión, una lucha por dar forma acabada, unitaria, definitiva, a toda su obra. La constante revitalización de su lírica a lo largo del medio siglo más intenso de la poesía española muestra la genialidad del gran creador que fue “El Andaluz Universal” (Rafael Alarcón Sierra, en Biografías de la Real Academia de la Historia).



     La calle Juan Ramón Jiménez está situada en el denominado en nuestro pueblo el "Barrio Lejos". Es una calle sin salida, que parte de la calle Félix Rodríguez de la Fuente, teniendo una longitud que no llega a los 100 metros aproximadamente, siendo bidireccional desde el punto de vista del tráfico rodado y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por viviendas unifamiliares de autoconstrucción de una o dos plantas en altura, así como por garajes y almacenes privados, formando parte de una zona residencial.
   La calle Juan Ramón Jiménez es, históricamente, una vía moderna, creada en el último tercio del siglo XX, cuando se urbaniza parte del camino que salía para el exterior del casco urbano, de ahí su sencillo comentario.
   No podemos dejar de mencionar que esta calle es de las más bellas de nuestro pueblo por la preocupación de sus vecinos en ornamentales a base de las macetas con flores que su empeño ha hecho que hoy por hoy, hay que visitar para entender su idiosincrasia especial.

lunes, 2 de mayo de 2022

Callejero de Burguillos: la calle Dos de Mayo

     Mostramos una reseña e imágenes de la calle Dos de Mayo, en Burguillos.
   Hoy, 2 de mayo, es el aniversario de los sucesos del 2 de Mayo (2 de mayo de 1808), que supuso el levantamiento del pueblo madrileño contra los invasores franceses, hecho que marca el inicio de la Guerra de la Independencia española, así que hoy es el mejor día para explicarte la calle Dos de Mayo, de Burguillos, dando un paseo por ella.

   La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos) está dedicada al hecho histórico del Dos de Mayo, que marcó el inicio de la Guerra de la Independencia española.

     Pocas insurrecciones populares han inspirado tanto a un pueblo como lo hizo Madrid con el resto de España para hacer frente a la ocupación francesa aquel 2 de mayo.
     No es ningún secreto la maniobra que usó Napoleón para ocupar el territorio español con todas las de la ley. Quizás lo que no queda tan claro es el nombre de ese engaño. El Tratado de Fontainebleau fue el regalo envenenado de Napoleón al rey de España.

     En este tratado, que se firmó el 27 de octubre de 1807, se pactó una invasión de Portugal en una coalición franco-española. Eso suponía el libre acceso a más de setenta mil soldados franceses al territorio español. La invasión fue un éxito, para finales de noviembre de 1807, las tropas francesas ya estaban entrando en Lisboa y los reyes portugueses exiliados en Brasil.

     Ante la nefasta gestión de Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV, y las sucesivas derrotas militares en la guerra anglo-española de 1796-1802, se generó mucho malestar. Este descontento llegó a todas las capas de la sociedad: las más bajas, por la profunda crisis económica provocada por la interrupción del comercio con América y la delicada situación de la hacienda. Y la nobleza, que se intrigaban junto al ambicioso príncipe Fernando y los agentes de Napoleón contra el rey y su primer ministro. Otro motivo de gran malestar fue la problemática presencia de las tropas napoleónicas que cada vez más actuaban como fuerzas de ocupación y no de paso.

     Godoy, asustado por las intenciones ocultas de los franceses, en marzo de 1808 trasladó a los monarcas fuera de Madrid, a Aranjuez, para poder evacuarlos hacia las Américas en caso de golpe de estado, tal y como habían hecho los reyes portugueses. El rumor de que los reyes abandonarían el territorio corrió como la pólvora. Los líderes de los fernandinos animaron a los civiles a que se aglomerasen en torno al Palacio Real de Aranjuez y empezaran a sitiarlo.

     El objetivo de esa rebelión era la abdicación de Carlos IV y la destitución de Godoy. Finalmente  el príncipe Fernando, que era el instigador, logró su objetivo y el día 19 de marzo de 1808 es coronado Rey. Era la primera vez en la España moderna que un rey era depuesto por un alzamiento popular.
     El mariscal Murat aspirando a conseguir el trono de España tuvo que conformarse con el de Nápoles ya que Napoleón reservó ese honor para su familia. 
      Murat fue uno de los más célebres mariscales de Napoleón y estuvo al frente de la ocupación  peninsular y de la posterior represión. Aprovechando el caos en Aranjuez, entró en Madrid el 23 de marzo con sus tropas e informó a Napoleón del cambio de corona antes incluso de que Fernando llegase a la capital.

     Conociendo las intenciones de Napoleón de destronar al joven rey, Murat se encargó de influir en la nobleza para crear el descontento entre la familia real acerca de la ilegitimidad por la abdicación forzosa. El Mariscal, como autoridad máxima de Francia en la Península, no lo reconocía como rey. Sabía que Fernando necesitaba el reconocimiento internacional, al menos el de Francia.
     Aprovechando esa ventaja y con la promesa de que Napoleón se reuniría con él en Madrid, lo fueron alejando de la capital. Primero hasta Burgos, luego Vitoria y finalmente, Bayona (Francia). El rey llegó a la ciudad fronteriza el 20 de abril con la promesa de que el emperador reconocería su legitimidad.

     Murat era una persona con una gran ambición. De origen humilde, gracias a la Revolución Francesa y a su talento para la guerra, ascendió al rango de mariscal en el 1804 con 47 años de edad. Pero Murat no se conformó con un rango militar y se emparentó con el emperador Napoleón casándose con su hermana Carolina Bonaparte cuando ésta tenía 18 años. La aspiración de Murat era llegar a ser rey de España. Lideró la discreta ocupación y posterior represión del 2 de mayo en Madrid.
      Murat era un buen represor, pero no un buen gobernante por lo que Napoleón prefirió poner a su hermano José, más ilustrado, moderado y diplomático que Murat, quien tuvo que conformarse con el reino de Nápoles, un territorio en plena decadencia para la política internacional.
     Con Fernando fuera de Madrid, el 16 de abril Murat dijo a la junta de gobierno provisional que Napoleón solo reconocería a Carlos IV como rey legítimo. El mariscal también exigió a la Junta que debían excarcelar a Godoy para llevárselo a Bayona. De esta manera intentaría convencer e influir a los antiguos monarcas para favorecer la legitimidad de Fernando.

     Con esta estrategia el día 22 de abril los reyes destronados partían del Escorial dirección Bayona donde llegarían el día 30 de abril con la seguridad que les sería devuelta su corona. El siguiente paso era trasladar el resto de la familia real a Francia para convencerles del traspaso de su legítima corona a sus manos. Cosa que logró sin mayores dificultades.
     Murat creía que la población de Madrid era tan impresionable como la mayoría de sus dirigentes y políticos, por lo que hacía alarde de fuerza paseando y desplegando sus tropas por la ciudad. Las cuales eran recibidas con hostilidad por parte de la población.
     El rumor de que los hijos de Carlos IV iban a ser sacados de Madrid hacia Bayona se extendió rápidamente. Rumor que efectivamente era cierto. A primera hora de la mañana, una muchedumbre de gente se aglomeró frente al Palacio Real. Su objetivo era impedir que los soldados franceses pudiesen acceder a Francisco de Paula, el hijo menor de Carlos IV.
     La tensión aumentó hasta que el hijo de Carlos IV salió al balcón para ver el gentío. Entonces, un grupo de ciudadanos atacó a unos soldados franceses creyendo que se dirigían a sacar al infante del palacio por la fuerza. Los franceses usaron artillería para dispersar a la multitud. Eso desencadenó episodios de violencia por toda la Villa. Todo el resentimiento acumulado por la ocupación y los abusos estalló.
     En España, las armas estaban prohibidas desde 1761 bajo el mandato del Rey Carlos III. Eran muy pocos los ciudadanos que disponían de ellas en sus casas. Si las querían, debían asaltar alguna caserna o robarlas de soldados muertos. Recurrieron a lo que tenían en casa, navajas, cuchillos, palos, macetas, etc. A pesar de que Murat ya había desplegado a sus treinta mil hombres por la ciudad, la revuelta duró todo el día. Las tropas napoleónicas no tuvieron escrúpulos o miramientos a la hora de reprimir a la población, se enfrentaron a hombres, mujeres y niños. Los soldados franceses muertos se cuentan por la centena, mientras que los ciudadanos madrileños cerca del medio millar. Existe un debate historiográfico acerca de el número de bajas.
     Después de aplacar a las masas, Murat decidió un castigo ejemplar para que el episodio no se repitiese. Ordenó fusilar a todo aquel participante del episodio y a toda persona arrestada durante el conflicto. La brutalidad de ese castigo, junto a la revuelta del 2 de mayo de Madrid, fueron el punto de inicio de la Guerra de Independencia, que se propagó hasta el último rincón de la Península. Los eventos se precipitaron a tal velocidad que para septiembre de ese mismo año ya se había constituido la Junta Suprema Central en Aranjuez. El conflicto se alargaría hasta el año 1814.
     Esa represión quedó reflejada para la posteridad en la célebre obra de Francisco de Goya que representa los fusilamientos del 3 de Mayo. Cabe destacar que en todo momento muchas de las autoridades tanto militares como administrativas españolas se alinearon con el ocupante francés, seguramente por miedo o por extorsión. 
   Los monumentos y honores al celebre día riegan las calles y plazas de la ciudad. También es el día oficial de la actual Comunidad de Madrid, en la que se realizan actos institucionales en honor a los caídos. Pero no solo en Madrid, en multitud de ciudades de todo el Estado se encuentran hoy en día calles, estaciones, plazas, etc. que recuerdan a las personas de esa jornada y lo que supuso para el futuro del país. Gracias a ese acto, se activó la cadena de eventos que trajeron la posterior redacción de la primera constitución española en 1812 (El Reto Histórico).
     El 2 de mayo de 1808, las tropas francesas deciden sacar a la Familia Real de Madrid, mientras les observa una multitud que protesta ante las puertas de palacio. La muchedumbre es disuelta por un batallón de granaderos, y la noticia origina una violenta reacción del pueblo de Madrid contra los franceses.
     Al día siguiente, 3 de mayo, el comandante del ejército francés y gobernador de Madrid, Joaquín Murat, toma medidas para restablecer el orden, castigando de manera sangrienta el levantamiento popular. En Moncloa son fusilados todos aquellos que han sido apresados con las armas en la mano. Ese mismo 3 de mayo, Andrés Torrejón, alcalde de Móstoles, declara la guerra a los franceses.
     Después de los sucesos acaecidos el día 2 y a lo largo de todo el mes de mayo, se producen levantamientos provinciales que culminan en la formación de varias juntas. También se suceden en muchas ciudades movimientos populares que no cuajan en la formación de una de ellas.
     Mientras tanto, el 6 de mayo, las denominadas abdicaciones de Bayona se suceden ante la presencia de Napoleón Bonaparte. La corona, símbolo de la legitimidad de la monarquía, pasa de las manos de Fernando a las de su padre, Carlos IV, y de las de este a Napoleón, quien a su vez elegirá a su hermano José (Real Academia de la Historia).

    La calle Dos de Mayo (es una desmembración de la calle Las Espigas, y de hecho aún permanece el rótulo de ésta), está situada en entre los Barrios de "El Ejido", y "Lejos". Va de la calle Las Espigas, a la confluencia de la calle Real con la calle Pregonero Isidoro de Catalina, y tiene una longitud de 300 metros aproximadamente, siendo bidireccional desde el punto de vista del tráfico rodado, asfaltada y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por viviendas unifamiliares de autoconstrucción de una y dos plantas en altura, al principio y al final de la misma, en la acera de la izquierda, mientras que el resto de dicha acera lo ocupa una antigua fábrica de bovedillas y almacenes agrícolas, mientras que la acera de la derecha es el campo propiamente dicho. 
     La calle Dos de Mayo es, históricamente, un camino, asfaltado modernamente, ya que fundamentalmente fue un camino utilizado para usos agrícolas y como unión de dos barrios del pueblo, de ahí que tenga tan sencillo comentario.

lunes, 26 de abril de 2021

Callejero de Burguillos: La calle Cruz Roja.

Mostramos una reseña e imágenes (realizadas por Google Maps en septiembre de 2008 y agosto de 2016) de la calle Cruz Roja, en Burguillos.

   La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos) está dedicada a la Cruz Roja, nombre coloquial con el que se conoce el organismo Comité Internacional de la Cruz Roja.

   Desde su fundación en 1863, el objetivo único del CICR es prestar protección y asistencia a las víctimas de los conflictos y enfrentamientos armados, mediante la realización de actividades en todo el mundo, el fomento del DIH y la promoción del respeto de esta rama del derecho por parte de los Gobiernos y de los portadores de armas. Su historia trata del desarrollo de la acción humanitaria, de los Convenios de Ginebra y del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

   La Cruz Roja nació por iniciativa de un hombre llamado Henry Dunant, quien socorrió a los soldados heridos en la batalla de Solferino, en 1859. Luego hizo gestiones ante líderes políticos en pos de más medidas de protección en favor de las víctimas de la guerra. Sus dos ideas principales eran la formulación de un tratado que obligase a los ejércitos a prestar asistencia a todos los soldados heridos y la fundación de Sociedades Nacionales que ayudasen a los servicios sanitarios de los ejércitos.
   En agosto de 1914 (Primera Guerra Mundial), el mundo está convulsionado por la locura de la guerra y el CICR está a punto de vivir su bautismo de fuego. La pequeña institución se transformará en una verdadera organización internacional, no sólo por su tamaño sino también por su campo de acción.

   La masacre que se perpetró entre 1914 y 1918 debería haber significado el fin de los conflictos armados. Los pueblos se horrorizaron por la cantidad de sangre derramada, y parecía que no habría más lugar para la guerra. Sin embargo, la realidad rápidamente dio por tierra con el idealismo. Lejos de desaparecer, la violencia de la guerra daría un giro aún más brutal. El CICR debió fortalecerse en un entorno cada vez menos afín a los principios humanitarios.

   La invasión de Polonia por parte del ejército alemán el 2 de septiembre de 1939 anticipó lo que estaba por venir. La guerra de trincheras sería reemplazada por el combate mecanizado, precedido por ataques aéreos masivos dirigidos contra la población civil. Los civiles serían las principales víctimas de brutales políticas de ocupación; primero, las del Tercer Reich y sus aliados y, cuando la suerte cambió de bando, las de los Estados vencedores.
   La nueva guerra mundial planteó nuevos desafíos al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). En primer lugar, el Comité debió organizar sus actividades humanitarias en cinco continentes al mismo tiempo, lo cual requería ingentes cantidades de recursos humanos y económicos. Durante el conflicto bélico, el CICR tuvo más de 50 delegaciones activas.  

   Para el CICR, la guerra significó también la diversificación de las tareas. Además de desempeñar las actividades tradicionales relacionadas con los prisioneros de guerra —visita a campos de detención o establecimiento de una agencia central de información sobre prisioneros, como en la Primera Guerra Mundial, entre otras—, el CICR no cejó en sus esfuerzos por ayudar a los civiles a convivir con la desorganización que traía consigo la situación militar. Entre las acciones emprendidas entonces se encuentra la lucha contra el hambruna en Grecia y las islas del Canal de la Mancha.   
   Si bien esas operaciones de asistencia tuvieron los resultados esperados, no puede afirmarse lo mismo de otras, pues en su afán de tener acceso a la mayoría de los prisioneros de guerra, el CICR se topó con obstáculos tales como el simple y llano rechazo de los Estados que custodiaban a los detenidos. Por ese motivo, la Institución no pudo ayudar a los prisioneros de guerra alemanes ni soviéticos en manos del enemigo, mientras que en el Lejano Oriente, los intentos por llegar a los soldados del Ejército Aliado capturados por los japoneses se vieron frustrados por la falta de cooperación de las autoridades de Tokio.

   Infructuosos esfuerzos por evitar las persecuciones
   El fracaso más evidente del CICR fue el intento frustrado de ejercer el derecho a llevar a cabo acciones humanitarias en favor de los civiles que habitaban las áreas ocupadas o los deportados a campos de exterminio. Los actos heroicos de algunos de sus delegados, que trataron de ayudar a los condenados a muerte, no alcanzaron a mitigar el fracaso del Comité como institución en su lucha contra la persecución nazi. La inacción del CICR durante el Holocausto es y seguirá siendo un recuerdo trágico en la historia de la Institución.
   Tras el lanzamiento de las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, la Segunda Guerra llegó a su fin. Se inició entonces una nueva era en el ámbito de las relaciones internacionales, dominada por la amenaza nuclear. El mundo se dividió en dos bloques antagónicos, y esa división influyó en los métodos de trabajo del CICR durante varias décadas.

   Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el CICR inició un proceso de revisión y ampliación de los Convenios de Ginebra para evitar que se repitieran los horrores de aquel conflicto. Ante los nuevos retos y crecientes necesidades, se convirtió en una "gran" organización humanitaria con presencia permanente en todos los continentes. Ha tenido que aprender a lidiar con graves riesgos de seguridad y el peligro de que las actividades humanitarias sean utilizadas cada vez más con fines políticos.
   La calle Cruz Roja está situada en el denominado en nuestro pueblo el "Barrio Lejos". Va de la calle Real, a la calle Virgen de la Fuentecilla, siendo final de la calle Sol. Tiene una longitud de 75 metros aproximadamente, siendo bidireccional desde el punto de vista del tráfico rodado, asfaltada y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por un bloque de viviendas de tres plantas en altura, en la acera de los pares, mientras que la acera de la izquierda, está protagonizada por un solar, en su parte inicial hasta el final de la calle Sol, mientras que el resto son almacenes y viviendas de autoconstrucción, formando parte de una zona residencial.

   La calle Cruz Roja es, históricamente, una vía antigua en nuestro pueblo, aunque urbanizada como tal en el último cuarto del siglo XX. Antiguamente el enorme bloque construido en el cambio de siglo, estaba ocupado por una nave ganadera, construida en la segunda mitad del siglo XX, y que a finales de siglo la ocupaba un bar-restaurante.