Mostramos en Historia de Burguillos el Retablo de las Ánimas Benditas del Purgatorio, que se encuentra en el muro del evangelio de la Iglesia de San Cristóbal de nuestro pueblo, aprovechando que hoy, 2 de noviembre, es la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos. La Santa Madre Iglesia, después de su solicitud en celebrar con las debidas alabanzas la dicha de todos sus hijos bienaventurados en el cielo, se interesa ante el Señor en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, y por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe sólo Dios conoce, para que, purificados de toda mancha del pecado y asociados a los ciudadanos celestes, puedan gozar de la visión de la felicidad eterna [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
LA IGLESIA DE BURGUILLOS
El Retablo de las Ánimas Benditas del Purgatorio
Siguiendo con la labor iniciada hace unos años, en la que en ningún momento se pretende sentar cátedra de lo que aquí se expone, sino mostrar una serie de documentos y textos de reconocidos doctores y catedráticos de historia del arte, para así tener unos conocimientos básicos de las obras de arte que se contienen en nuestra parroquia y sacar conclusiones basadas en datos reales y objetivos y no mediante rumores, papeles que no se sabe su procedencia, textos dictados por personas sin conocimientos de historia del arte, ó lo cual puede llevar al engaño y a la confusión, de ahí que en estos artículos se especifique claramente la procedencia de toda la documentación aportada.
Continúo por el muro del Evangelio y tras los Altares de la Virgen de los Dolores y del Stmo. Cristo del Voto, y el de Ntra. Sra. del Valle, le llega el turno al Retablo de las Animas Benditas del Purgatorio, un altar relacionado históricamente con nuestra Hermandad como tendremos ocasión de comprobar.
Así este Retablo-Altar, de autoría desconocida, es fechado por todos los historiadores a comienzos del siglo XVIII, en el entorno de 1715-20, por lo que podemos deducir que en esos años estuvo situado en otro lugar de la parroquia, puesto que en esa época y hasta 1783 en que se construye la nueva nave lateral y la Capilla Sacramental, ese lugar lo ocupó el Altar de Ntra. Sra. del Rosario, como se deduce de la descripción de la Parroquia hecha en un mandato de visita del 23 de noviembre de 1681, y en el que se lee "... por el lado del Evangelio se sigue otro (altar) colateral del mayor y en él está Nuestra Señora del Rosario de media talla ...", de ahí nuestra vinculación histórica con el lugar en el que se ubica actualmente el Altar de Animas y que sea el lugar escogido por la Junta de Gobierno para situarse en los Cultos a Nuestra Amantísima Titular.
El Retablo en si es un enorme lienzo (2,50 x 1,90 m.) que abarca la casi totalidad del altar que se completa con un sencillo banco del que destaca la cartela central, retranqueado en su totalidad en época reciente (finales de los 80, siendo párroco Dº Francisco Navarro Ruiz), para taponar el hueco existente y que según los mayores de nuestro pueblo era la entrada a galerías y pasadizos que llegaban hasta las canteras y a otros parajes de nuestro pueblo.
El Altar se completa con el gran marco que rodea el conjunto a modo de hojarasca barroca, aunque en su parte superior presenta motivos mixtilíneos a modo de frontón, y en la inferior encontramos una representación bastante burda del escudo carmelitano.
En el lienzo, cuyo autor también permanece aún en el anonimato, se plasma la popular iconografía de Ntra. Sra. del Carmen sobre el Purgatorio como mediadora ante la Trinidad. Así encontramos a la imagen mariana en el centro de la obra, en este caso sin llevar en sus brazos la imagen del Niño Jesús, en un rompimiento de gloria con el típico escapulario en su mano derecha y rodeada por ángeles portadores de escapularios que tratan de salvar a los Pecadores, algunos de los cuales empiezan a arder bajo las llamas del Infierno. En el plano superior, observamos en el ángulo izquierdo, la representación de la Santísima Trinidad (Padre - con túnica blanca y manto azul-, Hijo -con manto púrpura-, y el Espíritu Santo -Paloma-), mientras que en el ángulo derecho nos encontramos con la representación de los Apóstoles, y en el centro aparecen los Bienaventurados y los Veinticuatro Ancianos del Apocalipsis.
Merece la pena destacar la cartela del centro del banco del retablo, en la parte inferior de éste, donde encontramos una representación del Infierno, en la que aparecen cuatro personajes ardiendo entre las llamas, lo que es un serio aviso para todos los cristianos, puesto que uno de ellos, el que aparece a nuestra derecha está tocado con una mitra, y otro de ellos se encuentra tonsurado, es decir, que ni los obispos ni frailes se salvan de las llamas del Infierno si cometen pecados, de ahí la importancia de redimirlos.
Es probable que este Retablo estuviera a expensas de una Hermandad de Ánimas, ya que de entre los documentos de la Parroquia han aparecido papeles sueltos pertenecientes a la "Benerable Hermandad de las Benditas Animas", que probablemente se fusionara con la Hdad. Sacramental de la Parroquia, puesto que éste era un caso muy común, que defendía la realidad del purgatorio, la eficacia de las indulgencias y la fuerza de los Sacramentos, y que tenía el ajuar correspondiente a una hermandad así como lo necesario para el enterramiento y honras fúnebres de los hermanos difuntos, cumpliendo así una función social y una obra de caridad, pero de lo que lamentablemente no queda nada, a excepción del retablo.
Nos puede parecer curiosa que aparezca la representación de la Virgen del Carmen junto al tema del Purgatorio, pero es que la devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo y su Escapulario está muy ligada a la muerte y purgatorio, ya que el escapulario del Carmen es un signo de devoción ligada a la orden carmelita, inspirada a San Simón Stock, Prior General de la Orden, tras una ferviente oración el 16 de julio de 1251, a la Stma. Virgen que le prometió: "Queridísimo Hijo, recibe el escapulario como signo de mi fraternidad y privilegio para ti y para todos los carmelitas, signo de salvación y pacto de paz y alianza eterna. Quien muriere con él no sufrirá el fuego eterno.", de ahí la relación directa entre la Virgen del Carmen y la Orden Carmelita con las Ánimas del Purgatorio.
Este ha sido un primer paso para un mejor conocimiento de este Retablo que era en gran parte desconocido, pero que en próximas investigaciones es probable que salgan a la luz nuevos conocimientos que nos ayuden a explicar y entender más el propio altar, la historia de nuestra parroquia y, en definitiva, de nuestro pueblo.
Joaquín Velázquez Gallego.
BIBLIOGRAFÍA.-
- ARCHIVO GENERAL DEL ARZOBISPADO DE SEVILLA (A.G.A.S.). Sección II (Gobierno), Serie Visitas Pastorales, Legajo 1443, Ramo 2, Folio sin numerar.
- ARCHIVO PARROQUIAL DE BURGUILLOS. Sección Hermandades, Venerable Hermandad de Benditas Ánimas, Acta de uno de julio 1818. Folio sin numerar.
- CAMPA CARMONA, Ramón de la. Las Ánimas Benditas del Purgatorio. Tabor y Calvario, nº 1, Sevilla, 1989.
- CAMPA CARMONA, Ramón de la. Nuestra Sra. del Monte Carmelo, Abogada de la Muerte y Purgatorio. Tabor y Calvario, nº 9-10, Sevilla, 1990.
- HERNÁNDEZ DÍAZ, José, SANCHO CORBACHO, Antonio y COLLANTES DE TERÁN, Francisco. Catálogo Arqueológico y Artístico de la Provincia de Sevilla. Tomo I. Pág. 236-239. Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Sevilla, 1939.
- MORALES. Alfredo SERRERA, Juan Miguel. Guía artística de Sevilla y su provincia, Pág. 528. Excma. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla. 19__.
- RÉAU, Louis. Iconografía del Arte Cristiano. Cinco Tomos. Ed. del Serbal. Barcelona, 1996.
- VV.AA. Inventario artístico de Sevilla y su Provincia. Tomo II. Pág. 317-319. Ministerio de Cultura. Madrid, 1985.
Conozcamos mejor la Leyenda, Historia, Culto e Iconografía de las Ánimas Benditas del Purgatorio;
La inquietud o temor ante lo que encontrará el hombre más allá de la muerte ha sido una constante en la conciencia colectiva de todos los pueblos y en el sentir individual de cada persona. Esta cuestión ha sido asumida esencialmente por las religiones, que han intentado dar respuesta a tan misteriosa y desconocida realidad. Tanto si la vida ha transcurrido amable y placentera, llena de amor, éxitos, entrega a los demás, fama, etc., como si las circunstancias fueron adversas y estuvo cargada de dificultades y desdichas, al final de la vida aparece la cuestión fundamental: cuál ha sido su sentido, su finalidad; qué encontrará la persona después de este mundo.
La muerte biológica sin la fe es el final, el hombre se disuelve en el vacío, la nada como destino de una vida, las oscuras sombras del olvido como perspectiva, o un efímero recuerdo, que se va difuminando; para la conciencia individual significaría un fracaso existencial, opuesto al deseo de permanencia y eternidad que animan a cada persona. Curiosamente es la cultura actual la que, al menos en apariencia, la menos preocupada por el mas allá. Una sociedad adormecida por el consumismo y seducida por las múltiples ofertas de entretenimiento y evasión, que la alejan del sentido trascendental de la vida, de la auténtica verdad de la existencia humana.
En el universo del más allá hay dos lugares bien definidos: el cielo y el infierno; se corresponden con el Bien y el Mal de este mundo, uno u otro serán el destino de los hombres según hayan sido sus obras en esta vida. Pero entre estos dos estados surgió entre el siglo II y IV de la era cristiana la idea de un lugar intermedio y transitorio que acogía las almas de los justos que aun no estaban en un estado de pureza para entrar en el cielo. El cristianismo y la Iglesia Católica han tenido presente siempre el más allá y la vida eterna; su concepción ha ido forjándose a lo largo de los siglos y constituyen verdades de fe, como se recogen en el Credo. De este lugar, y como ha sido representado en el arte trata esta comunicación.
Antecedentes del Purgatorio los encontramos en algunos pasajes del Antiguo Testamento, como el que lleva implícito el libro de los Macabeos. Judas Macabeo ofrece un sacrificio por los soldados muertos en combate (2 Mac 12, 38).
Este acto sugiere por un lado la idea de la resurrección de los muertos y por otro el valor de los sacrificios ofrecidos por ellos y su salvación; sería un equivalente al valor de las misas ofrecidas por los fieles difuntos en el cristianismo.
Los cristianos del siglo I, como herederos de la tradición judía, ya se platearon qué ocurría con el alma de los creyentes después de la muerte, siendo el propio S. Pablo quien abordó la cuestión de la resurrección en la primera Carta a los Corintios “Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que duermen. Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos” (1 Cor 20, 22). El mismo asunto y la zozobra que provoca en las primeras comunidades se trata de nuevo en la Carta a los Tesalonicenses “No queremos que ignoréis lo tocante a la suerte de los que durmieron para que no os dejéis llevar de la tristeza como los que no tienen esperanza” (1Tes 4, 13).
En la configuración del Purgatorio como se entiende en la actualidad intervienen tres factores, a tener en cuenta: la doctrina de los concilios que abordaron esta verdad (II de Lyon, Florencia 1439 y Trento 1547), las enseñanzas de los teólogos y Padres de la Iglesia, y los testimonios de los santos y fieles.
Hacia el siglo XII, el Purgatorio estaba configurado en sus conceptos fundamentales evolucionando durante los siglos XIII y XIV; pero sería en el Concilio de Trento en su sesión XXV donde se definió solemnemente la existencia del Purgatorio y se recomendó que esta verdad fuera predicada por obispos y sacerdotes, tenida y creída por los fieles. Esta doctrina estaba en oposición a las tesis luteranas que negaban su existencia.
Los Padres de la Iglesia fueron los primeros en aportar con su doctrina las bases para la configuración del Purgatorio. Así, en el siglo IV, San Ambrosio (347-397), nos da la idea del fuego para referirse al mismo “aquí en esta vida atravesamos por el agua del bautismo que lava los pecados del alma; allá en la otra vida, atravesaremos por el fuego de la expiación que consume las reliquias que en el alma dejan los pecados cometidos después del bautismo”. Su pensamiento influyó en la conversión de San Agustín que siguió la idea del fuego como elemento purificador. El obispo de Hipona manifestó que “el fuego purgativo será más terrible que todo lo que el hombre pueda sufrir en la tierra”, pensamiento que provocó en la imaginación popular toda clase de tormentos y sufrimientos ligados a este lugar de ultratumba.
La Iglesia Católica ha dedicado un mes para recordar especialmente a los difuntos y a que los fieles ofrezcan durante este tiempo su oración a la llamada iglesia purgante, por aquellas almas que están en el Purgatorio. Esta tradición viene del pueblo judío que ya dedicaba treinta días a recordar a sus parientes fallecidos. También en el mundo romano recordaban a sus seres queridos durante el mes de febrero.
La inquietud o temor ante lo que encontrará el hombre más allá de la muerte ha sido una constante en la conciencia colectiva de todos los pueblos y en el sentir individual de cada persona. Esta cuestión ha sido asumida esencialmente por las religiones, que han intentado dar respuesta a tan misteriosa y desconocida realidad. Tanto si la vida ha transcurrido amable y placentera, llena de amor, éxitos, entrega a los demás, fama, etc., como si las circunstancias fueron adversas y estuvo cargada de dificultades y desdichas, al final de la vida aparece la cuestión fundamental: cuál ha sido su sentido, su finalidad; qué encontrará la persona después de este mundo.
La muerte biológica sin la fe es el final, el hombre se disuelve en el vacío, la nada como destino de una vida, las oscuras sombras del olvido como perspectiva, o un efímero recuerdo, que se va difuminando; para la conciencia individual significaría un fracaso existencial, opuesto al deseo de permanencia y eternidad que animan a cada persona. Curiosamente es la cultura actual la que, al menos en apariencia, la menos preocupada por el mas allá. Una sociedad adormecida por el consumismo y seducida por las múltiples ofertas de entretenimiento y evasión, que la alejan del sentido trascendental de la vida, de la auténtica verdad de la existencia humana.
En el universo del más allá hay dos lugares bien definidos: el cielo y el infierno; se corresponden con el Bien y el Mal de este mundo, uno u otro serán el destino de los hombres según hayan sido sus obras en esta vida. Pero entre estos dos estados surgió entre el siglo II y IV de la era cristiana la idea de un lugar intermedio y transitorio que acogía las almas de los justos que aun no estaban en un estado de pureza para entrar en el cielo. El cristianismo y la Iglesia Católica han tenido presente siempre el más allá y la vida eterna; su concepción ha ido forjándose a lo largo de los siglos y constituyen verdades de fe, como se recogen en el Credo. De este lugar, y como ha sido representado en el arte trata esta comunicación.
Antecedentes del Purgatorio los encontramos en algunos pasajes del Antiguo Testamento, como el que lleva implícito el libro de los Macabeos. Judas Macabeo ofrece un sacrificio por los soldados muertos en combate (2 Mac 12, 38).
Este acto sugiere por un lado la idea de la resurrección de los muertos y por otro el valor de los sacrificios ofrecidos por ellos y su salvación; sería un equivalente al valor de las misas ofrecidas por los fieles difuntos en el cristianismo.
Los cristianos del siglo I, como herederos de la tradición judía, ya se platearon qué ocurría con el alma de los creyentes después de la muerte, siendo el propio S. Pablo quien abordó la cuestión de la resurrección en la primera Carta a los Corintios “Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que duermen. Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos” (1 Cor 20, 22). El mismo asunto y la zozobra que provoca en las primeras comunidades se trata de nuevo en la Carta a los Tesalonicenses “No queremos que ignoréis lo tocante a la suerte de los que durmieron para que no os dejéis llevar de la tristeza como los que no tienen esperanza” (1Tes 4, 13).
En la configuración del Purgatorio como se entiende en la actualidad intervienen tres factores, a tener en cuenta: la doctrina de los concilios que abordaron esta verdad (II de Lyon, Florencia 1439 y Trento 1547), las enseñanzas de los teólogos y Padres de la Iglesia, y los testimonios de los santos y fieles.
Hacia el siglo XII, el Purgatorio estaba configurado en sus conceptos fundamentales evolucionando durante los siglos XIII y XIV; pero sería en el Concilio de Trento en su sesión XXV donde se definió solemnemente la existencia del Purgatorio y se recomendó que esta verdad fuera predicada por obispos y sacerdotes, tenida y creída por los fieles. Esta doctrina estaba en oposición a las tesis luteranas que negaban su existencia.
Los Padres de la Iglesia fueron los primeros en aportar con su doctrina las bases para la configuración del Purgatorio. Así, en el siglo IV, San Ambrosio (347-397), nos da la idea del fuego para referirse al mismo “aquí en esta vida atravesamos por el agua del bautismo que lava los pecados del alma; allá en la otra vida, atravesaremos por el fuego de la expiación que consume las reliquias que en el alma dejan los pecados cometidos después del bautismo”. Su pensamiento influyó en la conversión de San Agustín que siguió la idea del fuego como elemento purificador. El obispo de Hipona manifestó que “el fuego purgativo será más terrible que todo lo que el hombre pueda sufrir en la tierra”, pensamiento que provocó en la imaginación popular toda clase de tormentos y sufrimientos ligados a este lugar de ultratumba.
La Iglesia Católica ha dedicado un mes para recordar especialmente a los difuntos y a que los fieles ofrezcan durante este tiempo su oración a la llamada iglesia purgante, por aquellas almas que están en el Purgatorio. Esta tradición viene del pueblo judío que ya dedicaba treinta días a recordar a sus parientes fallecidos. También en el mundo romano recordaban a sus seres queridos durante el mes de febrero.
Durante la Edad Media fueron los monjes y el resto de órdenes monásticas los encargados de difundir y acrecentar la devoción a la Virgen María como protectora y garantía de preservación del fuego eterno. Por intercesión de la Virgen se podía abreviar el tiempo del Purgatorio y sacar a las almas de ese lugar en unas fechas determinadas. La Virgen tuvo una especial intervención en la fundación de la mayoría de las Órdenes religiosas, como fue entre los dominicos, los siervos de María y los mercedarios. Intervención que venía avalada por leyendas que recogían apariciones a los santos padres fundadores. La misma Virgen entregó el hábito a la Orden como ocurrió en los cistercienses, premostratenses, agustinos, dominicos y servitas; era su fundadora, su patrona, la abogada de la Orden; en definitiva era estimada como “Nuestra Señora”. La Virgen además del hábito que vestían los religiosos entregó como signo de protección el escapulario, que junto a los religiosos sería luego difundido también entre los seglares con especiales gracias.
Pero si hay una Orden que destaca de forma particular en la figura de la Virgen y su relación con las almas del Purgatorio esta es la de los carmelitas.
La Orden hace remontar sus orígenes al profeta Elías, aunque se configura en el siglo XIII. Cuando la Virgen entrega el escapulario a S. Simón Stock le dice que quien muera con él no padecerá el fuego eterno. Este privilegio fue extensivo al Purgatorio en cuanto abreviación del tiempo purgativo. El papa Juan XXII (1245-1334) ratificó este privilegio. En la conocida Bula Sabatina concedía a los carmelitas el derecho de predicar los beneficios de llevar el santo escapulario como signo de devoción a la Virgen, protección y garantía de salvación.
Durante siglos, los carmelitas difundieron la devoción a su madre la Virgen del Carmen, y entre sus gracias figuraba su poder mediador para estar libre de la condenación eterna. “Reina del Purgatorio” es una de sus invocaciones.
En este sentido, los portadores del escapulario quedarían libres de la condenación eterna y gozarían de una pronta liberación de las penas del Purgatorio si sus pecados los llevaran a este lugar.
Entre las prácticas devocionales más populares figura el novenario de ánimas a la Virgen del Carmen, que se rezaba a partir del 2 de noviembre (Además de las oraciones pidiendo por los difuntos el novenario incorporaba un tema para meditar cada día, bien explícito en su enunciado: Después de la muerte. Intensidad purificadora del Purgatorio. Lamentos de las almas sobre el tiempo perdido. Lamentos de las almas sobre los bienes derrochados. Lamentos de las almas sobre el desprecio de la gracia. Lamentos de las almas por la facilidad en pecar. Lamentos de las almas por los agravios que a Dios hicieron pecando. Lamentan las almas los escándalos dados y Lloran las almas el descuido en la penitencia. La reflexión termina con una plegaria a la Virgen del Carmen como refugio de pecadores arrepentidos). .
Los devotos a esta advocación también rogaban por los fieles difuntos en la oración de la visita semanal, en la felicitación sabatina con oraciones como: “acuérdate de tus queridos cofrades, que por tu santo y bendito escapulario, les ha prometido ayuda en la vida, amparo en la muerte y socorro en el Santo Purgatorio”. En la devoción de los doce sábados, que consiste en una visita a la Virgen doce sábados seguidos, a ser posible los anteriores al 16 de julio, día de la festividad del Carmen, se vuelve a recordar la protección del escapulario y su valor en el purgatorio: “Madre querida, haz que siempre confíe en esa tú promesa liberadora de las atroces llamas de la cárcel del Purgatorio”.
Si bien es la devoción a la Virgen del Carmen la más extendida como intercesora universal por las ánimas del Purgatorio, hay otras advocaciones marianas que asumen la misma idea como la Virgen de la Merced, la Virgen de la Consolación y Correa, etc. También los santos y sobre todo fundadores de órdenes religiosas, desempeñan una función similar; así S. Francisco, S. Nicolás de Tolentino, S. Cayetano entre otros.
Los santos a partir de sus escritos y visiones o de sus leyendas son los que más detalles han aportado para crear una imagen del Purgatorio, vamos a destacar:
- San Miguel Arcángel, cuenta con innumerables representaciones en el arte, y también como intercesor de las almas, al cumplir la función de sopesar las obras del alma en el juicio particular.
- Santiago Apóstol patrón de España, su intercesión por las ánimas se encuentra en Galicia y Portugal, por la difusión que alcanza el culto al santo debida a las peregrinaciones a Compostela. Se suele representar al apóstol en traje de peregrino, con báculo y libro, como intercesor por las ánimas del Purgatorio que se muestran a sus pies. Tienen un carácter popular, y son una especie de retablillo que se expone a la veneración pública, en la pared de una casa o a la orilla de un camino.
- San Jerónimo (342-420). Para el asceta de Belén, la Eucaristía es la mejor ayuda para las ánimas benditas: los difuntos para quien se ofrece la santa misa no sufren tormento alguno durante la celebración de los santos misterios y en cada misa muchas almas vuelan al cielo.
- San Agustín (354-430). Considerado el padre del Purgatorio por sus textos y comentarios, que pueden considerarse el génesis de este lugar del más allá. Entre sus escritos referidos a esta cuestión destaca la oración fúnebre compuesta por la muerte de su madre; además de ponderar sus virtudes, pedía a Dios en su plegaria, perdonase las deudas que hubiera contraído en esta vida. En esta petición daba a entender que los sufragios por los difuntos ayudan a perdonar algunas faltas o penas después de la muerte. Bien es verdad que San Agustín estuvo más interesado por otras cuestiones fundamentales como son la fe y las obras o el lugar que ocupa el hombre en el plan divino, pero no se olvidó de las relaciones entre los vivos y los muertos. Se interesó por el progreso espiritual del hombre en su camino hacia la salvación eterna. “Purifícame y hazme tal en esta vida que no necesite ya del fuego correctivo” En. In Ps.37.3. Comentó refiriéndose al “fuego purgativo” que “su fuego será más terrible que todo lo que el hombre puede sufrir en la tierra”, frase que inspiró las visiones mas terroríficas en la piedad popular.
- San Gregorio el Grande (540-604). Doctor de la Iglesia, favoreció el rezo coral y el gregoriano. En sus escritos afirmó: “El remedio más poderoso para aliviar a los fieles difuntos es el sacrificio incruento del altar”. Instituyó las misas gregorianas, consisten en ofrecer treinta misas seguidas por el alma de un difunto. Los cristianos de todos los tiempos han celebrado misas por los difuntos.
- San Bernardo de Claraval (1090-1153). Este abad cisterciense gran devoto de la Virgen, es invocado como intercesor de las almas del Purgatorio tal como se representa en la sacristía del monasterio de Fitero. La Virgen y san Bernardo figuran en un lienzo de ánimas, de principios del siglo XVII.
- Santo Domingo de Silos (1000-1073). Conocido “redentor de cautivos”, tal como lo atestiguan las cadenas que cuelgan en los muros de vestíbulo de su capilla en la abadía que lleva su nombre, pasó a ser también redentor de ánimas del Purgatorio. En 1896, después de la restauración de la comunidad benedictina, se creó una cofradía de ánimas que rezaba el oficio de difuntos ante la urna del santo. Los monjes promovieron esta santa devoción y la cofradía contó con una filial en Madrid, a través de su priorato de Monserrat.
- San Francisco de Asís. (1181-1226). Está considerado un santo rescatador de almas del Purgatorio, en base a un relato de las Florecillas de S. Francisco, en la Consideración III, donde se narra el milagro de la estigmatización; después Cristo le habla al santo “Te he dado las Llagas que son las señales de mi pasión para que seas mi portaestandarte. Y como yo bajé al limbo el día de mi muerte y saque de él a todas las almas en virtud de estas mis Llagas, así te concedo que cada año, el día de tu muerte, vayas al purgatorio y libres de él, en virtud de tus Llagas, todas las almas que halles de tus tres Órdenes, Menores, Monjas y Terciarios y aun de los que te hubieran sido muy devotos.” A partir de este relato se representa a S. Francisco extendiendo el cordón de su hábito hasta las ánimas del Purgatorio. Un ejemplo lo tenemos en el retablo de Ánimas de Sofán (Carballo, A Coruña). De igual modo aparece en el relieve de la capilla de Ánimas de la catedral de Jerez de la Frontera (Cádiz).
- Santo Tomás de Aquino (1225-1274). El llamado “doctor angélico” escribió un amplio tratado sobre el Purgatorio, en el que subraya el valor de los sufragios a favor de los difuntos. Los tres sufragios más eficaces según santo Tomás: la limosna como efecto de la caridad; la plegaria de acuerdo con la intención que se realiza y la misa, dado que la Eucaristía es la fuente de la caridad y el único sacramento cuya gracia es comunicable; de menor ayuda son el ayuno y la entrega de luces o velas, por considerar obras demasiado externas. En cuanto a las apariciones de los difuntos -las trató en la Suma Teológica- las considera un milagro que permite Dios, mediante obra de los ángeles o de los demonios. Estas apariciones vienen para implorar sufragios a los vivos. Con respecto al lugar geográfico del Purgatorio, lo definió como “un lugar inferior, subterráneo, contiguo al Infierno” siendo el mismo fuego el que abrasa a los justos que a los condenados, sufriendo la doble pena: de daño y de sentido.
- San Nicolás Tolentino (1245-1305). Religioso agustino y gran asceta. Es conocido como el abogado de las almas del Purgatorio. Fue un santo muy popular ya en vida, tuvo fama como confesor y predicó la oración e intercesión por los difuntos. Estando en el convento de Valmanente, una noche le despertaron las voces de un alma del Purgatorio, la de Fray Peregrino de Osimo, que le pidió celebrase la misa de difuntos para que se viera libre de las penas del Purgatorio. El santo se excusó por ser hebdomadario, y por tanto encargado de la misa conventual que debía celebrar según el rito de cada día. El alma de Fray Peregrino le mostró entonces la gran llanura que daba a la ciudad de Pésaro, rebosante de almas en pena que le pedían misericordia. Fray Nicolás tuvo lástima de aquellas almas y celebró un septenario de misas por los difuntos, añadiendo grandes penitencias y ayunos, en sufragio por las almas. Una nueva aparición de fray Peregrino le comunicó que la multitud paciente gozaba ya de la eterna gloria. Este es el origen del septenario de misas de S. Nicolás aprobado por la Santa Sede.
- Santa Catalina de Génova (1447-1510). Sus escritos fueron recogidos por sus amigos y discípulos en el conocido “Tratado del Purgatorio”, donde la santa explica los conocidos conceptos de culpa y penas, así de cómo las almas deben purificarse antes de pasar a la presencia de Dios, como enseña a su vez la Iglesia Católica. Recordaba el deber de los fieles de orar por las benditas ánimas. Junto con San Cayetano ayudó a reafirmar la doctrina del Purgatorio en plena Reforma, tiempo en el que los luteranos pusieron en entredicho este dogma.
- San Cayetano (1480–1547). Fundador de los teatinos o clérigos regulares, es conocido como “el cazador de almas del Purgatorio”. Se le representa con el crucifijo en los brazos y a veces con el Niño Jesús. Defendió la misa, la oración y sufragios por los fieles difuntos. En cuanto a las indulgencias consideraba que “son el tesoro que más aprecian las almas del Purgatorio”. Los teatinos, siguiendo a su fundador, mantuvieron las prácticas de piedad a las almas del Purgatorio tales como los lunes de ánimas o las misas capitulares que celebraba cada padre capitular en sufragio de todos los teatinos difuntos. Su imagen figura en el retablo de ánimas de la iglesia de la Coronada. San Roque (Cádiz). En la iglesia de S. Cayetano en Zaragoza los teatinos reflejaron esta tradición a través de un retablo dedicado a Nuestra Sra. de la Agonía, donde la Virgen con el Niño auxilia a un enfermo agonizante.
- Santa Teresa de Jesús (1515-1582). La santa abulense relató varias visiones de almas que estaban en el Purgatorio, la más conocida tuvo lugar durante la fundación del convento de San José en Valladolid. Este cenobio se levantó en una casa donada por don Bernardino de Mendoza que falleció antes de terminar las obras. Santa Teresa cuenta en su libro de las Fundaciones como vio el alma de don Bernardino en el Purgatorio. El Señor le comunicó a nuestra santa que dicha alma no saldría de ese lugar hasta que no se celebrara la primera misa en el nuevo convento y fuera expuesto el Santísimo Sacramento. Este episodio fue pintado por Rubens que presenta a Cristo de pie y a Santa Teresa arrodillada en actitud de súplica, mientras en el plano inferior están las almas del Purgatorio y un ángel se dispone a sacar la de don Bernardino de Mendoza.
- San Francisco de Sales (1567-1622). Obispo y fundador de las religiosas de la Visitación de Ntra. Sra. (Salesas). Animaba a recordar con mayor frecuencia a nuestros seres queridos ya fallecidos, y ofrecer por ellos oraciones y misas.
- San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975). Los santos contemporáneos también se han ocupado de las ánimas. San Josemaría decía refiriéndose al Purgatorio: “es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con Él” (Surco 889). Recomendaba tener muy en cuenta a las almas del Purgatorio en la oración y en los sacrificios. De ellas decía “son mis buenas amigas”.
En la devoción a las ánimas del Purgatorio jugaron un papel fundamental las cofradías o hermandades de ánimas dirigidas por un hermano mayor y un mayordomo, además de un padre de ánimas. Estos cargos se renovaban el Domingo de Resurrección. Las cofradías fueron y son, en los lugares que aún subsisten, las que promocionan esta piadosa práctica (Iconografía del purgatorio en las iglesias y conventos de Madrid, Vicente Benítez Blanco).

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