Cada lunes una nueva entrada con una noticia sobre Historia, Arte, Geografía, Bibliografía, Patrimonio, Fotografía, Hemeroteca, ... de nuestro pueblo: BURGUILLOS

Historia, Patrimonio, Arte, Bibliografía, Hemeroteca, ... sobre nuestro pueblo: BURGUILLOS

Mostrando entradas con la etiqueta Callejero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Callejero. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de septiembre de 2026

Callejero de Burguillos: La avenida Cruz de la Ermita

     Mostramos en Historia de Burguillos, una pequeña reseña e imágenes de la avenida Cruz de la Ermita, de Burguillos, aprovechando que hoy, 14 de septiembre, es la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que al día siguiente de la dedicación de la basílica de la Resurrección, erigida sobre el Sepulcro de Cristo, es ensalzada y venerada como trofeo pascual de su victoria y signo que aparecerá en el cielo, anunciando a todos la segunda Venida [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy, para analizar la avenida Cruz de la Ermita, de Burguillos, dando un paseo por ella.



     La avenida, desde el punto de vista urbanístico, y como definición, no posee una adscripción precisa. En términos generales, corresponden a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la villa; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, en algunos casos las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad. La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Burguillos la avenida por excelencia es la hoy denominada de Andalucía, y así es es reconocida sólo como la avenida. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo al Ayuntamiento. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer, como ocurre en este caso.  
   La avenida Cruz de la Ermita, es una vía que se encuentra en el Barrio de la Ermita. Va desde la glorieta del Cuerpo Nacional de Policía, a la glorieta de los Jornaleros, estando situada en el eje vertebrador de la población, puesto que comparte su ubicación con la carretera A-8013 (Alcalá del Río - Castilblanco de los Arroyos). Reseñar que en la acera de la derecha tiene como "vía de servicio" el paseo de San Sebastián (vía peatonal), aparte de otra, al final sin denominación, y en la acera de la izquierda, tiene también como "vía de servicio" la avenida Alcalde José Cuesta Godoy, en su primera parte, continuada al final por otra vía de servicio, sin denominación específica. De ella parten consecutivamente por la derecha, las calles Lepanto, Cádiz, La Calera, Huelva, Almería, Sevilla, Manuel de Marcos, Francisco Rivera "Paquirri", y Juan Pablo II, mientras que por la izquierda, lo hacen las calles Lavanda, e Hinojo.
     La avenida Cruz de la Ermita, tiene una historia dilatadísima en el tiempo, pues no se entiende Burguillos sin ella ya que forma parte indisoluble de la carretera A-8013 y que cruza la población de Sur a Norte (proveniente de Alcalá del Río y con destino a Castilblanco de los Arroyos), y aunque históricamente apenas tocaba al núcleo urbano con algunas viviendas alrededor de la carretera, hoy es la vía que vertebra a Burguillos, por lo que también la podemos considerar parte integrante del Casco histórico de Burguillos. Su nombre deriva de que en la zona adyacente de las calles Huelva, Almería y Cádiz, se encontraba la desaparecida Ermita de San Sebastián, con un crucero en sus inmediaciones, que pervivió algo más de tiempo que la propia Ermita, ya en ruinas en el siglo XIX, de ahí que cuando se urbaniza a mediados del siglo XX, toma el nombre de la Cruz de la Ermita por el recuerdo que aún perduraba en la población.
     Es una vía residencial de viviendas de una y dos plantas de autoconstrucción, surgidas en el entorno de la carretera A-8013, y que ha ido creciendo paulatinamente a finales del siglo XX y comienzos del XXI, con alguna implantación de locales comerciales de todo tipo, además de buenas zonas ajardinadas y parques infantiles al inicio y final de la vía reseñada.




Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Santa Cruz;
La Leyenda de la cruz
   La historia de la Santa Cruz, antes y después de la Crucifixión, dio nacimiento a un ciclo legendario que fue popularizado por Santiago de Vorágine en la Leyenda Dorada.
   Los héroes principales de esta novela piadosa que abarca varios siglos, son Adán, Salomón, la reina de Saba, el emperador Constantino, Santa Helena y finalmente Heraclio, que devuelve la Santa Cruz a Jerusalén.
La madera de la Cruz antes de la Crucifixión
   La idea central de la leyenda es la intención de vincular la Redención con el pecado Original. Se imaginó que la cruz del Gólgota se había construido con madera procedente del árbol de la Ciencia. Por ello, en los himnos litúrgicos, la cruz se invoca con el nombre de Arbor.
   ¿Qué sucesión de vicisitudes y metamorfosis permitió que la madera del árbol de la Ciencia se convirtiera en la cruz de Jesús? Se supuso que Adán había arrancado una rama antes de ser expulsado del Paraíso. Según otra versión, es el tercer hijo de Set quien habría recibido ese brote de manos del arcángel Miguel, y lo habría plantado sobre su tumba.
   Mucho tiempo después, la reina de Saba, que fue a Jerusalén para visitar a Salomón, al encontrarse frente a una viga echada sobre un arroyo a manera de puente, vio en espíritu que el Redentor sería fijado alguna vez a esa madera. Por ello se negó a pisar esa tabla sagrada y se arrodilló para adorarla.
   Salomón hizo clavar esa pieza de madera en el suelo con el objeto de que no fuese pisoteada. Por un misterioso fenómeno, apareció en la Piscina probática donde flotaba y curaba milagrosamente a los enfermos y tullidos. Los verdugos la retiraron de esa piscina y construyeron con ella la cruz de Jesús.
   Esta leyenda novelesca ha sido representada muchas veces por los pintores italianos del Trecento y del Quattrocento, sobre todo en las iglesias de los franciscanos, guardianes del Santo Sepulcro, muchas de las cuales estaban bajo la advocación de la Santa Cruz (Santa Croce).
   La escena más popular de este ciclo es el gesto de la reina de Saba al arrodillarse frente a la madera de la Santa Cruz cuando aún servía de puente sobre un arroyo.
La reina de Saba adora la madera de la Cruz
   En la vidriera de Saint Pantaléon, en Troyes, se lee esta ingenua inscripción:
          La royne de Sabba ne voulut marcher sur la dicte planche
          Pour ce qu'elle fut inspirée que sur icelle planche
          Serai crucifiçe le Rédempteur des humains.
   (La reina de Saba no quiso caminar sobre esta tabla / Porque recibió la inspiración que sobre esa misma tabla / Sería crucificado el Redentor de la humanidad.)
   De acuerdo con una leyenda popular que asimila la reina de Saba a la reina Pedauca, al retroceder para vadear el arroyo, ella mostró una pata de oca.
   Existe otra versión de esta leyenda que también reposa en la idea de la continuidad de los dos Testamentos, pero que es totalmente diferente.
   Adán, expulsado del Edén, como recuerdo del Paraíso perdido se lleva una rama del Árbol de la Ciencia que le sirvió de bastón hasta su muerte.
   Dicho bastón, que los patriarcas se transmitieron de generación en generación, fue encontrado por Jetró, el suegro de Moisés. De ese bastón colgó Moisés la serpiente de bronce, prefiguración de Cristo crucificado. Por la intermediación del traidor Judas, llegó a las manos de los verdugos de Cristo que lo utilizaron para construir la cruz.
La Invención y la Adoración de la Vera Cruz
   La historia de la Santa Cruz no se detiene en la Crucifixión. A falta de huesos de Cristo, cuyo cuerpo había subido al cielo, la devoción popular se volcó sobre el instrumento del suplicio que ocupó el primer lugar en el catálogo de las reliquias.
   Las tradiciones creadas en torno a este símbolo de la fe cristiana fueron difundidas en el siglo XIII por la Leyenda Dorada que narra detalladamente la maravillosa historia de la Búsqueda, el Descubrimiento y la Exaltación de la Santa Cruz.
1. La Invención de la Vera Cruz por santa Helena
   Después de la muerte de Cristo la cruz no se mantuvo plantada  en el Gólgota, puesto que erigían una nueva para cada ejecución. Fue enterrada con los «patibula» de los dos ladrones en una fosa común que cayó en el olvido. Ninguno de los apóstoles y evangelistas se preocupó por ello, según parece.
   Algunos siglos más tarde, Cristo se aparece en sueños al emperador Constantino y le promete que vencerá bajo el signo de la cruz. Constantino sale de Roma al encuentro del ejército de Majencio, y gracias a la cruz que resplandece en su lábaro, consigue la victoria.
   Santa Helena, su madre, decide entonces viajar a Jerusalén para encontrar la madera de la Vera Cruz. Reúne a los ancianos para indagar acerca del lugar donde está enterrada, y le informan sobre un tal Judas como único depositario del secreto.
   Éste, interrogado, finge no saber nada. Helena ordena que lo echen en una cisterna seca: después de seis días de ayuno, Judas pide que se lo perdone y promete decirlo todo. Cuando cavan en el sitio que él señala, se descubren las tres cruces del Calvario.
   La identificación de la Vera Cruz
   Desgraciadamente, las tres cruces se parecían entre sí ¿Cómo distinguir entonces la Santa Cruz, la de Jesús, de las correspondientes a los Ladrones? Su autenticidad fue revelada por el milagro de un muerto que resucitó a su contacto, o bien de acuerdo con otra leyenda, por la inscripción (titulus) que permanecía fijada a la madera de la Vera Cruz.
    En medio de la alegría general, Judas se convirtió, y en su bautismo cambió su nombre malsonante por el de Ciriaco (Dominicus); y hasta llegó a ser elegido obispo de Jerusalén.
   Por pedido de Santa Helena, emprendió búsquedas complementarias en el Gólgota para encontrar los Santos Clavos, que aparecieron en la superficie tan brillantes como si fueran de oro.
   Toda esta historia ha sido inventada. No hay texto alguno que haga alusión al descubrimiento de la Vera Cruz antes de 347; ahora bien, Santa Helena murió en Nicomedia  en 327.
2. La reconquista de la Santa Cruz por el emperador Heraclio
   Las aventuras de la Santa Cruz no habían terminado.
   La preciosa reliquia, que Constantino y Helena habían enriquecido con gemas (crux gemmata), fue pillada por el rey de los persas, Cosroes II. El emperador Heraclio la reconquistó en 628 y la devolvió a Jerusalén, sólo en parte, porque uno de los brazos habría quedado en Constantinopla.
   Ese retorno de la Vera Cruz está narrado de dos maneras diferentes.
   Según la primera versión, Heraclio se había propuesto llevar personalmente sobre sus hombros la Cruz reconquistada a la cima del Calvario, y para honrarla creyó que lo mejor era vestirse con sus ornamentos imperiales. Pero cuando quiso levantar la Cruz le resultó imposible conseguirlo. El patriarca Zacarías le explicó la causa de ese prodigio: puesto que Cristo había transportado su cruz con humildad, era conveniente que un emperador cristiano hiciese otro tanto. Una vez despojado de sus ornamentos, en camisa y con los pies descalzos, pudo subir la Cruz hasta el Gólgota.
   La Leyenda Dorada introdujo una variante en esta anécdota. Heraclio quería hacer una entrada triunfal en Jerusalén; pero al llegar a Jerusalén a caballo, seguido por un brillante cortejo, debió detenerse ante la Puerta Dorada, pues la encontró cerrada. Un ángel le advirtió que debía devolver la Cruz imitando la humildad del Rey Celestial que había entrado por esa puerta montado en un asno.
   Entonces el emperador comenzó a llorar, se descalzó, se quitó sus ropas, e incluso la camisa, y tomando la Cruz del Señor llamó humildemente a la puerta que se abrió y le permitió el paso.




3. La Exaltación de la Santa Cruz
   Estos dos grandes acontecimientos de la Búsqueda y de la Reconquista de la Santa Cruz fueron conmemorados en la liturgia griega y romana.
   La fiesta de la lnventio S. Crucis recuerda el descubrimiento de la Vera Cruz por la emperatriz Helena. En cuanto a la fiesta de la Exaltatio, que tiene el sentido de elevación, de ostención ante los peregrinos, celebraba en su origen la advocación de la basílica constantiniana del Santo Sepulcro, donde se encontraba la Cruz desenterrada por la emperatriz Helena; pero más tarde se aplicó a su devolución por Heraclio, después de su victoria sobre Cosroes.
   Fue el papa Sergio, oriundo de Siria, quien introdujo en Roma a finales del siglo VII esta fiesta jerosolimitana. En el oficio de ese día, el sacerdote hace cuatro elevaciones de la cruz.
   Todos los santuarios de la cristiandad tenían como suprema ambición poseer un trozo de la Vera Cruz que los emperadores de Constantinopla  no dejaron de acuñar. Esas reliquias insignes se guardaban en las staurotecas (del griego stauros: cruz) que generalmente tienen la forma de una cruz de doble travesaño.
   Las más célebres son la del monasterio de la Sainte Croix de Poitiers, donada en 570 a Santa Radegunda por la emperatriz Sofía; las de Monza, en Lombardía y, en Hungría. La más preciosa desde el punto de vista artístico es la stauroteca de Limbourg del Lahn, adornada con magníficos esmaltes alveolados que proceden del botín robado por un caballero alemán en Constantinopla en ocasión de la cuarta Cruzada, en 1204.
Iconografía
   Hemos insistido largamente en el tema de la leyenda y el culto de la Santa Cruz, porque una y otro dieron nacimiento a numerosas realizaciones artísticas del mayor interés, algunas de las cuales, como los frescos de Piero della Francesca en Arezzo, son incomparables obras maestras.
   La mayoría de dichos ciclos, que se inspiran en la Leyenda Dorada, han sido ejecutados para iglesias de la orden de los franciscanos, con frecuencia puestas bajo la advocación de la Santa Cruz (Santa Croce).
          1. Invención e identificación de la Vera Cruz por santa Helena
          2. El emperador Heraclio, en camisa y descalzo, devuelve la Cruz a Jerusalén
   Heraclio generalmente lleva el asta o poste de la Cruz, sin el travesaño.
El culto de la Santa Cruz
   Numerosas Iglesias o abadías de toda la cristiandad estaban bajo la advocación de la Santa Cruz. En Francia, el monasterio fundado por santa Radegunda, en Poitiers. En España y Austria las abadías cistercienses de Santes Creus y de Heiligenkreuz.
Los instrumentos de la Pasión
   La Cruz no es el único objeto de veneración. La devoción de la Edad Media incluyó en el mismo culto a todos los instrumentos de la Pasión que agrupó en una especie de trofeo llamado las Armas de Cristo. Se le atribuía un poder mágico, como a la señal de la cruz.
   Este tema esencialmente popular a pesar de su carácter heráldico, suele acompañar el Cristo de la Piedad o a la Misa de san Gregorio, imágenes a las que se vinculaban numerosas indulgencias.
   Los elementos que forman parte de su composición se multiplicaron poco a poco. En el siglo XIII estaban reducidos a seis: la corona de espinas, la columna y las varas de la Flagelación, la cruz, los clavos, la esponja y la lanza de la transfixión.
   En el siglo XV el jeroglífico se complicó. Se agregaron las treinta monedas de Judas alineadas o cayendo en cascada de una bolsa invertida, la linterna de Malco y su oreja pegada al machete de San Pedro, el gallo de la Negación (gallus cantans), una cabeza que escupe (sputum infacie Christi), la mano que abofeteó a Cristo, la columna de la Flagelación, el aguamanil y la jofaina  del Lavatorio, las manos de Pilato, el velo de la Verónica, la túnica sin costuras y los dados que tuvieron para echarla a suertes, el martillo que hundió los clavos, la escalera del Descendimiento de la cruz.
   Cuando estos «Instrumentos» no están ordenados en una panoplia son transportados por ángeles que tienen el papel de tenantes de escudo de armas. En Solesmes, el ángel que lleva la bolsa de Judas, enjuga una lágrima en la comisura del ojo.
   Los ángeles presentando los Instrumentos de la Pasión suelen estar representados en los timpanos de las portadas de las catedrales, en la escena del Juicio Final.
Las cinco llagas
   Otra devoción también vinculada con la Crucifixión es la de las cinco Llagas o heridas. Se desarrolló en el siglo XV a causa de las indulgencias que atribuyó el papado a las oraciones en memoria de las cinco Llagas de Cristo que protegían contra la «muerte ruin», es decir, la muerte súbita, sin confesión, particularmente temida en tiempos de peste.
   Las procesiones expiatorias de los flagelantes se acompañaban con este refrán:
          Jhesus, par tes cinq rouges playes 
          De mort soudaine nous delayes.
          (Jesús, por tus cinco rojas llagas / Nos sustraes de la muerte súbita.)
   Esta devoción concordaría mejor con la antigua iconografía del Crucifijo, donde los pies de Cristo están separados, que con la nueva, donde los pies están superpuestos y agujereados con un solo clavo.
   En las xilografías coloreadas del siglo XV se encuentran tres formas de representar este motivo que pertenece casi exclusivamente a la imaginería popular.
     Las cinco Llagas tienen la forma de cortes horizontales de los que caen gotas de sangre y de donde emanan rayos de luz.
     Un corazón atravesado por una lanza y aplicado sobre una cruz está flanqueada por cuatro miembros cortados: dos manos y dos pies agujereados por clavos. El conjunto forma un trofeo de la Crucifixión.
     Las cinco Llagas están simbolizadas por cinco cruces sobre la mesa del altar, imagen del cuerpo de Cristo de acuerdo con la fórmula ritual del Pontifical.
   Con frecuencia los artistas se limitan a representar la herida del costado en tamaño real, que llevan dos ángeles en un cáliz.
   Además, la devoción a las cinco llagas se expresa alegóricamente mediante la representación de la Fuente de Vida, llena con la sangre de Cristo, que purifica las almas y cura los cuerpos. Esta Fuente de Remisión, asimilada a la Piscina probática de la Biblia, tiene cinco orificios que corresponden a las cinco Llagas del Redentor Crucificado.
   En la época de la Contrarreforma, un carmelita descalzo, José de Santa Bárbara, publicó en Amberes, en 1666, un tratado místico titulado Het Gheestelijk Kaertspel (El juego de cartas espiritual), donde el cinco de corazones está representado por cinco corazones dispuestos en tresbolillo alrededor de la Cruz, y en los cuales se inscriben las llagas de las manos, el costado y los pies (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).





lunes, 8 de junio de 2026

Callejero de Burguillos: la calle Las Represillas

     Mostramos en Historia de Burguillos, una pequeña reseña e imágenes de la calle Las Represillas, en Burguillos.


     La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos).


     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo al centro geográfico de la localidad, o del Ayuntamiento, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer. 
     Esta vía del callejero burguillero está dedicada a Las Represillas, es decir, un enclave de nuestro término municipal, y que podemos identificar como el lugar donde las aguas están detenidas o almacenadas, natural o artificialmente, de tamaño pequeño, a modo de presa, embalse, pantano, o estanque.




     La calle Las Represillas está situada en la barriada Altos de Burguillos, y va de la confluencia de la calle Los Naranjos con la avenida del Parque, a la calle Zarzamora, siendo el inicio de las calles El Pedralejo, Doña Elvira, La Torre, , y El Cañuelo, con una longitud de 250 m. aproximadamente. Es una calle recta, siendo unidireccional desde el punto de vista del tráfico rodado, asfaltada y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por viviendas unifamiliares realizadas por promociones inmobiliarias creada a finales del siglo XX y comienzos del XXI.
   La calle Las Represillas es, históricamente, una vía moderna en nuestro pueblo, creada a finales del siglo XX, en la barriada Altos de Burguillos, y que tiene en común con el resto de las calles de la barriada que reciben el nombre de árboles y enclaves geográficos del término municipal de Burguillos.

lunes, 11 de mayo de 2026

Callejero de Burguillos: La calle Hermanos Álvarez Quintero

     Mostramos en Historia de Burguillos una reseña e imágenes de la calle Hermanos Álvarez Quintero, en Burguillos, aprovechado que hoy, 11 de mayo, es el aniversario de la inauguración (11 de mayo de 1927) de la glorieta de los Hermanos Álvarez Quintero, en el Parque de María Luisa, de Sevilla.


     La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos).
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo al centro geográfico de la localidad, o del Ayuntamiento, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer. Está dedicada a los Hermanos Álvarez Quintero.


Conozcamos mejor la Biografía de los Hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, a quienes se les dedicó esta vía del callejero burguillero;
     Joaquín Álvarez Quintero, (Utrera, Sevilla, 21 de enero de 1873 – Madrid, 14 de junio de 1944). Escritor y dramaturgo.
     Autor dedicado especialmente al teatro, junto con su hermano Serafín, a quien sobrevivió algunos años, prolongando un tipo de literatura que nunca quiso firmar en solitario, sino manteniendo el nombre de quien fue su compañero inseparable de vida y obra.
     Todos los datos referidos a la infancia, al ámbito familiar, a la educación en Sevilla, al traslado a Madrid, a las primeras armas como dramaturgo y periodista y, en definitiva, a la vida metódica y austera que se pueden referir de Joaquín coinciden totalmente con lo reseñado en la entrada: Álvarez Quintero, Serafín.
     La soltería de Joaquín fue una de las escasas diferencias que se puede señalar frente al casamiento de escasa duración de su hermano. En todo, prácticamente, fueron como dos líneas paralelas: los documentos civiles y legales que les afectaban llevaban las firmas de ambos, así como era doble el membrete de sus cartas, y hasta en el emblema de piedra que figuraba en el dintel de la casa de recreo que poseyeron en El Escorial aparecía una nave bivelera, como símbolo de una singladura común y simultánea en el tiempo (hasta 1938 y aun después, como lo quiso la lealtad fraterna de Joaquín). No obstante, dicen los que los conocieron y trataron que si Serafín era la parte vehemente, extrovertida, acogedora de la pareja, Joaquín era más tímido, más reconcentrado y reflexivo, menos efusivo y, tal vez, de un talante más estoico que su hermano. En 1925 alcanzó, como su aquél, un sillón en la Real Academia Española, en la que fue recibido por Azorín. En el discurso de ingreso Joaquín Álvarez Quintero hizo un enjundioso ensayo sobre la figura del “dramaturgo” en el ámbito literario español, pues para él, y remendado lo dicho en un famoso artículo de Larra sobre el faccioso, “el poeta dramático es planta que nace espontáneamente, y arraiga, crece y se desarrolla en España con pasmosa facilidad. No ha menester cultivo alguno, ni la agostan o pierden rigores de sol ni del agua, cierzos ni vendavales”. Y para demostrar esa casi innata proclividad del español a escribir teatro, el menor de los Quintero esbozó un recorrido por los grandes maestros de nuestra literatura dramática, para concluir que el mayor riesgo que tiene el teatro radica en los espontáneos poetas que llaman continuamente a la puerta de empresarios, de actores y hasta de dramaturgos consagrados, pidiendo el patrocinio, la recomendación o la oportunidad para espantosos dramones que, afortunadamente, jamás habrán de representarse. Por ello mismo abundan entre sus personajes los que tienen tanto empeño en ser dramaturgos como escaso talento para ello.
     Un cáncer intestinal acabó con la vida del menor de los Álvarez Quintero. Unos meses antes de su óbito tuvo ocasión de enhebrar algunos versos que sabían a elegía personal y a recuento autobiográfico, tomando como confidente el símbolo del reloj (“El reloj del comedor”) a modo de clásico emblema de la huida de la vida por el agujero del tiempo: “Compañero incansable / amigo indiferente / que has glosado mi vida / con un tic-tac perenne; / una voz que tan sólo / mi corazón entiende / me asegura que está cerca / el punto en que te deje”. En solitario Joaquín estrenó doce comedias, algunos entremeses, una ópera y una zarzuela.
     Tras la muerte de Joaquín Álvarez Quintero, llegaron los homenajes populares y multitudinarios a los dos hermanos, empezando por una lápida del escultor Mariano Benlliure colocada en la casa madrileña en donde vivieron y costeada por suscripción popular. Pero ya en vida de ambos recibieron otros honores, como la glorieta en su honor abierta en el parque sevillano de María Luisa, y en 1934 un gran homenaje nacional que se plasmó en un espléndido álbum con pinturas y esculturas inspiradas en sus muchos personajes femeninos y cuya venta sirvió para financiar el monumento que se levantó en el madrileño parque del Retiro.
     Tal vez la nota que mejor define y más directamente caracteriza, de una rápida ojeada, el teatro de los Quintero es su “andalucismo”, que se nota por doquier a partir del entremés El ojito derecho. Y ese “andalucismo” consiste en sacar a escena personajes que claramente encarnan tipos característicos y genéricos de aquel ámbito regional, que ni el nombre propio necesitan para funcionar perfectamente del “vendedor”, del “comprador”, del “corredor”, etc. A ello se suma la utilización de un habla dialectal plagada de diminutivos, a la que les supieron sacar el máximo efectismo connotativo a través de numerosos refranes, expresivas locuciones, frases hechas, modismos, etc. Y junto a los recursos verbales (los dramaturgos insistían en la necesidad de que los actores hablasen “con pronunciación andaluza, más o menos acentuada, según su clase y condición”), los lugares en que transcurre la acción y sus ambientaciones que también contribuyen eficazmente a ese “andalucismo escénico”. El patio entre los preferidos, con su ojo al exterior, a la calle, al mundo, que es la reja. Y en la medida en que va cambiando el aspecto de ese patio es que va cambiando el paisaje anímico, interior, de sus personajes. Un ejemplo elocuente por demás y resumidor de otros muchos espacios escénicos equivalentes se encuentra en el que sirve de lugar escénico a la comedia El genio alegre. Severo, casi triste en su decoración al empezar la obra (“pocos muebles: entre ellos un arcón, un banco, dos sillones y una mesa frailuna.
     Decoran las paredes retratos al óleo de los ilustres antepasados de la familia, dos de los cuales son un fraile y una monja”), se va tornando en lugar risueño, alegre, especialmente florido como indicio del paso por allí de la optimista, joven y alegre Consolación, de modo que al empezar el último acto de la comedia se lee en la primera acotación: “Los severos sillones han sido sustituidos por sillas de paja y mecedoras de rejilla; donde estaba el arcón hay un piano; por doquiera hay plantas y flores; en los arcos, macetas colgantes. Corre el surtidor de la fuente, diciendo cosas peregrinas”. 
   Geográficamente la Andalucía recreada por los Quintero (que tiene no poco de producto de laboratorio, con su porcentaje de impostación y de pastiche) corresponde preferentemente a Sevilla y, con mayor amplitud, al valle del Guadalquivir (el triángulo Sevilla-Huelva-Cádiz), más concretamente a los pueblecitos que atraviesa la línea férrea Sevilla-Cádiz, entre los que naturalmente figura su natal Utrera, aunque en todos los casos evitan topónimos reales y los sustituyen por otros inventados y deliberadamente eufónicos, como Guadalema. Y se procura, en lógica consecuencia, que los personajes piropeen ese espacio geográfico referencial para ir poco a poco idealizándolo en un recreado locus amoenus situado en el suroeste de España. Así podía comentar el madrileño don Floro después de pasar unos días en la capital andaluza, que “estar en Sevilla y estar entre amigos, son la misma cosa. Si la amistad tuviese casa solariega, la tendría en Sevilla” (del entremés Los marchosos).
     Los Quintero quisieron construir un casticismo andaluz como Arniches lo estaba haciendo con el casticismo madrileño. Y cuando la obra que tienen entre manos se ambienta en lugar distinto al andaluz, el comportamiento y la reacción de sus personajes es similar a los que tienen los “personajes andaluces” más genuinos, de modo que los Quintero fueron “quinterianos” (valga la tautología) dentro o fuera de su ambiente más propio. Con Andalucía quisieron identificar un mundo cristianamente bien hecho; pero, desde su falso naturalismo, ignoraron a toda costa la realidad social de señoritos ociosos junto a la explotación y marginación social de jornaleros, gañanes y criados. Por ello, precisamente, hoy tiene más interés el teatro menor de los Quintero, por la gracia personal que supieron imprimir a los diálogos de los tipos que allí aparecen, que sus comedias, con argumentos, propuestas moralizantes e infantil optimismo ya anacrónicos, como señaló oportunamente Luis Cernuda.
     En esa modalidad teatral son dignos de citarse Los piropos, La zahorí, Mañana de sol, Los chorros de oro, Las buñoleras, Sangre gorda, Solico en el mundo, Rosa y Rosita, El cerrojazo, Los ojos de luto, La niña Juana, El descubrimiento de América, La sillita y un largo etcétera.
     En la “instantánea” que es, en esencia, ese tipo de pieza, tiene un total protagonismo y toda la razón de ser el cuadro costumbrista que los Quintero recuperan, parcialmente, en su teatro.
     En diversas declaraciones sobre su modo de entender y practicar la tradición del sainete, los Quintero insistían en su propósito de ser fieles, casi fotográficamente, a una serie de tipos y de ambientes existentes, documentados y observados con la misma precisión que cordialidad. “Nosotros estudiamos los tipos de la vida humana, cultivamos su amistad, los observamos y los dibujamos luego [...]. Aspiramos a llevar la verdad a la escena, sin restricciones convencionales [...].Para que las personas de una comedia interesen tanto como las de la vida es indispensable que con ellas se conozcan también la casa en que viven, las gentes que tratan, el pueblo en que luchan, el aire en que se mueven [...] Prescindir de todo esto equivale a pintar las principales figuras de un cuadro, dejando en blanco el fondo del lienzo.” Pero, pese a su declaración de principios, los textos más sobresalientes de su obra están muy lejos de ese verismo documental de que alardeaban los sevillanos; al contrario, como señaló E. García Gómez, poco hay de dramaturgos realistas en los Quintero, “sino grandes estilizadores, creadores de un mundo propio”, desrealizando, por idealista falseamiento, el principio de un teatro-espejo de realidades colectivas y de conflictos individuales. Sus comedias “son espejos de luna normal, ligeramente empañados —apostillaba García Gómez— que colocados estratégicamente para obtener una serie de refracciones y reflejos, modifican ligeramente la realidad andaluza, pero nunca en el sentido de la cruel caricatura, sino al revés, en el de la nostalgia sublimadora, hasta obtener plásticamente una imagen quintaesenciada”.
     El teatro de los Quintero junto al de Benavente y Arniches, fue durante más de veinte años, si bien con marcadas diferencias, el teatro preferido por la burguesía española y con el que mejor se identificaba. La abundante obra de los hermanos de Utrera ocupó un punto intermedio y equidistante entre el teatro benaventino y el arnichesco, sin llegar a la maestría que hay en tantas piezas de don Jacinto de los primeros años del siglo ni a la frescura de los sainetes del alicantino ni a la modernidad de sus “tragicomedias grotescas”.
     Las comedias de los Quintero ahondan mucho menos su crítica en aquella burguesía terrateniente y en buena parte ociosa como hicieron Benavente y Arniches, pues desde siempre plantearon y solucionaron los conflictos desde una posición paternalista excesivamente comprensiva y bondadosa. Es cierto que en los más de doscientos títulos de los Quintero no hay una comedia que se compare con La noche del sábado, Rosas de otoño o La Malquerida ni un sainete que se acerque a la crítica social explícita en otros sainetes de Carlos Arniches como La pareja científica, El zapatero filósofo o La risa del pueblo.
     Comedias y sainetes son las dos variedades principales en las que se diversifica la amplia producción de los Quintero, pero advirtiendo que es una diferencia más aparente que real, basada antes en lo cuantitativo que en lo cualitativo, y los primeros críticos atentos que tuvieron —como Manuel Bueno— así lo señalaron, porque la dosis de sainete que los dos hermanos pusieron en la mayoría de sus comedias largas fue muy grande, hasta el punto de que tales comedias, reducida su acción al mínimo esencial, apenas sin conflicto planteado ni desarrollado, más parecen una sucesión de situaciones entremesiles, de sucesivos sainetes zurcidos, que una comedia coherentemente planificada y desarrollada; lo que naturalmente no quiere decir que sea una regla sin excepciones (como lo vendrían a ser El genio alegre, Puebla de las mujeres, Doña Clarines o Nena Teruel). Un teatro más de contrariedades que de auténticos conflictos, un teatro que jamás se deja influir por el panorama histórico lleno de alteraciones turbulentas y dolorosas que les tocó vivir como españoles. Un teatro que parece escrito desde un gabinete con las ventanas tapiadas.
      Ya fuera en la modalidad del texto largo —comedia— ya en la del corto —sainete, juguete cómico— los hermanos Álvarez Quintero fueron madurando una fórmula teatral que, una vez encontrada y fijada (en torno a 1918 o 1920) evolucionó poco, salvo en aquellos aspectos puntuales que la afianzaban en un éxito seguro (los fracasos de sus estrenos, aunque los hubo, fueron escasos y casi siempre compensados con éxitos cuando la pieza en cuestión cambiaba de ciudad y de teatro). Lleva mucha razón el crítico Marqueríe en esta apreciación: “lo cierto es que entre el primer estreno quinteriano y los últimos no hay más diferencia sustancial que la que atañe a pequeños detalles de mecánica escénica o la superación de apartes y monólogos abusivos. Pero la fidelidad al costumbrismo naturalista se mantiene de un modo íntegro y absoluto”. Y otro observador de nuestro teatro, desde dentro y desde fuera, el dramaturgo y ensayista J. M.
     Rodríguez Méndez, se preguntaba hace algún tiempo por qué el teatro de los Álvarez Quintero alcanzó un éxito tan popular y constante durante cuarenta años largos (y todavía alguna reposición —como una reciente de Las de Caín— lo refrendó) y se respondía con el siguiente razonamiento: “es en este detallismo minucioso, puramente ornamental, en este costumbrismo meticulosamente observado, en esta trama sentimental, en la contraposición del tema doméstico al gran tema pasional, en el pintoresquismo (muchas veces abusivo) de los personajes y en el ‘lenguaje’, donde vemos las más decisivas razones del éxito popular de los hermanos Quintero”. 
   Además del teatro, los hermanos Álvarez Quintero fueron autores de una obra miscelánica en prosa y verso que se edita en el último volumen de sus Obras Completas, en donde se recopilan cuentos, cuadros de costumbres, confesiones autobiográficas, retratos de actores y actrices que representaron su teatro o de diversos autores, pintores, músicos, escultores y arquitectos; una amplia lista de artículos periodísticos, autocríticas de sus obras teatrales, diversos discursos (desde los académicos hasta los pronunciados en banquetes y homenajes propios y ajenos), argumentos de películas y un buen manojo de versos. Y para confirmar el hondo sentido de la relación fraternal que tenían estos escritores, buscaron un hueco para recoger en el final de las miles de páginas de su obra una antología de la obra literaria de un tercer hermano, Pedro Álvarez Quintero.
     La mayoría de las obras teatrales de los hermanos Álvarez Quintero se editaron, casi a la vez que se estrenaban, por la Sociedad de Autores Españoles. Sólo se recogen a continuación diversas compilaciones de este teatro y algunas ediciones recientes anotadas y comentadas de ciertas piezas (Gregorio Torres Nebrera, en Biografías de la Real Academia de la Historia).






     Serafín Álvarez Quintero, (Utrera, Sevilla, 26 de marzo de 1871 – Madrid, 12 de abril de 1938). Escritor y dramaturgo.
     Escritor especialmente dedicado al teatro de humor y de costumbrismo andaluz, junto con su hermano, Joaquín, con el que firmó toda su producción, desde el primer título hasta su muerte, e incluso aún después de producirse el óbito, su nombre siguió figurando al lado del de su hermano por generosa decisión de éste.
     Como bien dijo Azorín en el discurso académico en el que le daba la entrada en la Real Academia Española al otro hermano, Joaquín, es “imposible separar, en el campo del arte, las vidas de los dos dramaturgos”.
     Nacido Serafín en un ambiente burgués, acomodado, pero pueblerino, a los siete años el obligado traslado familiar —por quebrantos económicos— le lleva a la capital de Sevilla (en donde él y los suyos fueron vecinos de la popular Alameda de Hércules) y a recibir allí una educación conducente a prepararle en unos gustos y unas actividades artísticas que tendrán su reflejo en una abundante obra literaria, hecha de consuno con Joaquín. Y así, en un periódico local llamado El Perecito (que dirigía Leoncio Lasso de la Vega) los dos hermanos Álvarez Quintero publicaron, firmadas por separado, sus primeras creaciones, propias de adolescentes, que consistían especialmente en atrevidillos versos festivos y circunstanciales, mientras cursaban el bachillerato en el Instituto Provincial, como este soneto “A una nariz” que es un provechoso aprendizaje en Quevedo convertido en galante piropo: “Porción divina de materia humana; / humana forma de troquel divino; / breve parte de un rostro femenino / de rosas hecha, de jazmín y grana”. Su mentor literario de aquellos comienzos juveniles se llamó Manuel Díaz Martín, periodista, bohemio y folclorista además de cronista político del periódico antes citado. Y es también el momento de iniciarse en la escritura teatral que, andando el tiempo, le daría a Serafín —como a Joaquín— gloria universal: en los meses de enero y mayo de 1888 logran estrenar en el sevillano Teatro Cervantes sendos “juguetes cómicos” titulados, respectivamente, Esgrima y amor y Belén 12, principal. Quizá las lecciones de esgrima que impartía en Sevilla el padre de Serafín para ayudar a la, entonces, menguada economía familiar pudieron influir, en alguna medida, en la situación inventada en aquella primeriza pieza teatral: el equívoco que se crea entre el pretendiente de una señorita, hija de un maestro del arte de batirse a espada, y un accidental alumno que va a aprender el modo de resolver un duelo a florete por una causa baladí. En verdad, y como lógico punto de partida, el teatro de los Quintero se aprovechaba de las situaciones básicas de enredo en que se había sustentado la comicidad del teatro de finales del siglo xix (debido a autores como los hermanos Asquerino, Rodríguez Rubí o Sánchez Pérez, que, además, ya ofrecían una Andalucía pintoresca que los autores de Utrera vendrán a depurar y perfilar con mayor gracejo) como la de confundir a una persona por otra, con los equívocos consiguientes, que es la situación motriz de esos dos primeros títulos citados y de otros varios que se nombran más adelante. En un muy breve apunte autobiográfico publicado en el número 17 de la revista Alma Española (1904) se puede leer que “de niños, alternando con los estudios y con las primeras tentativas teatrales, padecimos verdadera monomanía periodística. Fundamos periódicos de todos matices y colores, manuscritos unos, hechos otros con papel de calcar, en pasta gelatinosa otros, y otros, últimamente, impresos ya como Dios manda”.
     Y unos párrafos más adelante, en el mismo texto, han de reconocer ambos hermanos que esa irrefrenable, y adolescente, vocación periodística hizo que “cuando nos trasladamos a Madrid a pelear por la gloria y por la vida, nuestro primer acto de alguna importancia fue fundar uno [un periódico], de triste y tormentosa existencia, pero de noble y legítimo ideal”.
     En 1889 sucede el traslado de Serafín, con su familia, a Madrid, en donde él, junto con su padre y su hermano, encontrará acomodo en el Ministerio de Hacienda, rehaciéndose de esa forma, y en buena parte, la dificultosa situación de la economía familiar.
     En ese mismo año, Serafín y Joaquín entran en contacto con el actor Emilio Mesejo, a quien convencen de que les represente, ¡nada menos que en el Apolo!, el juguete cómico Gilito, obra en un acto que se estrenó el 25 de abril de 1889, aunque sólo hubo tiempo para tres representaciones. Pero con ellas bastó para que Serafín —y Joaquín— Álvarez Quintero iniciaran una larga y exitosa carrera teatral que duraría hasta mediados de los años cuarenta del siguiente siglo, si bien es cierto que, tras las representaciones del citado “juguete cómico”, hubo un paréntesis de cinco años hasta que se produjo el siguiente estreno, que llegó en la reanudación de la temporada 1893-1894, tras el obligado parón de las compañías por Semana Santa: La media naranja, otro “juguete cómico” que se representó en un teatro de mayor prestigio social como era el Lara. Mientras, en ese entreacto de silencio forzoso, fundan ambos hermanos el semanario El Pobrecito Hablador (en donde colaboraron bajo el seudónimo El Diablo Cojuelo, que abarcaba a ambos) y Serafín se ganaba unas pesetas de sobresueldo como copista y como lector de las obras del afamado sainetista y libretista de zarzuelas Miguel Ramos Carrión.
     La racha de estrenos casi ininterrumpidos se logra a partir de 1897 —El tío de la flauta, El ojito derecho y La reja—; de la penúltima pieza escribió elogios Clarín, buena opinión de aquel teatro que el severo crítico de entonces ratificó en carta personal a los autores a propósito del siguiente estreno, el sainete La buena sombra (estrenado, con música del maestro Bru, en el Teatro de la Zarzuela a comienzos de 1898: “Acabo de leer de un tirón su Buena sombra [...]. Me he reído hasta ponerme malo. Todo es graciosísimo, natural, andaluz de veras, y el segundo cuadro, sobre todo lo que dice Triquitraque al dejar la reja, cosa superior. Un sainete así honra el teatro español y el genio español. Abundancia y fuerza de ingenio, que es lo que menos se tiene hoy, son las notas principales de La buena sombra, en la que es admirable prosa y verso”. Sorprende el éxito tan considerable de un teatro tan amable como escapista, precisamente en los años preocupantes de la crisis finisecular. Los dos dramaturgos pusieron entre paréntesis el mundo circundante al escribir la mayor parte de sus obras, ya que en ellas no se advierte ni de lejos los importantes sucesos y los definitivos cambios que marcaron la vida y la historia española durante aquel primer tercio largo de siglo, desde la pérdida de las colonias ultramarinas hasta la Guerra Civil, pasando por la dictadura primorriverista o la primera Gran Guerra. Cuando, tras el dramático paréntesis del 36 al 39, vuelven los textos de los hermanos (aunque debidos ahora a una sola pluma) a las carteleras madrileñas, es como si no hubiese pasado nada, y la sociedad y los problemas que se presentan —ya sea ambientados en Andalucía o en Madrid— siguen siendo idénticos a los de 1920. Y eso que en alguna ocasión Serafín y Joaquín reconocieron que el escritor no debía dar la espalda a la inquietud o a la preocupación política, aunque no manipulada de partidismos; fue en la intervención escrita para el homenaje a Alejandro Casona con motivo del éxito de Nuestra Natacha (1936): “huir de esta política de la que nos lleva a pensar gravemente en el porvenir de nuestra patria es en los actuales momentos deserción de un deber inherente a todos, y vale tanto como querer esquivar la sombra del cuerpo”. Pero, desde luego, nunca siguieron lo predicado en su teatro.
     En 1899 muere el padre de Serafín, y al año siguiente, en el gozne de dos siglos, llega uno de sus títulos más festejados, El patio, al tiempo que se abre, entre 1900 y 1920, el período más brillante y destacado de todo el teatro de Serafín y de Joaquín, arte unido, sin indicio de distingo alguno, a los dos nombres, de forma inseparable. Ya dejó dicho en 1926 el gran hispanista francés E. Mérimée que de todos los ejemplos de colaboración entre dos autores que recoge la historia de la literatura, ésta de los Álvarez Quintero fue seguramente la más completa, la más absoluta y la más ininterrumpida. Colaboración que no se cortó en 1905, cuando Serafín decide contraer matrimonio con la señorita onubense Dolores Sánchez Mora, unión fallida pronto por ataques de celos de la esposa, seriamente enferma, y que se resuelve con el fallecimiento de la misma dos años después de las nupcias.
     El patio es una preciosa y casi eglógica pintura —se trata un teatro directamente derivado del costumbrismo decimonónico— de un típico patio sevillano y de las gentes (estereotipos por norma) que allí conviven.
     Sobre el cañamazo de una historia de desamor que sabe resolver la protagonista con la ayuda eficaz de un espacio escénico que viene a ser sucedáneo del hortus amoenus clásico, topos que Serafín y Joaquín reiterarán en no pocas obras posteriores. La cuarteta que remata los dos actos de esta comedia define muy bien su filosofía y la de buena parte del teatro quinteriano: “Ya veis que nada hay mejor / que un patio de Andalucía / para borrar en un día / desavenencias de amor”. La otra pieza igualmente celebrada de 1900 fue Los galeotes, en la que se transpone al ámbito de un quijotesco librero madrileño la historia de ingratitud y de picaresca del conocido pasaje cervantino que da título a la obra y por la que recibieron el Premio Piquer de la Real Academia Española.
     Y así, entre 1900 y 1920 se concentró la producción teatral de los Quintero (un total de ciento doce títulos, escritos preferentemente entre Fuenterrabía y El Escorial, lo que suponía un 56 por ciento de toda su bibliografía teatral que alcanzó a los doscientos títulos entre comedias, sainetes, pasos de comedia, libretos para zarzuelas, dramas, juguetes cómicos, apropósitos, etc., y hasta tres libretos para ópera) a través de una gama completa de los diversos géneros y subgéneros escénicos, pues en tan larga lista se pueden señalar melodramas como Las flores (1901; la pasión amorosa que ni el desamor puede acallar), La casa de García (1904; acerca de las desuniones familiares y, para compensar, el apoyo incondicional de quien no está obligado por exigencias de la sangre: ¿tal vez eco de El Abuelo de Galdós, autor al que tan devotamente admiraron los dos hermanos?) o Malvaloca (1912; uno de los títulos más recordados y representativos de este teatro: el amor que redime individualidades, aunque se tenga que plegar a la moral convencional o coercitiva de los otros); comedias amables, de final aleccionadoramente feliz, como La escondida senda (1908; joven descarriado que descubre en “Valle Sereno” la paz espiritual a la que aspiraba Fray Luis en su “vida retirada” y que naturalmente la encuentra en una mujer que, para los Quintero, es el emblema resumidor de la armonía consigo misma y que ayuda al varón con su beneficioso influjo —no en balde el personaje se llama María Luz—); y también Las de Caín (feliz argumento de 1908 llevado luego al cine en 1957), comedia en la que el público asiste a las simpáticas artimañas de un honrado profesor de lenguas vivas para cambiar la soltería de su dilatada prole femenina por ventajosos y felices matrimonios; una propuesta —con el enredo consiguiente— que tiene su correlato alternativo en la comedia de 1926, Las de Abel, reverso de la anterior, pues ahora es un grupo de muchachas que defienden su voluntaria soltería antes de exponerse a matrimonios de conveniencia nada fiables. Doña Clarines (1909) nos presenta uno de los mejores personajes femeninos de todo el amplio elenco ofrecido por este teatro. Una dama tan aparentemente autoritaria como profundamente tierna y comprensiva que, partiendo de desgraciadas experiencias amorosas, se erige en conciencia correctora de curiosos ámbitos comunitarios como el de Guadalema, que es la versión, más amable y costumbrista, de la Moraleda acuñada por el teatro benaventino como ejemplo de la pusilánime ciudad de provincias propicia a la intolerancia. Y es que el teatro ideado por Serafín y Joaquín Álvarez Quintero supo perfilar muy atractivos personajes femeninos, por lo que Azorín, en el ya aludido discurso académico, señalaba que “las mujeres dominan en el teatro de los Quintero.
     El corazón de la mujer está henchido de ingenuidad y de bondad. Un vivo e irreprimible sentimentalismo mueve a las mujeres. Sonríen y lloran al mismo tiempo”. Y por la misma razón fueron grandes actrices del primer tercio del siglo xx las que interpretaron muchas de estas obras: Rosario Pino, Carmen Cobeña, Lola Membrives, Carmen Díaz, Catalina Bárcena, Margarita Xirgu, Leocadia Alba, Concha Catalá, Balbina Valverde o María Gámez... y al frente de todas ellas María Guerrero que, por ejemplo, encarnó a la Malvaloca de la comedia epónima o a la inolvidable Consolación de uno de los mejores textos de estos dramaturgos, El genio alegre, estrenado en 1906 en Buenos Aires, y ambientado en el idealizado latifundio andaluz de Sacramento Alcázar. La obra es un completo ejemplo de la comedia quinteriana de caracteres, sobre todo el de la protagonista que, haciendo honor a su nombre, incide muy positivamente sobre un lugar triste, desangelado, hasta su llegada, convirtiéndolo en un lugar presidido por la risa, las flores y, consecuentemente, el amor, a partir de la frase que reitera, definiéndolo, el personaje (y que es la síntesis de una filosofía tan vitalista como ingenua de sus autores): “¡alegrémonos de haber nacido!”.
     Convencional solución de un mundo que se presenta sin conflicto alguno, cuando el ya mencionado Azorín había publicado unas crónicas periodísticas desde la población sevillana de Lebrija, en 1905 (y un lugar parecido podría haber inspirado el imaginario lugar de la acción, Alminar de la Reina), mostrando cómo el hambre y la tuberculosis hacían estragos entre los jornaleros hacinados en los arrabales, a modo de ejemplo de una “Andalucía trágica” que los hermanos Álvarez Quintero ignoraron y callaron en todo momento. Y es que una función asumida por el teatro de los hermanos fue la de tranquilizar conciencias burguesas y conservadoras como las de los personajes que sacaban a escena.
     También Serafín, con Joaquín, aportó argumentos y diálogos a los compositores de zarzuela. Suyos fueron los libretos de La patria chica (1907; partitura del maestro Chapí), La muela del rey Farfán (1909; zarzuela infantil cómico-fantástica de Amadeo Vives), o Pitos y palmas (1932, con música de Alonso).
     El amor es el gran argumento y el omnímodo recurso del mayor número de estas obras, por no decir de su totalidad. Amores y amoríos fue otro de sus títulos más afamados de 1908 (en el que se opone el sentimiento pleno y duradero del matrimonio a las aventuras ocasionales y efímeras), y por ello mismo —además de la admiración por su paisanaje— se acercaron al sentimiento de la literatura becqueriana para glosarla en varias ocasiones: en la adaptación del relato La venta de los gatos (dada a conocer en México en 1937), y en las comedias La rima eterna (1910) y El amor que pasa (1904; la comedia de la soltería forzosa, por el horror al matrimonio de los solteros de clase acomodada de Arenales) en la que se husmea tan sólo —los Quintero rara vez profundizaron en sus temas— en los pormenores de un gineceo de Andalucía la Baja, sin llegar a las lacras sociales que muchas veces quedan antes solapadas —o incluso justificadas— que expuestas y denunciadas. También la admiración por Galdós se transfirió a su actividad teatral, pues adaptaron para la escena la novela Marianela (1916) —con la Xirgu en el reparto— y acabaron una comedia póstuma de Galdós que había quedado a medias, Antón Caballero, con Borrás en el papel estelar. Un cariño y respeto por Pérez Galdós que compartieron con otro gran novelista del xix, y andaluz como ellos, y con cuya literatura debían de sentirse profundamente identificados: Juan Valera, a quien homenajearon ambos hermanos en su comedia Pepita y don Juan (1928). Y el mito donjuanesco tampoco escapó a su contribución, aportando un tenorio ya de vuelta, maduro, que recuerda nostálgico cuántas veces fue conquistado más que conquistador y que acaba convirtiéndose en protector de las mujeres que, lejos de burlarlas, vela por su dignidad y buen nombre, porque el don Juan de la Vega de los Quintero es ya Don Juan, buena persona (1918).
     En 1920, Serafín Álvarez Quintero ingresó en la Real Academia Española, y su discurso de recepción (contestado por Ricardo León) versó sobre sus ideas acerca de la escritura teatral. Se elogia allí el diálogo como el esencial constituyente de la obra dramática, de modo que el habla peculiar que se le concede a cada personaje, su particular idiolecto, es lo que verdaderamente lo crea, y en ese sentido el mayor de los Álvarez Quintero encontraba en el rico acervo de los sainetes españoles el mejor diálogo escénico de todas las épocas, y por tanto a donde acudir para aprender ese gran reto de todo dramaturgo que se precie.
     Durante los años de Guerra Civil los hermanos permanecieron en Madrid, en donde murió durante ese tiempo Serafín, y sólo estrenaron dos títulos en tierras americanas (La venta de los gatos, en México, y Los papaítos, en Uruguay; esta segunda debió de ser de las últimas piezas en cuya redacción intervino Serafín, aunque según se dice en la autocrítica de la comedia titulada Burlona, fue ése el último texto fruto de la colaboración fraternal) (Gregorio Torres Nebrera, en Biografías de la Real Academia de la Historia).


     La calle Hermanos Álvarez Quintero está situada en el barrio de El Ejido. Es una calle que parte de la calle Gustavo Adolfo Bécquer, finalizando en la avenida de las Espigas. Tiene una longitud de 75 metros aproximadamente, siendo unidireccional desde el punto de vista del tráfico rodado, y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por viviendas V.P.O. en la acera de la izquierda, mientras que la acera de la derecha es el límite del Parque Alcalde Pedro Brenes Cantón (antiguo Parque de los Poetas), vulgo "Parque del Ejido", formando parte de una zona residencial. 
     La calle Hermanos Álvarez Quintero es, históricamente, una vía relativamente moderna en el callejero burguillero, puesto que fue creada en la década de los años '70 del siglo XX, al urbanizarse esa zona del Barrio de El Ejido.

lunes, 27 de abril de 2026

Callejero de Burguillos: La Calle Holanda

     Mostramos en Historia de Burguillos, una pequeña reseña e imágenes de la calle Holanda, en Burguillos, aprovechando que hoy, 27 de abril, es el Día del Rey, la Fiesta Nacional de Holanda (Países Bajos), en conmemoración de la fecha de nacimiento del rey Guillermo.


     La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos) está dedicada al Reino de los Países Bajos (Holanda), país centro-europeo perteneciente a la Unión Europea y cuya capital es la ciudad de Amsterdam, no obstante, la sede del gobierno, del parlamento, de la monarquía y de los órganos judiciales se encuentra en La Haya.     
     La gran mayoría de la superficie de los Países Bajos —como país constitutivo del Reino— está localizado en Europa, con la excepción del Caribe Neerlandés: tres municipios especiales (Bonaire, Saba y San Eustaquio) se sitúan en el Caribe. Aruba, Curazao y San Martín también se encuentran en el Caribe.
     La historia de los Países Bajos comienza como la de un pueblo marinero que prosperó en una llanura en el mar del Norte, en el noroeste de Europa. Cuando llegaron los romanos, y con ellos la historia escrita en el 59 a. C., la región estaba escasamente poblada por diversos grupos tribales en la periferia del imperio. Más de cuatro siglos de dominación romana dejaron efectos demográficos muy profundos, resultando finalmente en la creación de tres pueblos germánicos mayoritarios en el área: los frisones, los sajones neerlandeses, y los francos. Algunos misioneros hiberno-escoceses y anglosajones intentaron propagar el cristianismo en los Países Bajos en el siglo VIII. Los descendientes de los francos salios llegaron a dominar la zona con el paso del tiempo y, de este modo surgió el neerlandés.
     El dominio carolingio, el abandono del Sacro Imperio Romano y la depredación vikinga siguieron; por lo que los nobles locales dejaron a los ducados y condados altamente independientes. Durante varios siglos, las áreas de Brabante, Holanda, Zelanda, Friesland y Gelre lucharon intermitentemente entre ellas, pero al mismo tiempo, el comercio continuó y creció; las tierras fueron reclamadas y las ciudades prosperaron. Forzados por la naturaleza para trabajar juntos, con el paso de los siglos construyeron y mantuvieron una red de pólders y diques que mantuvieron lejos las inundaciones y el mar en el proceso de transformación de su paisaje.
     En 1433, el Duque de Borgoña había asumido el control sobre la mayoría de los territorios neerlandeses en lo que se conoce como Países Bajos Borgoñones. Bajo su reinado, comenzó la unificación de los Países Bajos y se experimentó un auge cultural sin precedentes. Sin embargo, bajo el control de Carlos V y Felipe II, el territorio se convirtió en una parte del Imperio de España. La reforma protestante hizo del calvinismo la religión dominante en el norte. El contraataque español fue dirigido por el Duque de Alba y por Alejandro Farnesio. En 1566, Guillermo de Orange, un calvinista, inició la guerra de los Ochenta Años para luchar contra la monarquía católica española. La revuelta neerlandesa fue un enfrentamiento épico contra los españoles; finalmente la venció el norte con la Paz de Westfalia en 1648, pero España mantuvo el control en el sur.
     Así nació la República Neerlandesa, una nación de hablantes neerlandeses con una mayoría protestante, muchos católicos, y miles de judíos y una por aquel tiempo extraña política de tolerancia. Los Países Bajos se beneficiaron del declive de Amberes y la llegada masiva de los refugiados protestantes.
     Durante la Revuelta el comercio floreció y las Provincias Unidas prosperaron. Ámsterdam se convirtió en el mayor centro de comercio del norte de Europa. En el Siglo de oro neerlandés, que tuvo su cenit alrededor de 1667, hubo un notable florecimiento en el comercio, la industria (especialmente la marinera) y las artes (especialmente la pintura y las ciencias). Usando su poder naval y su extensa flota comercial, la provincia de Holanda creó un Imperio neerlandés universal, una potencia marítima con un alcance comercial, imperial y colonial que se extendió hasta Asia, África, y América. El comercio de esclavos era especialmente rentable.
     A mediados del siglo XIX comenzó su declive debido a varios factores económicos. La población era pequeña –menos de dos millones de habitantes–. El sistema político del país era dominado por regentes ricos y (algunas veces) por estatúderes extraídos de la Casa de Orange. Finalmente, Ámsterdam perdió su liderazgo como ciudad más importante del norte de Europa frente a Londres. En 1784 una guerra contra Gran Bretaña terminó desastrosamente para la nación. Hubo un creciente descontento y un conflicto entre los orangistas y los patriotas inspirado en la Revolución francesa, y luego un conflicto contra la propia Francia. Una República de Batavia profrancesa se estableció, y con la consolidación del poder francés bajo el mandato de Napoleón, los Países Bajos se convirtieron gradualmente en un estado satélite de Francia, que culminó en el Reino de Holanda, para pasar a ser simplemente una provincia imperial.
     Tras la batalla de Leipzig y el posterior colapso del Imperio francés en 1813, los Países Bajos fueron restaurados como un "principado soberano", proporcionando la Casa de Orange un monarca. La Conferencia de Viena en 1815 confirmó esta autoridad mediante la creación del Reino Unido de los Países Bajos. El rey Guillermo I también obtuvo dominio sobre Bélgica. Pero el abismo cultural entre el norte y el sur del país era demasiado grande. Bélgica se rebeló en 1830, y las potencias europeas reconocieron su independencia. Después de un período conservador al principio, surgieron fuertes sentimientos liberales, convirtiendo al país en una democracia parlamentaria mediante la Constitución neerlandesa de 1848, con un monarca constitucional. La industrialización y la urbanización hicieron de los Países Bajos una nación próspera, con un gran imperio.
     Los Países Bajos fueron neutrales durante la Primera Guerra Mundial, y los años 1920 y los 1930 fueron años tranquilos. El 10 de mayo de 1940 la Alemania nazi invadió el país, y tras destruir Róterdam, la ocuparon. Alrededor de 100 000 judíos neerlandeses fueron asesinados en el Holocausto y otros grupos étnicos sufrieron también grandes pérdidas demográficas. El 5 de mayo de 1945, la guerra terminó tras la liberación, en su mayor parte, por las fuerzas canadienses. Los años de la posguerra fueron época de penurias debido a los desastres naturales y la emigración masiva, que fue seguida por una reconstrucción con programas de obras públicas a gran escala (especialmente el Plan Delta), la recuperación económica, la integración europea, y la introducción gradual de un estado de bienestar. También hubo un conflicto con Indonesia, que terminó con la retirada neerlandesa por completo de sus antiguas colonias en 1961. Además Surinam declaró su independencia en 1975. Mucha gente de Indonesia y Surinam, y más adelante de otras naciones, se trasladó a los Países Bajos, lo que dio lugar a la transformación del país en una sociedad multicultural.
     La segunda mitad del siglo XX fue marcada por una paz y prosperidad relativas. En el siglo XXI, los Países Bajos se han convertido en un país moderno y dinámico con una economía exitosa (la 16.º más grande en 2010) y orientada hacia el mercado internacional, y con una alta calidad de vida.


     La calle Holanda está situada en el polígono industrial "Cuarto de la Huerta". Va de la calle Francia, a la calle Suecia, siendo el inicio de la calle Austria, y Suecia, teniendo una longitud de 200 metros aproximadamente. Lamentablemente es una de las calles que apenas pasó del papel a la realidad, porque sólo hay indicios de lo que será su trazado, ya que se encuentra al inicio de su ejecución.
   La calle Holanda es, históricamente, una vía moderna, puesto que fue creada con el boom inmobiliario que se produjo en nuestro pueblo a comienzos del siglo XXI y junto al hecho de ser íntegramente industrial, hace que tenga tan sencillo comentario.
     Lamentablemente en la fecha de publicarse esta entrada, esta calle no está rotulada, de ahí que desde estas líneas pido que se subsane cuanto antes.

lunes, 6 de abril de 2026

Callejero de Burguillos: La calle Rafael

     Mostramos en Historia de Burguillos una reseña e imágenes de la calle Rafael, en Burguillos, aprovechando que hoy, 6 de abril, es el aniversario del nacimiento (6 de abril de 1483), de Rafael Sanzio, uno de los grandes genios artísticos a nivel universal.


     La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos).
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo al centro geográfico de la localidad, o del Ayuntamiento, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer. Está dedicada a Rafael, uno de los mejores artistas polifacéticos de todos los tiempos.


Conozcamos la Biografía de Rafael Sanzio, a quien está dedicada esta vía del callejero burguillero;
     Raffaello Sanzio (Urbino, 6 de abril de 1483-Roma, 6 de abril de 1520),​ también conocido como Rafael de Urbino o simplemente como Rafael,​ fue un pintor y arquitecto italiano del Renacimiento. Además de su labor pictórica, que sería admirada e imitada durante siglos, realizó importantes aportes en la arquitectura y, como inspector de antigüedades, se interesó en el estudio y conservación de los vestigios grecorromanos.​
     Hijo de un pintor de modesta relevancia, fue considerado un niño prodigio por su precoz habilidad y al quedar huérfano se formó en los talleres de varios artistas de prestigio. A los 25 años obtuvo su primer encargo oficial, la decoración de las Estancias Vaticanas, donde pintó algunos frescos como La escuela de Atenas, considerada una de sus obras cumbre.​ Es célebre por la perfección y gracia de sus artes visuales, destacando en trabajos de pintura y dibujo artístico.​ Junto con Miguel Ángel y Leonardo da Vinci forma el trío de los grandes maestros del período.
     Nació en Viernes Santo y falleció en esta misma festividad el día que cumplía 37 años.​ Fue un artista muy productivo, en parte gracias a que dirigió un taller conformado por numerosos colaboradores,​ y, a pesar de su muerte prematura, dejó una extensa obra que en gran parte aún se conserva. La mayor parte de su trabajo está alojado en los Museos Vaticanos, ya que decoró con frescos las habitaciones conocidas como las Estancias de Rafael, el principal encargo de su carrera, que quedó sin terminar a causa de su muerte y fue completado por ayudantes.
     Después de sus años de juventud en Roma, gran parte de su obra, a pesar de haber sido diseñada por él, fue ejecutada por su taller, con una considerable pérdida de calidad. Ejerció gran influencia en su época; aunque fuera de Roma su obra fue conocida sobre todo a través de la producción que hicieron los talleres de grabado que colaboraban con él. Después de su muerte, la influencia de su principal rival, Miguel Ángel, se intensificó hasta los siglos XVIII y XIX, cuando las cualidades más serenas y armoniosas de Rafael fueron consideradas de nuevo como un modelo superior.
      Su carrera se dividió de manera natural en tres fases y tres estilos, descritos así por Giorgio Vasari: sus primeros años en Umbría, el periodo posterior de cuatro años en Florencia (1504-1508), donde absorbió las tradiciones artísticas de la ciudad, y finalmente su último y triunfal período de doce años en Roma, trabajando para los papas y su corte.
     Nació en 1483, exactamente el 6 de abril, un Viernes Santo en Urbino una pequeña ciudad de la Italia central—, en la región de Marcas, localidad pequeña, pero importante desde el punto de vista artístico,​ donde su padre Giovanni Santi era pintor de la corte del duque. En la pequeña corte de Urbino, Giovanni fue integrado en el círculo íntimo de la familia en un grado superior al que era habitual en otras cortes italianas, bajo un gobierno con un importante centro de cultura literaria y artística.​
     Crecer en el seno de esta pequeña corte le dio a Rafael la oportunidad de aprender las maneras pulidas y las habilidades sociales tan alabadas en él por Vasari.​ La vida cortesana de Urbino en esta época sería poco después considerada por Baldassare Castiglione, (en su obra El Cortesano​ en 1528), como modelo de virtudes de una corte humanista italiana. Castiglione se instaló en Urbino en el año 1504, cuando Rafael ya no residía en ella; sin embargo, la visitaba muy a menudo, lo que dio como resultado una extensa amistad. Otros visitantes habituales de la corte también se convirtieron en sus amigos: Pietro Bibbiena y Pietro Bembo, nombrados ambos cardenales más tarde, eran conocidos entonces como buenos escritores y vivieron en Roma al mismo tiempo que Rafael.
     Se movió con comodidad en las altas esferas sociales durante toda su vida, lo que ha sido uno de los factores que han contribuido a dar una falsa impresión de una carrera artística fácil. Sin embargo, no recibió una completa educación humanística, por lo tanto no se sabe con claridad si leía fácilmente en latín.
     Su madre, Magia di Battista di Nicola Ciarla, murió en 1491, y el 1 de agosto de 1494, Giovanni Santi, su padre, volvió a casarse. Con tan solo 11 años, quedó huérfano y bajo la custodia legal de su tío Bartolomeo, sacerdote, que inició un litigio con la madrastra del chico. Sin embargo, Rafael continuó viviendo con ella cuando no acudía a su aprendizaje con un maestro. Aun así, ya había dado muestra de su talento, según Giorgio Vasari, quien cuenta que había sido "una gran ayuda para su padre".​ Un brillante autorretrato de su adolescencia muestra su precoz talento.​ El taller de su padre continuó y, probablemente en compañía de su madrastra, jugó un relevante papel en su gestión desde su juventud. En Urbino tuvo la oportunidad de conocer la obra de Paolo Uccello, el precedente pintor de la corte († 1475), y de Luca Signorelli, quien hasta el año 1498 residió y trabajó en la próxima Città di Castello.​
     Según Vasari, su padre lo colocó en el taller del maestro de Umbria Pietro Perugino como aprendiz, «a pesar de las lágrimas de su madre». La evidencia de un periodo de aprendizaje viene solo de Vasari y de otra fuente,​ y ha sido discutida, porque su madre murió cuando él tenía ocho años, lo que sería demasiado pronto para comenzar a formarse. Una teoría alternativa es que recibió algún adiestramiento de Timoteo Viti, un pintor de la corte de Urbino desde 1495.​ Pero los historiadores modernos están de acuerdo en que Rafael trabajó al menos como ayudante de Perugino desde alrededor de 1500; la influencia de Perugino en sus primeras obras es muy evidente: "probablemente ningún otro discípulo de talento había absorbido las enseñanzas de su maestro como lo hizo Rafael, aún comparándolo con Leonardo da Vinci y Miguel Ángel", según Wölfflin.​ Vasari escribe que, en cuanto a este período, era imposible distinguir las obras de ambos artistas, pero muchos historiadores del arte modernos afirman haber detectado las partes que Rafael pintó como ayudante en obras de Perugino o de su taller. Aparte de la similitud estilística, sus técnicas eran también muy similares, por ejemplo, en la densa aplicación de la pintura, con el uso de un medio a base de barniz, en las sombras y los adornos oscuros, pero con una aplicación más ligera en las partes de carne. Sin embargo, el exceso de resina en el barniz ha causado a menudo grietas en áreas de las pinturas de ambos maestros.​ El taller de Perugino estaba activo tanto en Perugia como en Florencia, quizá con dos sucursales permanentes.​ Se considera que en 1501 Rafael era un Maestro de Pleno Derecho, completamente formado.
     Su primera obra documentada fue el Retablo Baronci —aunque hay una controversia con La resurrección de Cristo que fue realizada entre los años 1499 y 1501— para la Iglesia de San Nicolás de Tolentino en Città di Castello, una ciudad a medio camino entre Perugia y Urbino. Evangelista di Pian di Meleto, quien había trabajado para su padre, compartió el encargo de la obra, que data de 1500 y fue terminada en 1501; hoy en día solo quedan algunas porciones y un boceto preparatorio. Durante los siguientes años pintó obras para otras iglesias, incluyendo la Crucifixión Mond —alrededor de 1503— y Los desposorios de la Virgen de la Pinacoteca di Brera, así como obras para Perugia, como el Retablo Oddi —La anunciación, La Adoración de los Magos y La coronación de la Virgen 1501-1503—. Probablemente visitó Florencia en esta época. Se trata de obras mayores, algunas de ellas como frescos, en las que Rafael limita la composición al estático estilo de Perugino. En estos años pintó muchas pequeñas y exquisitas pinturas de caballete, la mayor parte posiblemente para amantes de la pintura de la corte de Urbino, como Las Gracias, El sueño del caballero o San Miguel, y empezó a pintar Virgen con el Niño entronizados y santos.
     En el año de 1502 fue a Siena por invitación de otro discípulo de Perugino, Pinturicchio, "al ser amigo de Rafael y conocedor de su capacidad como artista de la más elevada calidad", porque le ayudó con las obras, y muy probablemente con los dibujos, para una serie de frescos en la Biblioteca Piccolomini de la Catedral de Siena.​ Es evidente que en esta etapa temprana de su carrera ya era un artista solicitado.
     Rafael llevó una vida de "nómada", trabajando en distintos lugares del norte de Italia, pero pasando una buena parte de su tiempo en Florencia, quizás desde el año 1504. Así, aunque se habla de su "período florentino" entre 1504 y 1508, cabe mencionar que nunca residió ahí de forma continua.​ En cualquier caso, tal vez de tanto en tanto, tenía que visitar la ciudad para proveerse de materiales. Existe una carta de recomendación, fechada en octubre de 1504, de la madre del siguiente duque de Urbino al confaloniero de Florencia: "El portador de ésta es Rafael, pintor de Urbino, quien ha sido dotado para esta profesión y que ha determinado pasar algún tiempo en Florencia para continuar con sus estudios. Su padre fue muy honesto y yo lo quería mucho, y el hijo es un joven sensible y pulido; tanto por una cosa como para la otra le tengo gran afecto...".​
     Como anteriormente con Perugino y otros, fue capaz de asimilar la influencia del arte florentino, respetando la evolución de su propio estilo. Los frescos que hizo en Perugia alrededor de 1505 muestran una nueva calidad monumental en las figuras, que podría evidenciar la influencia de Fra Bartolomeo, de quien Vasari dice fue amigo. Pero la influencia más asombrosa en este período fue la de Leonardo da Vinci, quien volvió a la ciudad entre 1500 y 1506. Las figuras de Rafael comenzaron a tomar posiciones más complejas y dinámicas, aunque todavía los temas eran mayoritariamente "reposados". Comenzó a hacer bocetos de hombres desnudos luchando, una de sus mayores obsesiones de este período florentino. Otro dibujo es el retrato de una mujer joven, utilizando la composición piramidal en tres cuartos de la reciente Mona Lisa, pero con una apariencia completamente rafaelesca. Otra de las invenciones compositivas de Leonardo, la piramidal Sagrada Familia, se repitió en una serie de obras que se consideran entre sus más famosas pinturas de caballete. En la Royal Collection hay un dibujo de Rafael de la obra perdida de Leonardo Leda y el cisne, de la que tomó la postura en contrapposto para su Santa Catalina de Alejandría. ​También perfeccionó su propia versión del sfumato de Leonardo, para dar más sutileza a la representación de la carne, y desarrollar el intercambio de miradas entre los grupos, aunque mucho menos enigmáticos que los conseguidos por Leonardo. Además, supo conservar en sus obras la suave y clara luz de Perugino.​
     Leonardo era poco menos de una treintena de años mayor que Rafael, pero Miguel Ángel, que en esa época residía en Roma, era solo ocho años mayor. Miguel Ángel detestaba a Leonardo, y en Roma empezó a detestar a Rafael incluso más aún, atribuyendo conspiraciones contra él.​ Rafael debió conocer sus obras en Florencia, pero sus trabajos más originales de esta época apuntan en una dirección muy diferente. En su Santo Entierro sitúa, al modo clásico de los sarcófagos, todas las figuras en el frente, en un arreglo complejo y no del todo exitoso. Wöllflin detecta la influencia de la Virgen de Miguel Ángel en el Tondo Doni en la figura arrodillada de la derecha, pero el resto de la composición se aleja mucho de su estilo, o del de Leonardo. Aunque fue obra muy considerada en su época, y mucho después retirada a la fuerza de Perugia por los Borghese, se trata de una obra aislada en su producción. Su clasicismo tomaría después una dirección menos "literal".​
     A finales de 1508 se trasladó a Roma, donde entró al servicio del papa Julio II, probablemente gracias a la recomendación de su arquitecto Donato Bramante, quien por entonces trabajaba en la basílica de San Pedro, era natural de Urbino y tenía alguna relación con Rafael.​ A diferencia de Miguel Ángel, que no realizó trabajo artístico alguno durante cierto tiempo en Roma antes de recibir los primeros encargos,​ el joven artista recibió rápidamente el encargo de decorar al fresco la que habría de ser la biblioteca privada del pontífice en el Vaticano.​ Era un proyecto mucho más importante y extenso que cualquiera en el que hubiera trabajado hasta ese momento, pues hasta la fecha no había pasado de hacer algún retablo en Florencia. En su equipo había otros artistas trabajando en diferentes estancias, muchos de ellos pintando sobre obras encargadas por el odiado predecesor de Julio II, el papa español Alejandro VI. El nuevo pontífice había decidido borrar cualquier vestigio del papa Borgia, hasta sus escudos de armas.​ Uno de ellos fue Miguel Ángel, que recibió el encargo de pintar la bóveda de la Capilla Sixtina.
     La primera de las célebres stanze que comenzó a pintar, es la conocida como Stanza della Segnatura —por el uso que tenía en tiempos de Giorgio Vasari—, produjo un impacto extraordinario en el arte romano. Hoy día continúa siendo considerada la obra maestra del pintor, pues contiene La Escuela de Atenas, El Parnaso y La disputa del Sacramento, que son algunas de las obras más conocidas del pintor. Como consecuencia de este gran éxito, le fueron encargadas nuevas estancias, desplazando a otros artistas previamente contratados, como Perugino o Luca Signorelli. Concluyó tres de ellas, todas con pinturas en sus muros y, a menudo, también en los techos. Sin embargo, la inmensidad del trabajo asumido le obligó a delegar la ejecución práctica de sus detallados diseños (que siempre realizó en persona) en los miembros del numeroso taller que había formado. Eran estos artistas de sobrada capacidad, que con posterioridad a la muerte del propio Rafael, se encargarían de la decoración de la cuarta estancia, basándose en los diseños que el maestro había dejado. La muerte de Julio II (1513) no interrumpió los trabajos, pues su sucesor, el papa León X, un Medici, estableció una relación cercana con el artista, que continuó recibiendo encargos.​ El amigo de Rafael, el cardenal Bibbiena, era uno de los antiguos tutores del nuevo papa, y su íntimo amigo y consejero.
     Es evidente que Rafael se dejó influir por los frescos del techo de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. Vasari dice que Bramante lo introdujo en dicha capilla secretamente. La bastida correspondiente a la primera sección en ser terminada fue retirada el año 1511. La reacción de los demás artistas ante la superior fuerza expresiva de Buonarroti fue la cuestión dominante en el arte italiano en las dos décadas posteriores. Rafael ya había demostrado su capacidad de asimilación de influencias externas a su propio estilo, y aceptó el reto tal vez con mayor intensidad que cualquier otro artista. Uno de los primeros y más claros ejemplos fue el retrato del mismo Miguel Ángel como Heráclito en La Escuela de Atenas, que parece sacado directamente de las Sibilas o los ignudi del techo de la Capilla Sixtina. Otras figuras de esta y otras obras posteriores en las estancias acusan la misma influencia, pero todavía más integradas en el estilo personal de Rafael.
     Buonarroti lo acusó de plagio y unos años antes de la muerte de Rafael se quejaba en una carta del siguiente tenor: «todo lo que sabe de arte lo ha aprendido de mí», aunque en otras ocasiones se mostró más generoso.​
     Estas enormes y complejísimas composiciones pueden ser consideradas entre las obras supremas del Renacimiento. Proporcionan una visión extremadamente idealizada de los sujetos representados, y las composiciones, aunque ya perfectamente concebidas en dibujo, parecen sufrir de sprezzatura, un término ideado por su amigo Baldassare Castiglione, que él definía como «una cierta indiferencia que impregna toda la obra y que nos hace pensar o decir que ha fluido sin ningún esfuerzo».[42]​ Según Michael Levey, «Rafael les da a sus figuras una gracia y claridad sobrehumanas en un universo de certezas Euclidianas». La pintura es de la máxima calidad en las dos primeras estancias, pero las composiciones posteriores, especialmente las que contienen acción de tinte dramático, no son completamente perfectas por lo que atañe a la concepción, como tampoco en la ejecución de sus ayudantes.
     Los proyectos en el Vaticano ocuparon la mayor parte de su tiempo, pero aun así pintó algunos retratos, incluyendo los de sus mecenas, los papas Julio II y León X, el primero de los cuales es considerado como uno de sus mejores retratos. Otros retratos fueron los de sus amigos, como Castiglione, o de personajes del círculo de los papas. Algunos gobernantes lo presionaron con hacer sus respectivos encargos, como a Francisco I de Francia que le fueron enviados dos pinturas como presente diplomático del papado. Para Agostino Chigi, el inmensamente rico tesorero del papa, Rafael pintó La Galatea, diseñó frescos decorativos para su Villa Farnesina y pintó dos capillas en las iglesias de Santa Maria della Pace y Santa Maria del Popolo.​ También diseñó parte de la decoración de la Villa Madama, sin embargo, la obra de ambas villas fue realizada por su taller.
     Uno de los encargos papales más importantes fue la serie de los Cartones de Rafael (actualmente en el Victoria and Albert Museum), una serie de 10 cartones para tapices, de los cuales han sobrevivido 7, y que representan escenas de las vidas de San Pablo y San Pedro, hechas para la Capilla Sixtina. Los cartones fueron enviados a Bruselas para ser tejidos en el taller de Pieter van Aelst el Viejo (padre del luego famoso pintor Pieter Coecke). Es posible que Rafael viera la serie completa terminada antes de su muerte. Probablemente fueron terminados en 1520. También diseñó y pintó las Logias vaticanas, una galería larga y estrecha entonces abierta a un patio a un lado y decorada en el estilo grotesco​ típico de Roma. Pintó también ciertos retablos importantes, como por ejemplo el Éxtasis de Santa Cecilia y la Madonna Sixtina. Su última obra, en la que estuvo trabajando hasta la muerte, fue La Transfiguración, que en compañía de El Pasmo de Sicilia muestra la dirección que había tomado su arte en las postrimerías de su vida: un estilo más proto-barroco que manierista.
     El cardenal Bernardo Dovizi di Bibbiena obtuvo del papa León X, a cambio del apoyo concedido para su elección, la autorización para reestructurar su apartamento en el interior de los palacios Vaticanos. Culto humanista y literato, de gustos refinados, el cardenal deseaba que su apartamento estuviese a la altura de la tradición romana y encargó el proyecto a Rafael. Corría el año 1516; Rafael, con sus ayudantes se ocupó del conjunto decorativo, inspirándose en la Villa de Adriano en Tívoli y en la Domus Aurea, alcanzando resultados de gran refinamiento y elegancia en el entrelazamiento de motivos clásicos y elementos ornamentales de gusto antiguo, que constituirán durante tiempo un imitado motivo decorativo. Igual decoración desarrolló en las Logias vaticanas (1519). La estructura del conjunto refleja la cultura y el gusto de Rafael; la ejecución es de sus alumnos: Giovanni da Udine, G. Romano y G. F. Penni.
     Retrato de Andrea Navagero y Agostino Beazzano o Retrato Doble, obra hecha por Rafael Sanzio durante su periodo romano. El retrato parece haber sido hecho en abril de 1516 estando los dos humanistas retratados en Roma, poco antes de que Andrea Navagero regresara a Venecia con motivo de su nombramiento como bibliotecario de la República Serenísima. La magna obra del italiano está hecha al óleo sobre lienzo. Mide 76 cm de alto y 107 de ancho y se conserva actualmente en la Galería Doria Pamphili de Roma.
     Vasari dice que Rafael llegó a tener un taller con cincuenta pupilos y ayudantes, muchos de los cuales llegarían a ser después importantes artistas por su propio derecho. Fue, posiblemente, el mayor taller reunido bajo el magisterio de un único gran maestro de la pintura, y mucho mayor de lo habitual. Incluía destacados pintores provenientes de otras regiones de Italia, que probablemente trabajaban con sus propios equipos como subcontratistas, así como aprendices y obreros. Hay poca información sobre el taller y sobre su organización interna, aparte de las mismas obras de arte, a menudo difíciles de atribuir a la intervención de un artista concreto.
     Tras la muerte de Rafael, la actividad del taller continuó, sin embargo, muchas de sus pinturas quedaron incompletas, así como algunas de sus posesiones. Los miembros más destacados fueron Giulio Romano, joven discípulo de origen romano —de 21 años—, y Gianfrancesco Penni, ya considerado un maestro, de origen florentino. Penni no alcanzó el mismo nivel de reputación personal que Giulio Romano, y después de la muerte de Rafael, ocupó el puesto de ayudante de Giulio Romano durante la mayor parte de su carrera. Perino del Vaga, ya un maestro, y Polidoro da Caravaggio, quien supuestamente ascendió a la posición de pintor luego de ocupar el humilde oficio de trasportar materiales para los obreros, también llegaron a ser importantes pintores. Maturino da Firenze, como en el caso de Penni, fue eclipsado por la fama de su compañero Polidoro. Giovanni da Udine gozaba de un estatus más independiente, y fue responsable de la decoración en estuco y los grotescos que decoraban los principales frescos.​ La mayor parte de los artistas se dispersaron, y algunos de ellos tuvieron una muerte violenta a raíz del saqueo de Roma de 1527.​ Esto contribuyó a la difusión del estilo de Rafael por toda Italia y a lugares más lejanos.
     Vasari da mucha importancia al hecho de que Rafael logró un armonioso y eficiente taller, y al igual su habilidad y paciencia en la resolución de los conflictos o disputas entre los clientes y sus ayudantes, algo de lo que carecía Miguel Ángel con ambos colectivos.​ Aun así, hoy en día, es casi imposible descifrar las partes que Rafael y sus ayudantes realizaron, ya que, tanto Romano como Penni, eran diestros, no hay duda de que muchas de las últimas obras murales de Rafael, y probablemente algunas de sus obras de caballete, destacan más por el dibujo que por la ejecución. Sin embargo, muchos de sus retratos, que se encuentran en buenas condiciones, muestran la brillante técnica de ejecución que alcanzó al final de su vida.
     Otros de sus destacados discípulos y ayudantes fueron Raffaellino del Colle, Andrea Sabbatini, Bartolomeo Ramenghi, Pellegrino Aretusi, Vincenzo Tamagni, Battista Dossi, Tommaso Vincidor, Timoteo Viti—pintor de Urbino—, así como el escultor y arquitecto Lorenzetto —cuñado de Giulio Romano—.​ Se ha dicho que el flamenco Bernard van Orley trabajó durante un tiempo para Rafael, y que Luca Penni, hermano de Gianfrancesco, tal vez fue miembro del taller.
     A lo largo de su vida realizó varios retratos donde mostró una gran medida de gracia y armonía, ejemplo de esto fue el de Baltasar de Castiglione. Las Madonne y los bambini llenos de belleza y elegancia fueron un tema recurrente tanto en sus retratos como en sus pinturas. En la "Última Cena" dio un gran protagonismo a la figura de los apóstoles. De igual manera realizó retratos de grandes personajes como: del Cardenal Bibbiena (c. 1516), el Retrato de Andrea Navagero y Agostino Beazzano (c. 1516), Retrato de Bindo Altoviti (c. 1514), Retrato de Tommaso Inghirami (1515-1516), Retrato de cardenal (1510-1511), Retrato de Julio II (1511-1512) y Retrato del cardenal Alessandro Farnese (1509-1511). Muchos de ellos se encuentran hoy dispersos en los museos y galerías de Europa.
     La relación de Rafael con Leonardo da Vinci en Florencia a principios del siglo XVI fue muy significativa. El modelo inspirador es la Gioconda, que por el efecto emocional de su mirada y sobre todo la integración entre la figura y el paisaje constituyó un modelo de reflexión para Rafael. Pero en los retratos de Rafael la línea establece netamente las formas, que gracias a su certeza se convierten en "módulo" espacial, en equilibrio entre lleno y vacío, en medida de la relación entre lo particular y lo universal, en síntesis perfecta de las verdades de la persona. También la trayectoria de Rafael se concreta en la superación de las formas poco convencionales de Perugino, en la adquisición de una pintura autónoma, libre, que sea expresión del perfecto equilibrio existente entre el hombre y la naturaleza. Los comitentes del artista son representantes de la alta burguesía de los banqueros y los mercaderes o de la aristocracia menor, mientras la sociedad más elevada se dirige a pintores de más fama, como Ghirlandaio.
     El encargo papal acrecienta enormemente la fama y el prestigio de Rafael, que entre 1509 y 1513 recibe numerosas peticiones de cardenales y nobles más o menos próximos a la curia romana. Realizaba dichos retratos al mismo tiempo que ejecutaba las estancias. En este ámbito es interesante la evolución del retrato. La novedad es que se advierte en ellos una mayor propensión a representar los rasgos como indicadores de la interioridad, más allá de la preocupación por la afirmación del estado social; además, resulta evidente la representación de la figura como presencia más cierta y consciente.
     Tras la muerte de Bramante, en 1514, fue nombrado arquitecto de la basílica de San Pedro. La mayor parte de sus obras arquitectónicas han sido derrumbadas o modificadas después de su muerte y a raíz de la aceptación de los diseños de Miguel Ángel, pero, sobreviven unos pocos diseños. Para el análisis de estos, se llevó a cabo el examen de un templo que se encontraba muy oscuro, con grandes pilares a lo largo, «como un callejón» según un análisis crítico y póstumo de Antonio da Sangallo el Joven. Existe también la hipótesis de que el templo tiene un parecido con el santuario de La expulsión de Heliodoro del templo.​ Rafael diseñó otros edificios, y durante un corto tiempo se le consideró el arquitecto más importante de Roma y el preferido del círculo social del papa. Julio había hecho cambios en la disposición urbanística de la ciudad, creando varias vías públicas, las cuales aparentaban esplendorosos palacios.
     Un importante edificio, el Palazzo Branconio dell'Aquila del chambelán de León X, fue completamente derrumbado para hacer lugar a la plaza diseñada por Bernini para San Pedro, obra que jamás se realizó, pero se han conservado dibujos de la fachada y del patio. La fachada gozaba de una abigarrada decoración, inusual para la época, incluyendo tanto paneles pintados en el piso superior (de tres) como profusión de esculturas en el piso intermedio.​ El diseño básico de la Villa Farnesina no fue de Rafael, pero él diseñó y pintó la Capilla Chigi para el propietario, Agostino Chigi, tesorero del papa. Otro edificio, para el doctor del papa León, el Palazzo di Jacobo da Brescia, el cual fue trasladado en la década de 1930, y actualmente se mantiene en pie; dicho edificio fue diseñado como complemento de un palacio de la misma calle, obra de Bramante, donde el mismo Rafael residió durante un tiempo.​ La Villa Madama, una espléndida residencia de recreo del cardenal Julio de Médicis, posteriormente del papa Clemente VII, nunca fue terminada, pero sus planos revelan su propósito. Se hizo un diseño a partir de los planos constructivos por Antonio da Sangallo el Joven y aunque incompleta, era la villa más sofisticada diseñada hasta el momento en Italia. De este modo, influyó de manera importante en los diseños posteriores de este tipo de edificio (este parece ser el único edificio moderno de Roma del cual Palladio hizo un dibujo medido).​ Solo quedan los planos de la planta baja de un gran palacio diseñado por él mismo a la nueva «Via Giulia», en el Borgo, para el cual estuvo acumulando el terreno en sus últimos años. Se encontraba en una manzana irregular cerca del río Tíber. Parece que las fachadas debían incluir una orden gigante de pilastras​ elevándose al menos dos plantas hasta la altura completa de la planta noble, «un estilo grandilocuente sin precedentes en un palacio de carácter privado». En 1515, le fueron otorgados poderes como "Prefecto" sobre todas las antigüedades que se desenterraran en la ciudad y hasta una milla alrededor de esta. Rafael escribió una carta al papa León sugiriendo medidas para impedir la destrucción de los monumentos antiguos, y propuso una inspección visual de la ciudad para registrar las antigüedades de manera organizada. La opinión del Papa era diferente, quería seguir reutilizando las antiguas fábricas para la construcción de San Pedro, pero quería que todas las inscripciones antiguas quedaran documentadas, así como también conservar las esculturas, antes de dar permiso para el uso de la piedra.
     Se le considera uno de los dibujantes más finos en la historia del arte occidental y uno de los que usó ampliamente el dibujo para planear sus composiciones. Según Armerina, experta en la vida del artista, cuenta, que cuando este empezaba a planear una composición, extendía en el suelo un gran número de dibujos que conservaba archivados, y comenzaba rápidamente a dibujar, utilizando figuras de «aquí y de allá».​ Han sobrevivido unos cuarenta bocetos de la Disputa de las Estancias y probablemente haya más entre las cuatrocientas hojas que se tienen actualmente de sus pre-diseños; bien solo constituyen una parte mínima de los que realizó el artista o hizo realizar por su taller bajo su supervisión.​ Hizo muchos dibujos para perfilar las posturas y las composiciones, aparentemente en cantidad superior a la de otros pintores, a juzgar por la gran cantidad de variantes que han sobrevivido: «... Es así como el mismo Rafael, que tenía tanta riqueza inventiva, solía trabajar, siempre partiendo de cuatro o seis maneras diferentes de exponer la escena, cada una de ellas diferente al resto, y todas ellas llenas de gracia y finura» escribió un autor tras la muerte de este.​ Para John Shearman, el arte de Rafael marca «un desplazamiento de los recursos desde la producción hacia la investigación y el desarrollo».​
     Su obra está acompañada de un inmenso corpus de dibujos, que constituyen un fundamental documento de apoyo de las obras pintadas, pero que deben ser entendidos e interpretados como un ámbito de investigación autónomo y original. Han sido catalogados por Fischer como una estancia romana.
     Ciertamente, desde el período umbro, el dibujo constituía una parte fundamental de su método de trabajo: se trata de esbozos o estudios principalmente al natural, útiles para enfocar un detalle de la composición, aunque debe reconocerse que los motivos del dibujo nunca son transferidos a la obra definitiva sin modificaciones ni variaciones.
     Cuando estaba satisfecho con una composición a menudo la trasladaba a cartón a escala real, que posteriormente perforaba con un punzón, dejando agujeros por donde dejaba pasar un poco de hollín, de modo que quedaban líneas en la superficie final como guía. También hizo un uso exhaustivo y poco habitual, tanto en papel como en yeso, de una «aguja ciega», marcando líneas que dejaban solo una hendidura, pero ninguna marca. Estas pueden ser vistas en el muro de La escuela de Atenas y en muchos otros dibujos. Los Cartones de Rafael, como diseños para tapices que eran, fueron completamente coloreados con pintura al temple, y fueron enviados a Bruselas para ser tejidos.
     En las últimas obras pintadas por el taller, los dibujos son a menudo mucho mejores que la pintura. La mayor parte de sus dibujos son bastante detallados, incluso los bocetos iniciales con figuras desnudas están cuidadosamente hechos, y los posteriores dibujos de preparación tienen un alto nivel de acabado, con sombreados y, a veces, zonas iluminadas en blanco. Carecían de la libertad y la energía de algunos de los bocetos de Leonardo o de Miguel Ángel, pero siempre muy satisfactorios desde el punto de vista estético. Fue uno de los últimos artistas en utilizar de manera habitual un dispositivo metálico, aunque también supo hacer un soberbio uso de la técnica más libre del carbón rojo o negro.​ En sus últimos años fue uno de los primeros artistas en usar modelos femeninos para dibujos preparatorios, aunque cabe mencionar que habitualmente se usaban hombres para estudio de ambos sexos. («Garzón»).
     Las técnicas son dispares: lápiz, sanguina, pluma, punta de plomo o de plata, bistre, albayalde, acuarela, trazos netos o esfumados, sobre papel blanco o coloreado.
     Rafael no hizo directamente los grabados, sino que buscó la colaboración de Marcantonio Raimondi para reproducirlos a partir de sus dibujos, colaboración que dio lugar a muchos de los grabados italianos más afamados del siglo y que marcó la evolución de este arte. Este interés por los grabados no es habitual entre los grandes maestros; de sus contemporáneos, solo Tiziano, quien trabajó con Raimondi, pero de una forma menos satisfactoria.​ Se hicieron alrededor de cincuenta planchas, algunas copiando pinturas conocidas de Rafael, pero otras aparentemente sobre diseños originales expresamente pensados por el maestro. Parte de estos dibujos preparatorios se ha perdido, y su existencia se conoce solamente porque Raimondi los trasladó al grabado.
     Los grabados originales más famosos surgidos de esta colaboración fueron Lucrecia, el Juicio de Paris y La masacre de los Inocentes (del que fueron grabadas dos versiones prácticamente idénticas). Entre los grabados basados en pinturas cabe destacar El Parnaso (con diferencias considerables respecto a la original)​ y Galatea. Fuera de Italia, los de Raimondi y otros fueron la principal vía de divulgación del arte de Rafael hasta el siglo XX. Baviero Carocci, llamado por Vasari «Il Baviera»,​ un ayudante a quien Rafael confiaba su dinero,​ se quedó en posesión de muchas de las planchas​ después de la muerte del artista, y tuvo éxito en la nueva ocupación de editor de grabados.
     Rafael vivía en Borgo, con bastante lujo y en un palacio diseñado por Bramante. Nunca se casó, pero en 1514 se comprometió con María Bibbiena, sobrina del cardenal Médici. Parece que su amigo, el cardenal, forzó el compromiso, y que la falta de entusiasmo del artista no hizo posible los esponsales antes de su muerte en 1520.​ Se ha dicho que tuvo varias relaciones amorosas, pero mientras vivió en Roma gozó de una relación permanente con Margherita Luti, «La Fornarina», llamada así por ser hija de un panadero (fornaio en italiano) de origen sienés llamado Francesco Luti, que vivía en la Via del Governo Vecchio.
     Fue nombrado mayordomo del Papa León X, lo que le daba un cierto estatus ante la corte y unos ingresos adicionales, así como también, caballero de la Orden Papal de la Espuela Dorada. Vasari afirma que estos nombramientos, y al igual que los muchos encargos hechos por estos, pudieron ser motivo y explicación del retraso de su casamiento.​ Según Vasari, su prematura muerte en un Viernes Santo (6 de abril de 1520, posiblemente el día de su aniversario treinta y siete) fue debido a una noche en la cual tuvo excesivas relaciones sexuales con «La Fornarina», tras lo cual enfermó con fiebre, y al no confesarle a los doctores la verdadera causa, no le fue administrado el cuidado correcto, lo que le causó la muerte.​ Fuese cual fuese la causa, en la agudización de su enfermedad, que duró quince días, pudo recibir la extremaunción y puso sus cosas en orden. Dictó su testamento, mediante el cual dejó suficiente dinero para manutención de su amante, confiado a su leal sirviente Baviera, y dejó la mayor parte del contenido de su taller a Giulio Romano, a Penni y a un desconocido sacerdote de Urbino que era pariente suyo. Cumpliendo su solicitud, fue enterrado en el Panteón de Roma en una tumba presidida por una escultura de la Madonna del Sasso.
     La biografía de Vasari dice que nació en Viernes Santo, y que en 1483, ese día fue el 28 de marzo. Esto significa que si Rafael efectivamente nació y murió en Viernes Santo, en realidad no murió el día de su cumpleaños, ya que el Viernes Santo de 1520 fue 6 de abril.​ Su funeral fue grandioso y acudió una gran multitud. La inscripción en su sarcófago de mármol, un pareado elegíaco escrito por Pietro Bembo, dice:
     ILLE HIC EST RAPHAEL TIMVIT QVO SOSPITE VINCI RERVM MAGNA PARENS ET MORIENTE MORI
     Puede traducirse como Aquí yace Rafael, por el que en vida temió ser vencida la naturaleza, y al morir él, temió morir ella.
     Y el conde Baldassare Castiglione escribió sobre su muerte de esta forma:
     "Por haber sanado con su arte médica el cuerpo herido de Hipólito y por haberlo sacado de las aguas estigias, el mismo Epidauro fue hundido en las aguas estigias. Así el precio de la vida supuso la muerte del artífice. Tú también, Rafael, mientras recomponías con admirable talento Roma mutilada en todo su cuerpo y el cadáver de la ciudad desgarrado por el hierro, el fuego y los años, y mientras devolvías a la vida su antigua dignidad, moviste la envidia de los de arriba y la Muerte se indignó de que pudieras devolver el alma a lo ya extinguido y de que tú despreciando su ley de nuevo reparases lo que el lento paso del tiempo había hecho desaparecer. Así, infeliz, rota tu primera juventud, ay, caíste recordándonos que todos nosotros y lo nuestro ha de morir."
     El retrato de Rafael que copia más directamente el modelo de la Gioconda es el de Maddalena Doni: el mismo corte con el busto entero, la misma articulación en el espacio, la misma evidencia de las manos en primer término. Ahora bien, la lectura comparada de las dos obras evidencia una profunda distancia en la concepción. Leonardo, al regresar a Florencia, llevaba consigo el fruto de los estudios milaneses sobre la realidad fenoménica y una actitud de tipo "científico", con base en la cual la indagación sobre la realidad estaba exenta de cualquier certeza a priori. Rafael llegaba a Florencia después de la experiencia de Urbino, que había desarrollado en él la concepción del arte como evidencia de la verdad representada en la perfección de la forma geométrica. El joven se mide con el más viejo Leonardo.
     Mientras Rafael trabajaba en la estancia de la Signatura, Miguel Ángel estaba dando vida, en la bóveda de la antigua capilla Sixtina, al otro monumento fundamental de la pintura renacentista. La comparación entre las dos obras es inevitable, aunque a decir verdad ya en los años florentinos Rafael había tenido ocasión de razonar sobre la interpretación miguelangeliana de la forma, extrayendo eficaces sugerencias. Pero en Roma, algunas figuras de la bóveda de la stanza della Segnatura, en particular las personificaciones de las Virtudes, están concebidas según una monumentalidad nueva, plasmadas en gigantescos altorrelieves, articuladas en posturas construidas por líneas quebradas, alejadas del flujo armónico del ritmo clásico propio de Rafael. La cuestión es cómo el artista pudo ver la bóveda de Miguel Ángel, que fue descubierta después de la conclusión de la stanza della Segnatura. Vasari cuenta que Rafael, con la complicidad de Bramante, habría aprovechado una breve ausencia de Miguel Ángel para subir a los andamios de la Sixtina; otras versiones cuentan que el Papa Julio II permitió el acceso a Rafael a la sala. Pero el relato no es creíble; es más probable que las Virtudes fueran realizadas después de un descubrimiento parcial de la Sixtina.
     La Roma de los papas, donde Rafael ocupa una posición de gran prestigio, es el escenario ideal para que la obra del pintor supere los límites de su propia actividad y llegue a otros ámbitos más lejanos. En ese sentido debe considerarse la relación con el gran pintor alemán Alberto Durero, testimoniada por una serie de documentados intercambios epistolares, fechados en 1515. Ese año Rafael envía a Durero un dibujo para la Batalla de Ostia, sobre el que el propio Durero anota en alemán:
     Rafael de Urbino, que ha sido tan estimado por el papa, ha hecho estas figuras desnudas y las ha enviado a Alberto Durero a Nuremberg, para mostrarle un trabajo de su mano.
     Entre los dos artistas se produce un intercambio de ensayos; de este modo, el pintor alemán envía un autorretrato a la grisalla y algunos grabados, que despiertan el interés de Rafael por esa técnica, en la que hizo especializarse a su alumno Marcantonio Raimondi. No se han documentado relaciones más precisas, pero el análisis de algunas obras de los dos artistas revela ese intercambio recíproco.
     Gozó de la admiración de sus contemporáneos, aunque su influencia en el desarrollo del arte en su siglo fue menor que la de Miguel Ángel. El manierismo, que comenzó más o menos en el tiempo de su muerte, y el barroco posterior, llevaron el arte en una «dirección completamente opuesta» a las cualidades rafaelinas; «con la muerte de Rafael, el arte clásico —el Alto Renacimiento—se hundió», según manifiesta Walter Friedlander.​ Sin embargo, pronto fue considerado como modelo ideal para aquellos que detestaban los excesos del manierismo:
     La opinión ... generalmente mantenida a mediados del siglo XVI era que Rafael representaba el pintor idealmente equilibrado, universal en su talento, completo en todos los sentidos, y respetuoso con todas las reglas que supuestamente debían gobernar las artes, mientras que Miguel Ángel era el genio excéntrico, más brillante que otros artistas en su campo particular, el dibujo del desnudo masculino, pero desequilibrado y carente de ciertas cualidades, como la gracia y la contención, esenciales para un gran artista. Quienes, como Dolce y Pietro Aretino, que sostenían este punto de vista fueron generalmente los supervivientes del Humanismo renacentista, incapaces de apoyar a Miguel Ángel por su deriva manierista.
     Las composiciones de Rafael han sido siempre admiradas y estudiadas, y se han convertido en «joya» del arte académico. El período de mayor influencia se extendió desde finales del siglo XVII hasta finales del siglo XIX, en que fueron muy admirados tanto su perfecto equilibrio como su decoro. Fue visto como el modelo perfecto de la historia de la pintura, y al mismo tiempo era considerado como el más elevado de la jerarquía de géneros. Sir Joshua Reynolds, en su obra Discursos, alabó su «simple, grave y majestuosa dignidad» y dijo que «se sitúa como el principal de los primeros [sobre los mejores] pintores», especialmente por sus frescos (entre los que incluía los Cartones), mientras que «Miguel Ángel reclama el siguiente lugar. No poseía tantas cualidades excelsas y descomunales como Rafael, pero las que poseyó eran del más alto nivel». Haciéndose eco de las opiniones del siglo XVI expresadas anteriormente, Reynolds concluye:
     La excelencia de este hombre extraordinario radica en el decoro, belleza y majestad de sus personajes, la juiciosa organización de su composición, la corrección del dibujo, la pureza de gusto y la talentosa adaptación de contribuciones ajenas a sus propios objetivos . Nadie le superó en este juicio, en saber unir la propia observación de la naturaleza, la energía de Miguel Ángel y la belleza y simplicidad del arte antiguo. Por tanto, a la pregunta de quién debería ostentar el primer puesto, Rafael o Miguel Ángel, debería contestarse, que si fuese a concederse a quien posee cualidades en el arte superiores a cualquier otro, no hay duda de que Rafael es el primero. Pero si, según Longinos, lo sublime, considerado como la mayor obra que el hombre puede conseguir, compensa abundantemente la ausencia de cualquier otra belleza y neutraliza cualquier otra deficiencia, entonces Miguel Ángel pediría la preeminencia.
     Reynolds mostraba menos entusiasmo por las pinturas de caballete de Rafael, pero la ligera sentimentalidad que desprenden las hizo muy populares durante el siglo XIX: «Nos hemos acostumbrado a ellas desde la infancia, a través de un enorme número de reproducciones, cosa jamás hecha por algún otro artista...» escribió Wölfflin, quien había nacido en 1862, sobre la obra Las Vírgenes del florentino. En Inglaterra, en el siglo XIX, la Hermandad Prerrafaelista reaccionó explícitamente en contra de su influencia (y también en contra de la de sus admiradores, como «Sir Sploshua»), en busca de un retorno hacia los estilos anteriores a su «nefasta» influencia. Según John Ruskin:
     La maldición de las artes en Europa vino de esta cámara [la Stanza della Segnatura], provocada en gran parte por las grandes cualidades del hombre que había marcado el inicio del declive. La perfección de la ejecución y la belleza formal características de su obra y de la de sus contemporáneos hicieron del acabado de la ejecución y la belleza de la forma del objeto clave de todos los artistas, y desde entonces la ejecución fue considerada más importante que la idea, y la belleza más importante que la verdad. Y como os decía, estas son las dos causas secundarias del declive del Arte, siendo la primera de ellas la pérdida del propósito moral. Hay que expresarse claramente. En el arte medieval, la idea es el elemento principal, la ejecución en segundo lugar, en el arte moderno la ejecución es el elemento más importante, y la idea el segundo. Y nuevamente, en el arte medieval la verdad es el elemento más importante, la belleza va en segundo lugar, en el arte moderno la belleza es el elemento principal, y la verdad el segundo. Los principios medievales hicieron ascender el arte hacia Rafael, y los principios modernos lo hicieron descender desde él.
     Todavía en el siglo XX fue considerado por críticos como Bernard Berenson como el «más famoso y más querido maestro del Alto Renacimiento», pero todo indica que en este siglo fue superado en aprecio por Miguel Ángel y Leonardo.



     La calle Rafael está situada en la barriada El Señorío de Burguillos. Va de la avenida Van Gogh, a la avenida Rodin y tiene una longitud de 250 metros aproximadamente, siendo unidireccional desde el punto de vista del tráfico rodado, asfaltada y alumbrada por farolas funcionales. Está conformada por viviendas unifamiliares de distintas promociones inmobiliarias de una y dos plantas en altura, formando parte de una zona residencial.
   La calle Rafael es, históricamente, una vía moderna el callejero burguillero, puesto que fue creada a comienzos del siglo XXI con el boom inmobiliario que se produjo en nuestro pueblo, de ahí su estilo impersonal, muy característico de todas las urbanizaciones contemporáneas no sólo de nuestro pueblo, sino de todo el urbanismo actual.